Cinque Terre

Mariano Yberry

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Periodista.

La Cuba sin Fidel (IV)

Varadero, Cuba, enviado. Varadero es una de las provincias más socorridas de Cuba. Es famosa por sus limpias y quedas playas. No es sorpresa que uno de los elementos característicos de este lugar sean los miles de turistas europeos (en su mayoría) que disfrutan del calor que sólo existe en su imaginación en sus respectivos países.


Básicamente el centro de Varadero lo componen cuatro avenidas principales y calles numeradas. Entre ellas se encuentran artesianas, restaurantes, sombreros, bares, comida, mercados y un par de escuelas. Para llegar a la punta, se necesita un camión que cuesta cinco CUC, el cual recorre una pequeña autopista rodeada de mar, reservas naturales y hoteles en construcción. La punta está llena de hoteles de lujo donde se hospedan, mayoritariamente, retirados o pensionados europeos; viejos canadienses que viajan en grupos de amigos; jóvenes matrimonios que disfrutan su éxito laboral, y familias con dos o tres niños a lo más.


En esta zona, las playas son “exclusivas” de hoteles por lo que el ingreso es complicado. No obstante, esta parte de la isla es libre (entiéndase el irónico sentido del adjetivo) por lo que una vez hallando las pequeñas y estrechas entradas directas a la playa, uno puede rodear todo Varadero caminando por la blanca arena.


De regreso al centro, uno encuentra una localidad calmada. Los habitantes están acostumbrados a que todo esté lleno de extranjeros (quizá más condensados que en La Habana), razón por la cual muchos atienden molestos o convencidos de que ocho de cada 10 turistas no les entenderán ni el saludo.


Uno puede quedarse dormido en las playas de Varadero sin preocuparse de que alguien se acerque a vender algo. La mayoría (aquí sí jóvenes) opta por broncearse, leer (¿quién lee en la playa?) o tomar una piña colada o cerveza que compran en la Primera Avenida, en un termo, ya que no hay vendedores en la playa de absolutamente nada. La consecuencia es clara como el agua: no hay basura y el mar es tan cristalino que quisieras recorrer todo el océano partiendo de Varadero tratando de alcanzar las dos tonalidades de azul que te regala, a lo lejos, a las dos de la tarde. Y recorrerlo a pie, viendo toda la flora que existe y las ondas que forma la arena con el oleaje, hasta darse cuenta que ya lleva más de 30 pasos y el agua aún no le llega ni a la cintura. Las olas, casi impacientes por recibir al hombre, golpean duro pero no te arrastran a mar abierto. Una sensación de seguridad casi total.


Las noches engañan. Caminar por la primera avenida es andar por una vía en la que no hay nadie. Todo está en silencio, salvo una que otra cosa que escucha reggaetón o un par de viejos amigos disfrutando un puro. Aunque el duelo ya terminó, la figura de Fidel Castro aún aparece a todas horas en la televisión cubana, según se puede apreciar a través de las casas que tienen la puerta abierta.


Qué tristeza si Fidel se llevó a la muerte toda la alegría que caracterizaba a Cuba.


-Quizá sí están muy tristes -le digo a Alejandra mientras caminamos a la calle 62, a unos metros del lujoso hotel Barceló-. Quizá de verdad necesiten tiempo para superar su pérdida. No hay que descartarlo.


-A mí me prometieron mucha música, en cada esquina –lamenta antes de encontrarnos con un mariachi cantando “Hotel California”, en una esquina, frente a una casa que renta cuartos para turistas.


Pero antes de agotar nuestras esperanzas, llegamos al bar Calle 62. Un pequeño local sin paredes con no más de 20 mesas, una barra y un pequeño escenario hasta al fondo. Al lado derecho, tiene lo que parece un estacionamiento para no más de seis carros en dos filas, pero que en lugar de vehículos tiene tres mesas y dos puestos de comida.


 


Encontramos dos sillas y nos sentamos. Pedimos piñas coladas y vemos que varios extranjeros (quizá italianos) ya están algo borrachos, lo que es señal de que la fiesta ya empezó aunque todos estén sentados y los que están de pie sólo hablan y beben y comen.


Alrededor de las nueve, una enérgica negra, robusta, introduce a la banda de salsa cubana. Un trompetista, un saxofonista, un flautista, un timbalero, un baterista y un bajista amenizarán con esa salsa y bachata que tiene aires de jazz pero con un sabor inexplicablemente latino.


Uno que otro turista agita los hombros como Hollywood le da a entender. Otros zapatean como pisando cientos de cucharas, y los menos se agitan de un lado al otro sin poder entender muy bien qué hace que se muevan así los latinos. A los europeos se les congelaron los huesos o es algo que no alcanzan a entender. Punto para el Caribe.


Fluyen y fluyen los mojitos, las cubas, las piñas, las cervezas locales Bucanero y los vasos de ron blanco. Todo se mezcla con el olor a tabaco. Más el sudor… Los extranjeros empiezan a aflojar el cuerpo mientras sube su nivel de embriaguez. Todo es cuestión de soltarse y dejar que las bermudas y las chanclas parezcan que son sostenidas por maniquís en medio de un huracán, en medio de luces de colores y ventiladores que están dispuestos para dispersas el humo y no el calor (quien no se calienta en un lugar sólo puede estar muerto).


Casi nadie baila. Los cuatro mexicanos que estamos ahí reconocemos ese saborcito cuando empieza el baile y nos hace mover los pies y los hombros, aunque algunos tengamos el mismo talento para bailar que una tortuga. Con la Macarena, los turistas empiezan a entender lo que sentimos, lo incomprensible.


La mayoría son alemanes, italianos, pero también hay de Rusia, Francia, muchos de Colombia y Brasil que sacan la casta por los latinoamericanos. Este mexicano mueve los hombros y ve cómo los italianos de la mesa que tiene enfrente empiezan a perrear hasta que a una de ellas se le empieza a subir el vestido azul marino, dejando ver sus enormes piernas bronceadas que combinan con su cabello negro. Sus nalgas frotando su pelvis, casi casi cogiendo con ropa, movimientos que son tan naturales en cualquier bar de Madero en la CDMX pero que, quizá para ellos, es parte de la magia cubana. Y en parte sí, pero lleva ahí un toque latino que ellos no entienden cuando van a bailar a Ámsterdam o Francia.


Llega el momento cumbre: dos parejas de cubanos (negros los cuatro) abren la pista para dejarnos en ridículo al resto de los pobladores de América Latina.


Es imposible que tengan huesos. Parecen gusanos retorciéndose al compás exacto de la música, como si la hubiesen estudiado toda su vida y aprovecharan cada nota, cada silencio, para agitar la cadera, levantar el brazo, dar un giro, alzar el pie casi para tocar su oreja, sonreír y coquetear, todo al mismo tiempo, en la misma fracción de segundo. Parecen un trompo dejando atrás el hilo de forma sincrónica, acompasada y sensual. Hacen movimientos de cadera que ninguno de los presentes pensamos que eran físicamente posibles. Intentar captarlos con la cámara es obtener una mezcla de nalgas barridas, brazos fantasmas y eso sí, la eterna sonrisa blanca y la mirada sensual de un buen baile de salsa, esa mirada que transmite sexo, romance, cachondeo y un noséqué dionisíaco que avergonzaría al mismísimo Baco.


Esta escena anima a todos. No importa que no sepan bailar, ahora todos bailan mientras no dejan de beber ni de reír ni de gozar. Por supuesto que el reggaetón lo tienen aprendido, pero la bachata y la salsa les hacen encontrar nuevos ritmos. Un poco de su frígido y repetitivo electro para animar a los que aún dudan y, después, ya nadie para: todos bailan.


Borrachos cuarentones bailando una polka vergonzosa al ritmo de la salsa, tratando de ligar a tres putas negras cubanas que esperan clientes, con mini vestidos azules y unas nalgas de campeonato; otro francés perreando y agarrándole las caderas a su novia, pensando en lo delicioso que follarán esta noche; los jóvenes riendo y haciendo ridiculeces, mientras bailan en Varadero, y las inglesas desquitando de manera sublime las clases de salsa que tomaron por meses y que hoy desgastan con fornidos negros en impecables camisas blancas y azules.


Si la música es universal, la salsa rompe cualquier bloqueo. Aquí vale un carajo si eres fidelista, si votaste por Trump, si no crees en la propaganda del Granma o de plano no tienes ni una chingada idea de qué situación política atraviesa el país que te está dando la noche de tu vida. Aquí importa moverte y moverte como sea, que las risas son cómplices, no burla: diversión pura.


De regreso a casa, después de ver a mulatas agitando su trasero como rehilete, caminamos por la Primera Avenida bajo ese hermoso cielo estrellado que da Cuba. Ya medio borrachos, pienso que a los ojos del mundo la muerte de Fidel representa el inicio de una nueva era para los cubanos, el término de otra; que ya no son los mismos. No podría tener punto de comparación, pero por lo que vimos, a los ciudadanos de a pie aún tienen como interés prioritario vivir el momento, agotar la vida hasta el último movimiento posible, con o sin Fidel. Porque lo demás es banalidad hecha política. Lo demás son bloqueos mentales que sólo necesitan un mojito y una fiesta de madrugada en Varadero para desaparecer.


 


 


 

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