Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Yo viví en el centro histórico

Se suele considerar fiable el criterio de que antiguo es aquello que tiene más de cien años, lo demás es viejo, por hermoso, maltratado, folclórico o pintoresco que se vea. Esto vale sobre todo para objetos artesanales y quizá para seres humanos. Para las ciudades, por simple intuición, el rango debe variar: una ciudad como la de México difícilmente puede considerarse antigua, aunque sí un tanto vieja con sus respetables, egregias, hermosas antiguallas.

De esta distinción no se desprende necesariamente la valoración de las cosas: una cosa vieja puede ser valorada por lo que potencialmente es, no sólo como posible antigüedad futura sino también como inversión turística dirigida a los visitadores de ruinas del porvenir. Amén de todo esto, están los valores artísticos y culturales, a veces abundantes, a veces arbitrariamente asignados y muchas veces invisibles a la apreciación de la mirada contemporánea. El caso es que México, conforme sus gobernantes la modernizan, envejece cuidadosamente o caóticamente, según la colonia o barrio, el Jefe de Gobierno en turno o el presupuesto vigente. Su alta sensibilidad sísmica y la tenebrosa disposición hacia el arte por parte de los habitantes contribuyen también a convertirla, poco a poco, en una valiosa aunque inhabitable antigüedad.

El proceso necesario va generando nostalgias, pues se atiene a criterios que nada tienen que ver con las formas de vida de los ciudadanos, aunque sí con las modas que los llevan a gastar dinero en negocios de los que legal o ilegalmente, a escondidas o atendiendo leyes, el gobierno y algunos de sus funcionarios obtienen un dinerito. Así, la subasta de licencias es una actividad digna de licenciatura: es muy delicado permitir un cambio de fachada en una construcción que algún día será antigua y que según los tasadores de muebles ya lo es, es muy delicado permitir la construcción de un edificio de oficinas en un lugar donde simplemente no es posible estacionarse o, mejor dicho, es inevitable estacionarse durante horas mientras se intenta recorrer una cuadra en busca de un estacionamiento o un lugar para parquímetro, costo aparte, y es muy delicado permitir montar un antro en una zona donde el sentido común excluye la afluencia de intelectuales fashion o juniors –culturizados o no–, pues ahí debería haber pulqueros panzones, bohemios muertos de hambre y borrachos tirados.

Yo viví en el Centro Histórico durante casi un año, en el Hotel Ontario, ubicado en Uruguay esquina con 5 de febrero. Era uno de los edificio más hermosos que he visto en mi vida, y no he viajado poco ni he sido sedentario. No quedó claro, gracias a que no había modo de entender o interpretar los enunciados que escupía en su tono agudiño don Pepe, un gallego neurótico pero humanitario que había comprado el edificio con la idea de poner un centro comercial y terminó dando asilo a cambio de una bicoca a toda clase de vagos, entre los que se contaban unos sesenta y tantos haitianos queno hacían otra cosa que comunicarse quién sabe con quién desde el único teléfono público de la zona, una familia de cuidadores que tenía por hija un poema de catorce años que habría hecho las delicias del atormentado Humbert Humbert, un heroinómano en permanente ejercicio de su vicio, un exjudicial fugitivo que había matado a su sancho, una esquizofrénica que un día era bailarina, al siguiente funcionaria del gobierno y al otro maestra de preprimaria, Paco Gayego (éste era un madrileño muy viril especialmente afectuoso con los varones guapos) y yo; no quedó claro -decía- por qué vendió el edificio o si se lo expropiaron, el caso es que hubo que irse de ahí.

Volví de noche al Centro después de muchos años. Todo ha cambiado hacia lo repugnante. Antes era decadente y ruin: después de las once no había un alma en la calle y sólo a veces llegaba a haber un cuerpo, fuera exánime o desalmado. Yo pensaba entonces que casi da lo mismo decir de un alma-rota que es un desalmado, pues no es grande la diferencia entre perder el alma o sobrellevarla hecha pedazos, y en cualquier caso lo uno siempre termina por conducir a lo otro.

La decadencia, moda cultural exitosísima, se ha asimilado más fácil que correctamente, lo que no sorprende en algo como esto, que facilita todo: si la filosofía, la ciencia, el arte y hasta la educación y los buenos modales están en crisis no hay esfuerzo que sostenga su valía. Entramos al mundo en que sólo el dinero cuenta porque hemos vuelto al animal que caza, a la fiera que hiberna y entierra su abundante ganancia, símbolo del éxito en la vida.

Así, es el progreso mismo, en sus aportaciones a la tecnología y la diversión principalmente, nuestra forma de decaer. Decaemos para alcanzar a los que llegaron antes a la decadencia, y nuestros funcionarios no se cuidan de esto, pues tienen en los bolsillos otros asuntos de qué ocuparse.

Por no irme en la romántica busca de las cafeterías a lo viejo, de la costumbre decadente de ir a tomar el café, evoco aquellos días en que viví en lo que se llama Centro Histórico a principios de los noventa: Paco y yo deambulábamos la solitaria madrugada. Si había dinero, sólo podíamos gastarlo en antros sucios y deliciosos, clandestinos, olorosos a piel arrinconada, a perversión añeja, o en la única cantina que permanecía abierta la noche entera, sobre Isabel la Católica, esperando un suceso interesante como un balazo o el bofetón de un charro a un travesti; la otra, más frecuente –salvo por el matiz que me lleva a narrarla–, caminar platicando entre la oscuridad y un silencio rotundo. Aquella madrugada del 92, una en que la noche anocheció otro tanto, vimos un cuerpo tendido sin orden aparente sobre la calle de Madero. Aunque era improbable que algún coche extraviado pasara sobre él, lo levantamos para dejarlo recostado en el quicio de un edificio inhabitado. Vivo o muerto, el cuerpo no dijo ni hizo nada.

Hoy en día, lo vi hace poco, ese edificio es un moderno bar con pistas de baile y salones para todos los gustos, aunque no los más perversos, que son mis favoritos. Me gustó, debo aceptarlo: respetaron la fachada, contrataron buena música, acondicionaron los espacios con cuidado y buen gusto, etcétera. Pero no pienso volver por ahí: sería como pasarle por encima al borrachín de aquella noche, como atropellar a mi querido Hotel Ontario, a mi Centro nocturno de borrachos, putas y travestis, a Paco y a nuestras caminatas donde el silencio siempre encontró espacio, porque había sitio para la amistad: ese silencio –no sé– ese sabor a viejo, casi antiguo, esa improductiva decadencia.

 

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