Cinque Terre

Mariano Yberry

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Periodista.

La Cuba sin Fidel (II)

Habana, Cuba. Enviado. Las noches en La Habana son mágicas aún con un duelo impuesto. Ese olor tan particular siempre en el ambiente (tabaco, mar, moho, tierra mojada, tuberías abiertas, orina) es una especie de brebaje que te hace sentir que nada puede salir mal, que la vida en Cuba es más alegre de lo que crees y que en cada cubano encuentras a un camarada que te guiará.


Pero no es así. Te enfrentas con valor a los taxistas careros, a los conductores de taxi y hasta el vendedor ambulante. No haces lo mismo cuando alguien se te acerca alabando a México, diciendo que conoce a alguien en tu país, o de plano diciendo que viajará algún día a tierra azteca por lo que te dará un favor a cambio de otro favor.


Suena bien. ¿Por qué no? ¿Cuántas posibilidades hay de que te encuentre? Dale, chico, que pa’luego es tarde.


Algo sospechas cuando en cada esquina sucede lo mismo. Cuando llega un extraño y te abraza y te dice: “¡Relájate! Mirá, ya no estás en México. Aquí no hay asaltos, aquí no hay ladrones. Pura cosa buena. ¡Relájate!”, para luego hacerte una gran oferta con puros de contrabando en casas pequeñitas de cinco cuartos que en realidad debería ser uno o conciertos inexistentes en el Buena Vista Social Club (aun cuando sabes que hay luto) con un músico que hasta te invita a cenar con su familia.


Por supuesto que todo tiene un costo, en CUC (25 pesos cubanos, CUPs), cuyo valor es equivalente a un Euro y moneda que, según tus camaradas amantes de lo mexicano, es la única que vale en la isla. “El peso cubano nadie te lo acepta, no sirve, ni lo uses”.


Han aprendido a lo largo de los años a convertir una mentira en una verdad después de repetirla cientos y cientos de veces. ¿De dónde? Tantas posibilidades como ejemplares del Granma en las calles, ese periódico que por quinto día consecutivo dedica la portada a Fidel Castro.


Será un policía y la encargada de la casa de cambio quien te baje de tu nube y te dé una cachetada: te han visto la cara todo el día, mi amigo. Si bien algunos lugares cotizan en CUC, en todos los lugares reciben CUPs, por lo que convertirlos te dará más efectivo y exprimirás más la triste política monetaria de Cuba.


Después de recorrer el Capitolio y los jardines contiguos (más de 20 kilómetros recorridos, sin duda), y después de sentirse el idiota más grande del mundo, lo que uno quiere es ir a recostarse y no salir del cuarto hasta que sea hora del regreso a casa. Ya no se sabe en quién confiar. En realidad, no se debe confiar en nadie.


Uno va derrotado caminando por San Rafael pensando en Luis y César, los dos sujetos con los que charló la noche anterior. No es noticia que eran unos charlatanes, es más, se fue cómplice de la tranza y se dejó llevar para conocer un poco del lado oculto de La Habana. Pero ello también quiere decir que no se encontró nada de nada y que nos dijeron lo que queríamos escuchar, aun con el riesgo que implicaba romper con el luto.


Así se va tristeando bajo la llovizna de Cuba cuando uno se percata que todos a sus alrededor (negros en su mayoría sino es que en su totalidad) están descalzos caminando por la acera que está quebrada por las reparaciones a las tuberías. Aquí la alegría muere y todos cargan tristeza en sus cuerpos, se mueven con cansancio y la se ve desesperanza en los ojos. Llegamos a la Vieja Habana.


Si a unas calles del malecón las casas agonizan, las del barrio de la Vieja Habana se sostienen porque ya ni morir vale la pena. No hay puerta que no esté echada a perder y deje ver viejos televisores encendidos; el mercado tiene las verduras más podridas que en la Merced se tiran a diario; el olor a pescados muertos y orina se profundiza, y los carros ya son casi un accidente en la escena.


Se come por un peso cubano, y si hay suerte y encuentras un refresco, te lo bebes por 40 centavos. Un viejo mulato, en uniforme azul, con barba cana y manos con vestigios de trabajo acumulado, disfruta su mísera comida como si fuera la gloria. A saber cuánto trabajo para conseguir ese billete viejo con la cara de Camilo Cienfuegos.


No hay niño que no vea mis Converse enlodados ni vea mi ropa con deseo. Se extrañan de ver a turistas por aquí, y aquí sí nadie conoce México ni mexicanos ni nada de lo que ya quedó varias cuadras atrás.


Entre más se adentra uno, menos colores ve y más olores distingue. Pocos fuman, pocos comen. Pocos ríen y, más bien, todos parecen aprisionados entre las calles del barrio viendo a los que caminan para hacer un encargo entre las tiendas de electrodomésticos con refrigeradores de los ochentas y lavadoras que en México son reliquia.


No hay tiendas. Tres carnicerías con apenas 10 piezas. Sólo existen puestos de comida que venden panes con jamón o un pedacito de carne, y jugos o batidos, vasitos de no más de 100 mililitros.


Uno llega a pensar que de aquí salen muchos de los cubanos amantes de lo mexicano que se dedican a engañar turistas. Uno llega a creer que esta miseria los lleva a hacer lo que hacen, o no hacer nada.


La revolución ha falladlo, Fidel. No porque la pobreza (sí, pobreza) no se reparta equitativamente entre quienes compran cinco bolillos para alimentar a sus familias y los gañanes que nos engañaron y que tienen un mejor smarthphone que yo; tampoco falló porque el ocio, la madre de todos los vicios, se nota a leguas, en apariencia, ya que nadie tiene nada que hacer, todos están en las calles, excepto los niños que comen una cucharada de arroz y un pan después de hacerte honores; no, mi comandante supremo, la revolución falló porque no logró evitar que el hombre se corrompiera y evitara convertirse en la enfermedad de la sociedad utópica.


Tu revolución, Fidel, falló porque no evitó que el hombre se salvara del hombre. Demostraste con tu fracaso que no importa que tanto hables frente a la ONU de las bondades benéficas y saludables del comunismo cubano, si al salir a la calle te enfrentas con pobres que asaltan a los turistas y quién sabe qué cosas más. Tu revolución, Fidel, no absolvió a la humanidad como tanto pregonaste.


Tu revolución, Fidel, fracasó porque pensaste que con repetir cientos de veces que el hombre será bueno a través de la ideología y del control, así sería. Fracasaste. O quizá no. Quizá, así como dicen en México, todo es cuestión cultural y lo que buscaste es crear una zona de confort donde no se pusiera en duda tu autoridad a cambio de que tus súbditos hicieran lo que quisieran dentro de la isla, con todas sus respectivas limitaciones.


Dime, Fidel, ¿qué pasaría si les hubieras quitado esa oportunidad de engañar turistas? Lo mismo pensé.


O peor aún: no tienen tiempo para pensar en tu revolución, en el bloqueo, en el materialismo histórico, en la ocho mil Asamblea del Partido Comunista o en Donald Trump. No están ocupados viviendo el momento, sino sobreviviendo la vida, pesando en el malecón, recogiendo latas de basura, pidiendo limosna a un lado de los incontenibles basureros o de plano juntando todo para racionar un kilo de arroz entre una familia de ocho, por lo que se ven obligados a… No, eso ya es justificarlos y, en Cuba, hay que concentrarse en lo concreto: Fidel ha muerto y con él la ilusión de la revolución (por si aún quedaban dudas o vestigios).


Pero quizá sea el coraje. Quizá quiero creer que todo es parte de algo más profundo (como yo en casa no me preocupo por la falta de alimento me puedo dar el lujo de meditar sobre la trascendencia del ser o el imperativo categórico kantiano, o la influencia de Ricardo Arjona en los poetas de hoy.


En este punto, y después de todo, sólo puedo llegar a una conclusión: a nadie le importa que se haya muerto Fidel (exagero, hay varios que sí). Porque, en realidad, lo que más le agradecen algunos es que a pesar de vivir en una prisión en el Caribe, les permite hacer de todo y siempre y cuando no desafíen la autoridad del Estado (y lo hacen, con tal de seguir ganando CUCs). Claro que los de la Habana Vieja sólo piensan en esto momento en cómo conseguir la comida de mañana que complemento su racionamiento gubernamental.


Y, sin embargo, uno estúpidamente tiene fe en la humanidad cuando ve a niñas cubanas bailando y cantando alegremente en el parque Antonio Maceo, sin razón aparente, bajo el cielo estrellado más hermoso jamás visto. Al llegar a Quinta Avenida, uno siente más esperanza cuando se sienta en una de las bancas del Coppelia (parece la entrada a un parque acuático) y se come por un peso cubano una bola de un delicioso helado de Guayaba.


Sin duda las flores nocturnas de Silvio no andan por aquí, y qué falta hacen. Pero las pocas que brotan (la güera tímida y bonita pensando en lo que hace mientras ve sus tersas piernas y se arregla la flor que tiene puesta en el cabello; la pelirroja que modela su enorme trasero y sus piernas flacas a un negro con rastas que termina por seguir su camino, y las morenas fogosas que hacen sentir especial hasta a nosotros los feos), hacen que la noche no termine tan mal. Lo hacen a uno suspirar y piensa: “Cuba no está tan mal, a estas horas, y ahora sin Fidel. Hay esperanza”.

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