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Arouet

Voltaire: ¡A la carga contra los fanáticos y los bribones!

François Marie Arouet es de esos pocos hombres que trascendieron a su época, como lo muestra, entre otras variables, su concepción del fanatismo como uno de los grandes óbices de la civilización. Por ello es pertinente el más reciente libro de Fernando Savater, que enseña en la portada el nombre y la imagen del pensador francés como emblema contra esos seres amenazantes y actuantes por el mundo, que advierten a los otros que deben creer en lo que ellos o esos seres oscurantistas harán todo el daño posible.

Decir Voltaire no es sólo hablar de uno de los fundadores del intelectual moderno, y en ese terreno discurrir sobre si él es o no el antecedente filosófico de la famosa tesis de Marx sobre la interpretación del mundo y la acción para transformarlo, y en ese tránsito asegurar –como ahora hago– que Gramsci no sólo se inspiró en Maquiavelo para concebir al “Príncipe moderno” sino que lo hizo en Voltaire, al definir que los intelectuales eran clave para generar una superestructura alternativa, o sea, para forjar prácticas culturales, éticas y morales donde la razón impere (los intelectuales debían formar a “los simples”): “Un solo hombre elocuente, hábil y acreditado podrá mucho sobre los hombres, cien hombres no podrán nada sino son más que filósofos”.

Pero Voltaire es mucho más que motivo de intercambios (que pudieran) ser bizantinos. Es la convicción apasionada de la razón (y por ende de la duda sistemática) frente al dogma, donde reposa el fanatismo. Con quienes ostentan el blasón de la intolerancia seamos intolerantes, advierte de diferentes formas el enciclopedista, y es que el fanatismo al buscar suprimir a la razón, es adversario de la diversidad, de quienes piensan más allá de la fe (atea o religiosa): “la duda, dice Voltaire, no es un estado demasiado agradable, pero la certeza es ridícula”. (Además según el discípulo de Locke, la razón no es solo esfuerzo del proyecto civilizatorio sino también un imperativo personal: “hay que seguir corrigiéndose aunque uno tenga ochenta años”).

Por eso Voltaire arenga apasionado: “¡A la carga contra los fanáticos y los bribones!”, para lo que él propone un estilo, ser claros ante todo –“definid bien los términos”– y dirigirse a un público decente que no esté dispuesto a recibir encíclicas sino a ser parte de ideas incentivadas en aquella facultad inherente al ser humano, que se llama pensar. Sobre esa base, su persecución militante es la libertad de conciencia donde la intolerancia no tiene derecho alguno:

“La paciencia sea con vosotros. Marchad siempre a carcajadas por el camino de la verdad”.

Voltaire tuvo presente que transitar anteponiendo la inteligencia y lanzar sonoras carcajadas contra el intento de socavar al que no piense como el fanático, conlleva la respuesta de esos fanáticos que no integran a su naturaleza la reflexión: “Hay que resignarse a pagar toda la vida un cierto tributo a la calumnia” porque “ese fanatismo al que los hombres tienen tanta tendencia, ha servido siempre para hacerlos no solo más brutos sino también más malvados”. Ello no quiere decir que Voltaire menosprecie, al contrario, los alcances que pueden tener tales formas primitivas: “Los tontos llegan a veces muy lejos, sobre todo cuando el fanatismo se une a la inepcia y la inepcia al espíritu de venganza”.

El orden de este apunte se debe a Savater, pues el autor acude a la definición volteriana de la historia en El ensayo de las costumbres, sobre la imposibilidad de la reconstrucción exhaustiva del pasado y por ello al imperativo de signar solamente hechos imprescindibles –que se definen por sus efectos y constancia– y sobre esa base elabora un diccionario de las ideas más significativas y persistentes de Voltaire, que incluso al filósofo español le sirvieron como esqueleto para su novela Cultivemos nuestro jardín de hace poco más de veinte años.

En tal secuencia se asoma el Voltaire que nada más para ejercitar la mente acude a la causa de develar farsas, pero también está el hombre de la razón que exige resultados prácticos para la humanidad, de ahí que Isaac Asimov en su Momentos estelares de la ciencia, anotara a un Voltaire maravillado en Inglaterra por atestiguar cómo ese país veneraba a Newton tanto como otros países veneraban a sus leyes. También registramos al hombre implacable frente a los fraudes urdidos entre los libros y la prensa:

“Existen miserables que, porque saben leer y escribir, creen poder conseguir posición en el mundo vendiendo escándalos”, aunque siempre tiene en cuenta que en gacetas y periódicos existen versiones encontradas que dan ocasión para examinar los hechos. En tal examen de los hechos Voltaire propone considerar como boba la máxima de que todas las opiniones son (y deben ser) respetables. No es así. Las personas merecen respeto, sí, pero sus ideas no siempre y entonces, pueden ser discutidas e incluso exhibidas precisamente por su estupidez.

Coincido: el fanatismo no merece ningún respeto.

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