Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Virgen y yo

Primero fue la acción. Rolando amaba el bosque. No por razones contemplativas, sino dentro de la audaz vorágine de la adrenalina. Impulsivo, acelerado y desprovisto de cualquier ligadura que lo persuadiera de labelleza última del mundo, nada lo satisfacía. Conducía su camioneta con el arrojo de esos condenados a muerte que lejos de huir de su condena, la enfrentan con entereza. Era bello, maniático y desesperado. Parecía una estrella de neutrones encerrada en una caja de detergente. O quizá una rosa sola y aislada que creyera ser la última rosa de la galaxia. O del universo entero en expansión. Identificada en secreto con esa personalidad oceánica y arrogante, Virgen cayó rendida en sus brazos la misma noche que lo conoció, y se enamoró con urgencia desamparada de él a continuación.

La primera vez que Rolando y Virgen visitaron la presa del Llano caminaron durante horas en búsqueda del origen del río, pero no lo encontraron. Seguro de sí mismo hasta la más oscura necedad, Rolando afirmaba que en breve alcanzarían el punto exacto donde el agua nace de la tierra, pero caminaban y caminaban y no tropezaban con el menor signo de su existencia. Entonces Virgen, hastiada de la búsqueda, lo tomó de la cintura y lo arrojó al pasto. Como niños inocentes o perros que juegan se revolvieron en el piso, y como perros en época de cruza antes que como niños inocentes, se despojaron de la ropa con acalorada premura. Fue la primera vez que alguien la sodomizó. Cuando el miembro estaba a punto de inaugurarle el ano, Virgen tuvo algunos incómodos recuerdos de la época en que se cagaba en las bragas, pero la excitación derrotó esos recuerdos y se estremeció como jamás lo había hecho. Dada la mecánica natural del universo, aquélla no constituyó la única ocasión que Rolando sodomizó a Virgen. La sodomizó muchas otras veces, pero ésa fue la que Virgen recordó durante años cada que hacía el amor con otro sujeto.

Desde hace tiempo he sostenido que las experiencias sexuales no ensuciana una mujer, sin embargo, hasta ahora no me había enamorado de una mujer con la vasta y versátil historia de Virgen. Y ahora sufro y los celos me carcomen, pese a mi Sade, mi Bataille, mi Bukowski y mi García Ponce. Pese a mi Freud y mi ajado y aparentemente anacrónico Laberinto de la soledad. De modo que lo confieso: escribo la vida de Virgen para terapearme. No sirve de nada, ya lo he comprobado y vuelto a comprobar, pero al menos me entretengo y, mientras me entretengo, me hago coco wash. O sea, me convenzo que puedo con Virgen. Que puedo amarla a despecho de su pasado y sin pretender encerrarla ni controlarla, que puedo vivir con ella sin temor ni ansiedad ni corajes ayunos de valentía. Luego, es verdad, se revela que no puedo, pero mientras ya remonté la mañana y me complací imaginando que aporto un grano de arena al desarrollo de la humanidad. Sí, que lo aporto a fuerza de llevar al papel las aventuras virginianas, cómo no.

Rolando no solo sodomizó a Virgen. También la incorporó enun ménage à trois exitoso que ya no quiero recordar. Y la hizo gritar y llorar de placer. Pero insisto: todo eso ya no lo quiero recordar. Que me caiga un rayo si vuelvo a recordarlo. Ya me cayó.

Virgen y Rolando vivieron el presente con la energía indomesticable de las fuerzas de la naturaleza. Su dicha fue involuntaria y compulsiva, vulgar y sudorosa, divina e impune. Una dicha orquestada desde el ritmo irrefrenable con que sus cuerpos se procuraron un placer capaz de volarle a ambos la cabeza.

Pero en este mundo tarde o temprano todo encuentra un final. Un día Rolando desapareció de la vida de Virgen. Entonces Virgen sufrió por primera vez el dolor vivo y radical de los abandonados. Extrañó tanto a Rolando que durante varias eras galácticas no deseó hacer nada sin él. ¿Cómo disfrutar de ese paisaje sin su amor? ¿Cómo gozar sin él de aquella caminata por la calle donde una vez corrieron y rieron juntos? ¿Cómo ir al cine sin extrañarlo? ¿Cómo probar esa nueva comida sin su sonrisa? ¿Cómo pasar la tarde y la noche y la mañana siguiente y todas las mañanas de la vida sin su compañía? Atada a su recuerdo como la computadora sin pila a la corriente eléctrica, renegaba de la vida pero seguía viviendo en el cogollo de la desgarradura. ¿Y si de pronto él la llamaba? ¿Y si mañana reaparecía? Pero Rolando jamás reapareció. Como la vida de un hombre tras su último respiro, no volvió a presentarse a su lado para brindarle el calor que necesitaba para levantar la cara y sonreír. Años después aparecí yo y ella me prometió que sería mía hasta que la muerte nos separara. La muy ingenua tomó mis celos cobardes como prueba de amor.

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