Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Virgen o el verano

Primero fue Daniel. Luego Hugo. Virgen mantuvo relaciones amorosas con ambos al mismo tiempo, pero no engañó a ninguno de los dos. Incapaz de fingir ser quien no era durante largo tiempo, informó a los dos del romance alterno que mantenía con el otro. A los tres les angustiaba adónde iba aquello que no abría un futuro claro. O que lo abría, pero a costa de Daniel o de Hugo. Con mayor probabilidad, quizá, de Daniel que de Hugo, pues Hugo toleraba que Virgen amara a Daniel pero Daniel no toleraba que amara a Hugo. Y Virgen deseaba conservar a los dos como amantes.

El problema era el teléfono celular de Virgen, cuando sonaba. Lo malo era que sonaba con frecuencia. Cuando Daniel estaba con ella imaginaba que era Hugo y cuando Hugo estaba con ella imaginaba que era Daniel. Y también ocurría que Daniel nadaba en zozobra cuando Virgen demoraba más de diez minutos en contestar un mensaje que él le enviaba o no contestaba el teléfono cuando le llamaba. Hugo sufría menos, pero también sufría. Una tarde Virgen interrumpió un ameno chat con él para atender a Daniel y Hugo desapareció para ella en las siguientes treintaiséis horas. Y treintaiséis horas son muchas para una mujer apasionada como Virgen. Sí, Virgen sufría horrores cuando creía que uno de los dos podía desaparecer de su vida. Y a despecho de todas las pruebas en contra, lo creía constantemente.

De los tres se podía decir cualquier cosa, menos que su vida fuera aburrida o floja. Ninguno habitaba el mundo con aire anestesiado. Más bien la inquietud constituía su sino. No siempre, pero casi. El sexo era increíble con los dos, ninguno había logrado esas proezas sexuales con otra mujer. Los orgasmos se sucedían como las cálidas cuentas en el abalorio de una mujer en comunión con dios. Prácticamente no había semana en que Virgen no hiciera el amor con los dos el mismo día. A veces con Daniel por la mañana o al mediodía y con Hugo por la noche; a veces con Hugo por la mañana o al mediodía y con Daniel por la noche. En la mayor parte de las ocasiones el placer desbordaba los cauces del grito para alcanzar los monstruosos niveles del aullido. Mejor terapia física y psicológica no podía existir.

Sé que lo normal era que Virgen optara por alguno, que alguno se alejara o que los dos lo hicieran. Pero a la fecha ninguna de esas opciones ha tenido lugar. ¿Por qué? Iba a escribir que lo ignoro, pero no, no lo ignoro. Y no lo ignoro porque soy Daniel. Hecha esta confesión debo proceder a la siguiente. Comencé diciendo que yo fui el primero, ¿verdad? y en estas suertes resulta más fácil ser el que se suma que el que ya está. O sea, fue más difícil para mí. Padecí una especie de degradación. A mis ojos, pero también en opinión de los demás. ¿Acaso había algo malo en mí? ¿Qué déficit personal la había orillado a recurrir a un tercero? No le doy más vueltas: ¿acaso no daba el ancho en la cama? Sé que todos comprenden mis dudas, mi zozobra, mi latente humillación. Por eso comprenderán la alegría que me dio hacer retozar a Virgen de manera extraordinaria al poco que anduviera cogiendo con Hugo. Qué alegría me dio, y también a Virgen. Seguramente a Hugo, no. Y no por otra causa escribo esta breve crónica. Para que Hugo se entere que yo también la hago feliz. Que lo sepa de una vez por todas, pues ambos la amamos con el corazón entero y nos proponemos acompañarla en la vida hasta que la muerte nos separe.

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