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Credulidad y homeopatía

Para vergüenza científica, en México la Secretaría de Salud reconoce legalmente los medicamentos homeopáticos.

Por Alejandro Vázquez Cárdenas ·

Nacida hace poco más de dos siglos en Alemania, cuando al médico Samuel Hahnemann se le ocurrió un sistema basado en dos fantasías, “lo semejante cura lo semejante” y la llamada “ley de los infinitesimales”, según la cual una sustancia sería más potente cuanto más se diluye olvidando el detalle de que buena parte de las preparaciones homeopáticas llegan a diluciones tan extremas que pueden no contener prácticamente ninguna molécula de la sustancia original.

La homeopatía se extendió durante el siglo XIX, en una época en que la medicina convencional tenía recursos muy limitados. Sangrías, purgas y otros tratamientos eran más peligrosos que la misma enfermedad. En ese contexto, resulta comprensible que una alternativa que prometía curar sin producir grandes daños encontrará seguidores. Lo difícil de justificar es que, doscientos años después, siga presentándose como una alternativa médica eficaz sin que exista evidencia clínica sólida que demuestre que funciona para tratar alguna enfermedad específica.

La homeopatía, en el mundo científico, está considerada una pseudociencia , pero posee una ventaja comercial, no se basa en la ciencia, sino en la ignorancia y credulidad del consumidor.

Una persona toma una sustancia, mejora de sus síntomas y atribuye esa mejoría al tratamiento. Pero los síntomas pueden desaparecer espontáneamente, fluctuar, responder al efecto placebo o coincidir con otros tratamientos. Para establecer que un medicamento funciona hace falta demostrar, mediante ensayos adecuados, que produce beneficios superiores a los obtenidos con placebo.

Y ahí aparece el problema central. Una revisión de ensayos considerados fiables concluyó que la evidencia disponible no permite distinguir de manera convincente el efecto de la homeopatía del placebo.

La homeopatía no desapareció con el desarrollo de la farmacología moderna. Por el contrario, consiguió institucionalizarse en algunos países. La India constituye probablemente uno de los ejemplos más importantes. El gobierno mantiene instituciones dedicadas a la investigación, enseñanza y práctica homeopatía, y la considera uno de sus sistemas de atención tradicionales. Australia mantiene también productos homeopáticos dentro de su marco regulatorio, aunque con restricciones específicas sobre sus ingredientes, registro y afirmaciones terapéuticas.

En Europa el panorama es diverso. España, por ejemplo establece mecanismos específicos para su autorización y registro. Francia, retiró por completo el reembolso público de la homeopatía tras un informe oficial de la Haute Autorité de Santé (HAS) que dictaminó que no posee eficacia científica demostrada. En Alemania el Ministerio de Sanidad anunció el fin de la financiación de la homeopatía a través de los seguros públicos de salud, bajo el argumento de que el dinero del Estado no debe destinarse a terapias sin base científica.

Para vergüenza científica en México la Secretaría de Salud reconoce legalmente los medicamentos homeopáticos y existe incluso una Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía. La Ley General de Salud contempla estos productos dentro de su marco regulatorio y COFEPRIS establece procedimientos para su registro sanitario.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿qué responsabilidad tiene un profesional que conoce las limitaciones de la evidencia y, aun así, presenta la homeopatía al paciente como si fuera equivalente a una terapia médica científicamente comprobada? Tener un título profesional no convierte automáticamente una afirmación en verdadera. Un diploma acredita formación; no convierte una hipótesis en evidencia.

El profesional puede creer sinceramente en la homeopatía. Eso es posible. Pero si sabe que no existe evidencia suficiente y deliberadamente promete curaciones, cobra por ellas y, peor aún, convence al paciente de abandonar tratamientos eficaces, la cuestión deja de ser científica para convertirse en ética.

La medicina debería funcionar exactamente al revés: cuanto mayor sea la confianza que el paciente deposita en el profesional, mayor debe ser su obligación de decir la verdad.

La homeopatía ha sobrevivido dos siglos. Pero sobrevivir no es demostrar eficacia. También sobreviven las supersticiones, los mitos y las leyendas.