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Por etcétera ·

La señora del 12, la enfermera, sale de su vivienda. Es alta, madura, enérgica. Va a su trabajo, como todos los días. Por el patio, donde la ropa colgada arbitrariamente cerca de los lavadores habla de la promiscuidad y pobreza de los vecinos, pasa Irma. Casi todavía una niña, aunque los pechos ceñidos por apretado suéter revelan su floreciente pubertad, se enjuga incontenibles lágrimas.

La señora Lola observa el lloro de la muchacha. Su experiencia maternal le denuncia que ese llanto encubre algo grave. Inquisitiva, judicial, con severidad amistosa detiene a la chiquilla, que llora con más ganas.

–Vamos a ver, muchacha, ¿qué te pasa? ¿A qué vienen esos lagrimones?

Con la voz entrecortada, después de un profundo puchero, Irma confiesa un delicado problema, como quien se lanza al agua al zozobrar el barco.

–Voy a la escuela y estoy muy mala, señora Lola. Me está saliendo mucha sangre y el trapo que me puse se me está cayendo.

¿Será que la niña ya es una mujer? ¿No la habrán prevenido la mamá o la maestra? Es una experiencia que asusta siempre cuando no se la espera. Bien pudiera ser eso.

–¿Y no lo sabe tu mamá? ¿No le dijiste que estás mala?

–¡Ay, señora Lola, me mataría si lo supiese! Por Dios, no vaya usted a decírselo.

Unos calzones agujereados golpean el rostro sorprendido de la señora Lola. Su voz se endurece. Hay una irritada curiosidad en su pregunta:

–A ver, ¿qué te ha pasado, muchacha?

Es igual que cuando a uniño lo descubren al romper un cacharro. Para el niño, es como si hubiera destruido el mundo. Y lo han visto. Se suelta llorando con toda su alma. Así Irma, después pudo decir.

–Es que Tiburcio… Es que Tiburcio me hizo la «grosería»…

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