Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Zacate amacollado

Entonces ella puso su puesto de quesos frente a la radiodifusora que nadie escuchaba.

Había un sol espléndido en la ciudad de México.

Ahí está Aurelia, con dos moñitos en el pelo negro ensortijado y una sonrisa radiante. Igual a como un relincho de yegua azteca españolada y sin rienda, busca la mirada del que la sacó de la estación por su donaire exótico y su color flor de durazno. Ella que quiere hacer radio y no puede, lleva el galope de su voz al micrófono con el compás de su rostro que agradece a todo aquel que la saluda.

O sea que su silencio en la radio no la acalla. Aurelia grita fuerte ¡queeesos! a quienes antes ordenó el guión preciso y la salida al aire. Unos la miran indiferentes o burlones, otros con admiración incrédula y le compran. Pero uno que pasa rápido con la cabeza gacha sólo la ve de reojo mientras pisa el cascajo del edificio que ordenó remodelar: es el director de la radio, un hombre bajito, pálido y atormentado, que no soporta el desafío y que insulta a la potranca en balbuceos: cómo se atreve, dice, si yo sólo me negué a que ella estudiara por las tardes.

Aurelia vende quesos que trae desde Amecameca en una camioneta reluciente que le prestó su padre. Así recurre a ese pedazo de infancia que le marcó la vida cuando vio por primera vez a las montañas de a de veras y supo que sí podía ser la princesa voladora que imaginó al encaramarse en una escoba y jugar a las guerritas con los otros. Volveré a ese edificio, decía para sí mientras la vendimia. Su convicción olía a zacate amacollado, de ese que no se rompe y menos a jirones de un hombre acomplejado.

Mientras, el director oye música clásica, su remanso de siempre para esconder las penas propias como si fueran ajenas y el único banquito para ver a los demás de arriba abajo. Escucha la sonata K. 448 de Mozart y mueve la mano izquierda al compás sin percatarse de la gotera de la entrada de su oficina, como las que había también en los estudios de grabación, todo eso recién remodelado. Pero los ojos del director se detienen de pronto, igual a cuando la conclusión de una sinfonía: desde la ventana observa a los trabajadores comprando queso y entonces tuvo la revelación: hablar con ella y decirle ésta es tu casa y no la calle, entra otra vez a las instalaciones y ponte cómoda a vender los quesos.

Unos días después se lo dice en privado, en su oficina, y aunque su belleza lo ofende quién sabe porqué, pudo ser amable. Aurelia sonríe y mece sus cabellos largos antes de decirle que sí, y luego ofrecerle un queso. Ella esperaría a su regreso en serio, mientras él aún ignoraba la humedad de las paredes, y que saldría despedido por eso y que por eso otra vez odiaría a los demás, a la exótica y al mercenario que desde los medios de comunicación lo exhibió en toda su ignorancia. Es decir, el director aún no sabía que sus palabras de renuncia obligada sonarían algo así como a una señal de amplitud modulada en el entorno de la era digital.

Al paso del tiempo, desde los micrófonos de la estación se escucharía otra vez la voz de Aurelia. Habría un sol espléndido, pero un puesto menos de quesos en la ciudad de México

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