Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

¿Y la crítica literaria en español?

Jorge Volpi comenta que, a diferencia de sus colegas estadounidenses e ingleses, los escritores latinoamericanos no publican reseñas de obras recientes: “Esta especie de indiferencia o lejanía hacia lo inmediato produce un vacío en nuestra lengua, porque sin duda algunas de las mejores críticas que tenemos sobre los grandes libros de nuestro tiempo han sido realizadas por novelistas y poetas, no por críticos profesionales. Nuestras revistas y suplementos culturales ganarían mucho si lograran convencer a nuestros grandes escritores de leer y descifrar las obras más recientes de sus contemporáneos”.

Enrique Vila-Matas también se queja de esa ausencia de críticos capaces de leer entre líneas, adivinando las historias que el escritor no desarrollópero siguen viviendo dentro del libro: “Es una desgracia que el ejercicio de la crítica generalmente sólo se realice a través de la siempre limitada interpretación del texto y casi nunca a través del análisis de cómo ha sido construido ese libro, análisis que será siempre imperfecto si el crítico no puede o no tiene capacidad para imaginar y hasta analizar las derivas invisibles y los rastros fantasmales, los odradeks y tropismos que viajan por el interior del libro. Habría que exigirles, de vez en cuando, ese tipo de imaginación a los críticos. Imaginación y un cierto respeto a los rastros invisibles y trazas fantasmales de las novelas que critican. No veo bien que todo sea tan fácil para ellos: los dos folios de rigor y el cómodo cascabel al gato”.

Para ejemplificar las palabras de Vila-Matas basta leer el uso de la Odisea en el Ulysses según Ricardo Piglia: “La Odisea es una referencia importante para el que escribe el libro, pero no para el que lo lee. Las correspondencias entre un texto y otro fueron muy útiles a Joyce en el momento de la construcción del libro porque le permitieron utilizar una especie de rejilla o de diagramapara poner orden en un material que proliferaba. La Odisea funciona como un procedimiento de unificación de la trama, como un argumento secreto que hace avanzar la acción. […] Para Joyce, el sistema de las referencias homéricas fue una etapa necesaria en la construcción de la obra, como el molde de hierro que desaparece, retirado o escondido por el material”.

En este momento, hay pocos escritores dispuestos a comentar las novedades con ese nivel de detalle, siguiendo los rastros invisibles y las referencias implícitas en el texto: Mario Vargas Llosa tiene infinidades de ensayos sobre escritores muertos (Alejo Carpentier, André Breton, Char les Dickens, Ber tol t Brecht , Gustave Flaubert) pero sus reseñas sobre obras de ficción recientes no llegan a la docena.

Esa renuenc ia de un escritor que participó de una larga serie de debates públicos para redefinir la literatura latinoamericana y mundial, -sus entradas, salidas y consagraciones- parece extraña porque en la recopilación de sus artículos escritos entre 1962 y 1982 aparece un Vargas Llosa entusiasta, reseñando libros recién aparecidos como Una piel de serpiente, de Luis Loayza, o La autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún; cuestionando públicamente el papel asignado al escritor en una hipotética sociedad futura y defendiendo las últimas novelas de Carlos Fuentes (Cambio de piel) y Julio Cortázar (62, modelo para armar) de las críticas.

No es un caso aislado: cuando José María Arguedas publicó el primer capítulo de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo, hubo una reacción inmediata de, entre otros, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Joao Guimaraes Rosa, José Lezama Lima y Gabriel García Márquez.

Estos ejemplos muestran una participación activa que ha desaparecido completamente en la actualidad. La etapa inicial de este descreimiento puede rastrearse en una declaración de Vargas Llosa basada en una supuesta frase de Borges: “no leo libros con menos de cien años”.

En realidad, el comentario está sacado de la reseña que Jorge Luis Borges escribió para un colección de cuentos de Cortázar: “Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar, sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las armas secretas y he elegido este cuento”.

Contradiciendo la cita mal citada por Vargas Llosa, Borges buscaba constantemente nuevos libros para leer y en el prólogo a su Biblioteca Personal lo dice claramente: “que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas”.

Esa tarea, que hace años creó una importante labor crítica gracias a escritores curiosos como Jorge Luis Borges u Octavio Paz, parece haber menguado paulatinamente hasta desaparecer. La actitud de Vargas Llosa o Carlos Fuentes marca una tendencia muy clara al respecto: con el paso del tiempo, el interés de estos escritores -y sus discípulos-, se concentró en comentar la aparición de textos de amigos o largos ensayos que le sirven como la excusa perfecta para hablar de política.

Jorge Edwards escribió para Letras Libres largas reseñas sobre Alabados sean nuestros señores, de Régis Debray, y El furor y el delirio, de JorgeMasetti como justificativos para sus críticas al castrismo. Su única reseña literaria fue para El paraíso en la otra esquina, de su amigo Vargas Llosa; sus ensayos largos, mientras tanto, miran insistentemente al pasado: Víctor Hugo, Marcel Proust, Jonathan Swift y Joaquim Machado de Assis, escritores muertos y consagrados sobre los que no se puede entrar en polémica.

Un escritor más joven, Carlos Franz, repite parcialmente el mecanismo en la misma revista, tratando temas políticos/históricos (Winfield S. Schley, Salvador Allende, Ricardo Lagos, Joaquín Lavín) o hablando de escritores conocidos como Thomas Mann, James Joyce, William Faulkner o Pablo Neruda: el pasado, de nuevo, lo inunda todo, borrando o haciendo prescindible el presente porque lo importante ya sucedió.

Esta política de mirar continuamente hacia atrás, esquivando las polémicas y los comentarios sobre el trabajo ajeno, es una práctica limitada a la lengua española; en inglés sucede exactamente lo contrario: cuando apareció Perro amarillo, de Martin Amis, Tibor Fischer publicó un crítica demoledora que salió en primera plana de los diarios: “Me consuela, como escritor, el que Martin Amis haya producido una novela indigna de su talento. Como lector, sin embargo, estoy genuinamente triste. Perro amarillo no es mala en el sentido de que no es buena o es ligeramente decepcionante. Perro amarillo es mala del tipo no-sé-a-dónde-mirarde- la-verguenza. Es como descubrir a tu tío preferido masturbándose en el patio de una escuela”.

Lo mismo sucedió en Estados Unidos con la segunda novela de Tom Wolfe, Todo un hombre: Norman Mailer le dedicó una reseña de seiws páginas en The New York Review of Books: “En determinados puntos, hasta puede decirse que leer el libro es algo así como hacer el amor a una mujerona de 135 kilos. Una vez que ella se te sube encima, se acabó. O te enamoras, o te asfixia”; y John Updike le reprochó a Wolfe “decirnos qué debemos sentir, desconfiando de nuestra capacidad de reaccionar sin la supervisión de nadie”.

Para explicar por qué los escritores en lengua española no escriben reseñas tengo cuatro razones posibles y una sola respuesta. Las razones:

1) La necesidad de no exponerse personalmente: cuando un escritor critica un libro, muestra implícitamente la forma en la que quiere que su obra sea leída. Si Vargas Llosa elogia a Flaubert y desprecia a Dostoievsky y Proust, está tomando una posición de combate: su lectura indica la forma y la escuela a la que quiere ser asociado; lo mismo hace Borges al despegarse de la novelística europea a lo Mann, elogiando géneros populares como el cuento policial que luego él mismo va a cultivar, así crea un marco para la recepción de sus propias ficciones.

2) El escándalo mediático: “Los libros se venden por lo que se oye de ellos, no por lo que se lee”, confirma Tomás Eloy Martínez. Así, el escritor acepta que el libro es un producto y el ruido, la pelea pública en los medios, el mecanismo más adecuado para vender lo en una época de lectores distraídos o directamente desinteresados. La crítica como lugar de consagración oficial, ha sido desplazada por los medios audiovisuales que dan prioridad al escándalo y aseguran una visibilidad mayor que una simple página de diario que, al parecer, nadie tiene tiempo para leer.

3) La competitividad: hablar de alguien, aunque sea mal, es publicitarlo. Como confesó Truman Capote: “Considerando el factor de la rivalidad, para un autor contemporáneo, o para un aspirante a escritor, es difícil confesar su admiración por otro”; lo mejor, entonces, es elogiar escritores muertos y ya canonizados que no estorban el camino a la propia consagración.

4) El desgano a la hora de leer manuscritos ajenos. Jorge Edwards mostró el hastío al que puede llegar un escritor conocido tras ser inundado por originales y primeras obras de autores desconocidos y ambiciosos de una reseña de prestigio publicada por un escritor reconocido: “No sé qué pasa dentro de la cabeza de los aspirantes a escritores. Los manuscritos se acumulan en diversos rincones de mi casa: novelas, colecciones de poemas, libros de cuentos. Miro las páginas por encima, antes de ponerme a dormir, y leo versos a lo Walt Whitman, a lo Pablo Neruda o Luis Cernuda, cuentos cortazarianos, párrafos sobre novelas y sobre novelistas, muy a lo Roberto Bolaño”.

La respuesta de los escritores latinoamericanos y españoles al desafío planteado por Volpi -cualquiera sea la razón que den para justificarse-, puede resumirse en tres simples palabras: “preferiría no hacerlo”.

Y de hecho, ya no lo hacen. Al menos no públicamente, como deberían, para incentivar en revistas y diarios un debate que ayude a descubrir y rearmar el siempre incompleto canon latinoamericano que sigue aferrado a un esquema impuesto hace más de 40 años, como si los nuevos autores fueran simples desconocidos de los que no vale la pena hablar porque los maestros ya fueron reconocidos y no queda nada más importante por decirse.

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