Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Volveré y seré millones

1. Se cumplieron 40 años de la muerte del Che Guevara y vi en revistas, diarios y, especialmente, en pósters y remeras, su cara todavía joven, con el pelo largo y despeinado y la mirada perdida que busca ese horizonte lejano donde fundar la patria del “hombre nuevo” que no había funcionado en Cuba pero que siempre podía buscarse en otro lado, justificando los atropellos y los fusilamientos con palabras retumbantes que hablaban de “victoria o muerte” mientras la gente cantaba canta todavía sobre “tu querida presencia” y yo paso de largo, tapándome los oídos, intentando no oír tantos lugares comunes en una sola canción.

Guevara consiguió lo que la revolución no pudo: mantener el sueño vivo; la muerte purificó su imagen póstuma hasta santificarlo, logró que incluso los campesinos que lo traicionaron le prendan velas y le recen como a un santo en el mismo lugar donde fue fusilado. Lo que vemos hoy es un muerto ilustre al que ofrendarle nuestros dolores sabiendo que él volverá como Evita convertido en vengador, mártir y objeto de consumo masivo. Un superhéroe barbado que promete acabar con el imperialismo y, también, una figura de cartón a la que los comerciantes pueden explotar sin importarle lo que dijo o hizo, seducidos por la plasticidad de su imagen para atraer consumidores.

Todo eso fue, sigue siendo, Guevara: una figurita difícil que el tiempo convirtió en un icono al pie del cual convergen tanto la izquierda como la derecha para obtener beneficios. La representación más cercana al Che verdadero no es el idealista veinteañero de Diarios de motocicleta sino el Batman de Frank Miller: un vengador enloquecido por los fines y despreocupado por los medios a quien las personas le importan poco, ocupado como está en salvar a “la humanidad”.

En este escenario, Fidel aparece como una figura lejana, un hombre que, pecado mortal, vivió demasiado y al que ahora le pesa hasta la sombra, empujado al ocaso público por el expansivo Chávez que lo humilla en reportajes demasiado largos. Castro, sin embargo, es uno de los mejores y más secretos guionistas de la historia: él creó el mito del Che y se encargó de, (una vez muerto el hombre real que podía molestarlo con sus torpezas y excesos), levantar la estatua y proclamarlo como héroe impoluto, vendiendo ese sueño revolucionario por todo el mundo.

Con su estética, sus palabras de mártir y su imagen, el Che encarna, sin quererlo, el sueño de todo rockero: vive rápido, muere joven y deja un cadáver hermoso. Hoy, sin embargo, su cíclico retorno es apenas una operación de mercadotecnia donde su cadáver es comercializado indiscriminadamente tanto por la izquierda como por la derecha: Alberto Granado asesora documentalistas y se queja de no poder cobrar las regalías por el embargo americano a Cuba y la revista Time vende por Internet enteritos de bebé con la propaganda: “¡Viva la revolution! Ahora, aun el rebelde más pequeño puede expresarse a través de estos increíbles enteritos para bebé. Este icono clásico del Che Guevara también está disponible en forma de remera de manga larga para chicos”.

Un sueño a medida de cualquier empresa. Plagiando una propaganda sobre CD de grandes éxitos con las caras de Kurt Cobain, Jim Morrison y Jimmy Hendrix: “A ellos el éxito les salió caro; a vos, no”.

2. ¿Y por qué vuelve Soda Stereo? ésa es la pregunta que todos los medios le hicieron y que ellos esquivaron mientras pudieron hasta dar una resignado: “no es por la plata, si fuera por eso hubiéramos vuelto hace dos, tres años, que nos ponían todo arriba de la mesa”. Pero aquí los tenemos y ya se están agotando estadios por toda Latinoamérica con gente enfervorizada que hace colas interminables y grita, antes aun de que empiecen a tocar, seguros de presenciar un hecho histórico, irrepetible.

Soda renació y la novedad es bajarse ringtones, canciones y grabaciones inéditas desde la página de los patrocinadores oficiales, compañías de celulares que todavía no lanzaron su flamante modelo “Me verás volver” pero no van a tardar mucho en hacerlo.

Veo por televisión los preparativos y especialmente a la gente, fanáticos que llevan a sus hijos para mostrarle, con una nostalgia algo pegajosa, a “la banda que escuchaba papá”, mientras, en algún canal, cualquiera de los tres músicos, pero claro, siempre primero Cerati, hacen comentarios sobre el regreso y la magia y las canciones que piensan y no piensan tocar mientras hablan, en voz bien baja, de un posible disco nuevo antes de que cada uno, juran, vuelvan a sus planes solistas.

Con el éxito de Miranda! y Babasónicos (aventajados alumnos en el gesto de escaparle al lugar común y proponer una segunda conquista musical de Latinoamérica apoyados por sus discográficas), el trío debe sentir que no está tan sólo en el arte de ser populares y vanguardistas al mismo tiempo, logrando que su estética sea comprada y consumida por todo el mundo; oportunidad que siguen aprovechando los innumerables promotores con ofertas que incluyen el relanzamiento de toda la discografía de la banda, videos originales, entrevistas exclusivas y campañas de bien público para demostrar que no sólo el dinero importa.

Yo prefiero resistirme a la tentación y no ir a los recitales. No me gustan esas fiestas de reencuentro donde todo el mundo grita demasiado y las canciones, en realidad, importan poco, suplantadas por la necesidad de demostrar que uno es parte del ritual y está dispuesto a volverse loco apenas suene el primer acorde, cuando todo se llene de fotos mal sacadas que serán rápidamente colgadas de Internet para demostrar que “yo estuve ahí”. Como admirador, sin embargo, podría cantar “Corazón delator”, “De música ligera”, “Prófugos”, “En la ciudad de la furia”… la lista se me hace rápidamente interminable y chequeo más nombres de mis cds: “Signos”, “Persiana americana”, “Sueles dejarme sólo”…


¿Tocarán esos mismos temas? ¿Habrá alguna canción solista de Cerati? ¿Solos de Charly Alberti en batería? Posiblemente incluyan todos sus clásicos para satisfacer al oyente fiel que insistió durante una década para que se juntaran mientras todos decían que era imposible, incluyendo a los mismos músicos, peleados entre sí.

Aunque también siento la tentación de darle las “gracias totales” por su regreso, este inmenso despliegue mediático (especialmente los periodistas que repiten, con mínimas variaciones, las palabras de los músicos) me suena a operación empresarial donde el deseo se mezcla demasiado con esos seis millones en danza que vuelven a sus fans voyeurs deseosos de confirmar si los tres cobraron lo mismo, o Cerati, como se dijo, se lleva la parte del león. Nadie puede acusarlos de nada, por supuesto: ¿quién les impide cobrar muy bien por el trabajo hecho durante casi dos décadas entreteniendo y divirtiendo?

Pero este regreso acumula preguntas incómodas: ¿era necesario aceptar que los grabaran a todas horas por imposición de uno de sus patrocinadores que pedía, precisamente, material exclusivo? ¿Era necesario ocultar la noticia a los medios para que los primeros en enterarse fueran los usuarios de un celular?

Para qué seguir: las canciones siguen siendo las mismas pero el rockero independiente es una especie en extinción. Uno recuerda al viejo Soda y siente que su vuelta (o la de Genesis, Led Zeppelin, Rage Against The Machine, Smashing Pumpkins, The Police) es apenas un ejercicio de nostalgia envuelto en mercadotecnia donde los músicos parecen demasiado obedientes a los mandatos de una industria que ayer despreciaban.

Y qué fundamentalista suena decir esto aunque sea verdad en medio de rockeros, bonitos, bieneducaditos que bailarán para la prensa/ y dedicarán/ el nuevo rock de las cavernas / a su vanidad.

3. El tercer puesto en el mundial de Francia 2008 le dio una visibilidad al rugby argentino que antes no tenía. Los comentaristas deportivos me hicieron acordar la “evolución” del periodista francés que tituló su primer artículo sobre Napoleón, “El tirano escapa” y el último, “El salvador de Francia”.

Para gran parte de los argentinos, la pasión que sintieron por “Los Pumas” vino con la confirmación de una epopeya: el primer equipo nacional que logró meterse entre los tres mejores del mundo y como los argentinos somos exitistas, con eso bastó: a medida que el equipo avanzaba hacia las finales, se agotaban las remeras oficiales y la gente salía a la calle a gritar, mostrando caras pintadas y chicos enarbolados como banderas en medios de cornetas y bocinazos.

El rugby por fin era negocio y la partida del equipo, (que sólo interesó a unos cuantos fanáticos), parece lejana, olvidable. Como explicó el manager del equipo José Luis Rolandi, sorprendido por la cantidad de periodistas que lo esperaban: “Cuando comenzó la preparación para este Mundial hicimos una conferencia y había sólo tres medios”. Hoy todos hablan de ellos; incluso el presidente Néstor Kirchner, siempre atento al gusto popular, los invitó a la Casa Rosada e intercambió corbatas con ellos mientras se sacaban las obligatorias fotos con Cristina, su mujer, agradeciéndoles porque “nos hicieron quedar muy bien y demostraron lo que somos capaces de hacer cuando lo hacemos en equipo”. (Una contradicción de una persona que maneja el poder sin aceptar opiniones de terceros ni preguntas de periodistas).

¿Por qué tantas atenciones? Simple: porque ganamos y los jugadores lograron visibilidad mundial y eso, para el argentino promedio (incluido el Presidente y su mujer), significa la gloria: que alguien hable de nosotros, no importa si bien o mal, pero que hable. Tan adictos somos a ver qué opinan los demás que cuando existió la mínima posibilidad de ser campeones, los noticieros mostraron las críticas de todos los diarios del mundo aunque fueran negativas: al menos, parecían decir, saben que existimos.

El rugby parece dispuesto a ocupar un lugar que no tenía cuando se fue mientras borra ciertos estigmas que hablan de chicos de la alta sociedad que practican el deporte y salen con sus compañeros a pelearse contra otros adolescentes. De eso, por supuesto, nadie habla: sólo hay lugar para mostrar el triunfo, las caras felices, la gente que corea “pumas, pumas” y las imágenes retrospectivas de los jugadores gritando más que cantando el himno nacional antes de cada partido sin que yo pueda sacarme de encima esa sensación de agobio, de nacionalismo barato: ¿por qué lloran tanto? Un ejercicio, me parece, de sobreactuación que me recuerda otro lugar común: el amor por la camiseta que hizo propio Maradona y que luego sirvió para perdonarle todos sus excesos.

Hoy, pese a mis reparos, los Pumas son, para el público, una cifra del argentino ideal y aparecen en todos los medios. Sabiendo que este éxito traerá un crecimiento exponencial de practicantes (y patrocinadores) sigo leyendo la nota de Clarín que habla de las peleas a trompadas luego de los partidos entre chicos de escuelas rivales o, en una ocasión, contra la hinchada de River. Por supuesto, los especialistas lo niegan: el deporte no genera violencia, los malos jugadores son expulsados, los que dicen eso no saben nada.

Casualmente (o no), descubro una declaración del capitán del equipo, Agustín Pichot, diciendo que el Che es uno de ellos. Se refiere a que Guevara fue un aficionado al rugby que solía firmar sus cartas como “Furibundo de la Serna”. Pichot debe saber muy poco de Guevara, aunque la tendencia cada vez más sanguinaria de éste, me hace acordar a un ex-rugbier que describe el placer de romperle la boca a otro “como un orgasmo”. Guevara, seguramente, debió de sentir algo parecido cuando habló de “la máquina de matar”. Despreocupado por estas asociaciones caprichosas, alguien, por televisión, dice: “Hoy todos somos pumas”. Treinta millones de pumas. No es poco: cuando se fueron eran, apenas, un puñado. ¿Cuántos serán el día que pierdan?

Una excepción: veo, otra vez, el video con el regreso de Britney Spears: a ella no le perdonaron la derrota. Una periodista predice que será rápidamente suplantada por la nueva sensación del pop, Rihanna. Otra asegura: “Como en esas películas donde el ascenso de un nuevo héroe se afirma en la decadencia del rey depuesto, la transmisión de los premios MTV evidenció los momentos antagónicos que viven Britney Spears y la joya de Barbados, Rihanna. Y en esto poco tienen que ver los títulos. De hecho, que Rihanna haya sido la gran ganadora de la noche (video y hit monstruo del año por la notable “Umbrella”) no es lo único que la pone por encima de Britney, sino la disparidad de sus (¿se dirá también así?) ‘galas’. (“Suplemento SI”, Diario Clarín, 14 de septiembre del 2007).


El discurso es tan cínico e idiota en ambos casos que parece calcado de un memo interno entre ejecutivos de una discográfica: lo que importa es lo que vende, lo demás, apenas pasa de moda, queda afuera del mercado y sin posibilidades de redención pública, haga lo que haga.

Esta obsesión de los medios por repetir que estaba “gorda” y, peor aún, torpe para bailar, sirve para estudiar el doble discurso de una industria que por un lado condena a las modelos por ser demasiado flacas y por el otro indica claramente los límites que deben respetar las estrellas pop para mantenerse vigentes, como si el sistema de los estudios que controlaba a su personal en los años veinte y treinta todavía funcionara. Y visto de cerca uno descubre que ese sistema todavía funciona y se reproduce cuando personas que deberían estar informadas repiten consignas idiotas sin pensarlas, felices de tener un titular que vender.

Me cuesta pensar en Britney como gorda y torpe. Veo, apenas, una persona que debe arrastrar su pasado de chica virginal, dos hijos, un matrimonio fallido y algunas fiestas con la siempre presente París Hilton. Veo, además, la necesidad de crucificarla públicamente mostrándola como un modelo a no seguir: si fuera extra-delgada o vendiera tan bien como antes seguramente la perdonarían, pero es hora de marcar las diferencias y dejarle lugar a las chicas nuevas que venden lo que ella, parece, hoy no tiene: juventud, belleza, brillo. La derrota no da ningún cartel, no es negocio, la derrota aparta a las personas, nadie quiere estar con los vencidos más que para burlarse de ellos.

Britney, entonces, debe demostrar que todavía puede ocupar su lugar aunque su público natural, adolescentes de entre ocho y 13 años, creció o consume otro tipo de espectáculos, cautivado por High School Music.

Yo siento debilidad por los “vulnerables”, esas personas que ajenas a la imagen de dureza a lo Madonna demuestran que luchan contra sus propios demonios aun a costa de perder en toda la línea. Atacarlos es una práctica de todas las subindustrias que rodean a Hollywood, por eso comparto la declaración de Craig Ferguson, el anfitrión del programa nocturno de la CBS, Late Late Show: “Para mí, debe haber cierta alegría en la comedia. Debe ser sobre atacar a los poderosos, los políticos, los Trump, los fanfarrones, ir detrás de ellos. No deberíamos atacar a los vulnerables”.

Pero eso a mucha gente parece no importarle: deben sentir una sensación de agradable venganza al ver a una ex reina de belleza caída, arrastrándose, pidiendo ayuda y no recibiéndola. Hay mucha miseria en todo eso y leer sobre ella como si se hablara de un maniquí y no de un ser humano da asco porque mañana, si amanece muerta, esos mismos medios levantarían homenajes fastuosos hablando de su pérdida y el mal camino que había comenzado a recorrer sin decir que ellos también la empujaron, derrumbando su ego y comparando su “gorda figura” con la de jovencitas diez años menores que, a su tiempo, sino se cuidan, pueden recorrer el mismo camino de autodestrucción.

“Siete ricas ciudades -escribió Thomas Seward- contienden ahora por / Homero muerto, / en las cuales mendigaba pan Homero vivo”.

Me veras vender(me): algunos datos sueltos.

Un sitio en Internet promete atender “todas sus necesidades revolucionarias” mientras la firma “Fashion Victim” asegura haber comprado a los herederos de Alberto Korda autor de la famosa foto del Che los derechos de la imagen para Norteamérica.

El “Comandante Guevara” finalmente logró estar aquí y allá y en todas partes: “Su semblante adorna tazas de café, sudaderas, encendedores, llaveros, billeteras, gorras de béisbol, tocados, emblemas de rockeros, truzas, camisetas deportivas, carteras finas, jeans deshilachados, té de hierbas”, anota álvaro Vargas LLosa. Los productos incluyen un jabón llamado Che que, aseguran sus propietarios, “lava mas blanco”.

Los pobladores de La Higuera que lo denunciaron o, simplemente, lo ignoraron en vida, hoy le rezan en el lugar donde se exhibió su cadáver. Ya no es el Che Guevara sino “San Ernesto”, ¿patrono de las causas perdidas? Por cinco bolivianos extras, uno puede ver donde lo mataron.

Sumando las presentaciones en Argentina, Chile, Ecuador, México, Estados Unidos, Colombia, Panamá, Venezuela y Perú, Soda alcanzarían el millón de espectadores. Con ese número se calcula un ingreso cercanos a los 30 millones de dólares cuyo 15% sería repartido entre los tres músicos.

Personal y Sony Ericsson, patrocinantes oficiales del regreso, pagaron una cantidad todavía desconocida para ofrecer desde un modelo de celular con material exclusivo de la banda hasta charlas gratis a cargo de expertos.

-Todos los participantes de la “operación retorno” (incluyendo a la encargada del catering de una de las sesiones de fotos) firmaron un contrato de confidencialidad para no violar la cláusula que le daba la exclusividad de la noticia a uno de los patrocinadores.

En la entrada de cada show se venden remeras, cds, vinchas, gorras y fotos que van desde los dos a los seis dólares. Aprovechando el momento, se reeditó toda la discografía remasterizada y editó un dvd con material inédito.

El último mundial de rugby le dio a la Federación Internacional de Rugby (IRB) unos 400 millones de euros. Entre los mayores patrocinadores están Peugeot y Visa con cinco millones. Los distribuidores oficiales como Adidas, McDo-nald’s, Good Year y Coca Cola pagan entre 300 y 500 mil euros.

Los diez mejores equipos del mundo (Inglaterra, Irlanda, Gales, Escocia, Francia, Italia, Argentina, Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica), recibirán unos cuatro millones como reconocimiento a su “importante aporte a la Copa mundial y al juego mundial”; los siguientes diez deberán conformarse con poco más de 200 mil euros.

Mientras tanto, en Argentina, el ahora triunfal equipo, cuenta que debió pedir un lugar para entrenarse. Según su mánager: “El seleccionado argentino de rugby no tiene un lugar de entrenamiento fijo. No es como la AFA, que tiene su predio. En ningún gobierno se habló de rugby. Para el Mundial tuvimos que buscar un lugar de entrenamiento, porque no teníamos. Y en ese entonces, el colegio Cardenal Newman y Belgrano nos cedieron gratuitamente sus instalaciones”.

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