Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Virgen ante Picasso

Arleoni era artista plástica. O al menos lo pretendía. Benítez trabajaba en una oficina haciendo la limpieza. No formaban una pareja, pero hubieran podido formarla. Al cabo de un par de horas con ellas, Virgen descubrió que Benítez deseaba a Arleoni, pero Arleoni no le correspondía. En razón de su deseo Benítez hospedaba gratis a Arleoni. Arleoni se hospedaba con Benítez porque se había propuesto vivir a fondo Barcelona. Muy pronto Virgen discernió que podía permanecer en ese piso el tiempo que deseara.

Ocurrió en el Museo Picasso. No con una obra famosa, sino con uno de los numerosos retratos de Jacqueline Roque. De pronto el rostro creció. Jacqueline se salió del cuadro. ¿Cómo era posible que sucediera un fenómenode esa calaña? No, no era posible, en absoluto. Y, sin embargo, ocurría frente a sus ojos. Allí, fuera del cuadro, y luego otra vez dentro, como si nada hubiera pasado. El rostro de la segunda esposa de Picasso entrando y saliendo del marco como Pedro por su casa. Virgen sufrió un vértigo instantáneo. Se encontraba frente a un incidente sobrenatural, ante un evento que justificaba la existencia del mundo y de ella misma. Una manifestación del infinito. Al fin lo constataba. La realidad no carecía de sentido. Aquel Misterio se lo procuraba. ¿Qué era? ¿Quién? ¿De dónde? ¿Por qué? Lo ignoraba. Pero sospechaba que nacía en el reverso de las cosas, del otro lado de la realidad, donde todo se fraguaba y cobraba su razón de ser, donde el caos devenía cosmos y los alienígenas que le sorbían el estómago y la sumían en una ansiedad insoportable mágicamente se desintegraban. Híjole. El saxofón místico existía, y no solo en la primera caricatura del Conde Pátula.

No salió del museo. La sacaron. Era de noche y sus puertas debían cerrar al público. Virgen tomó asiento en la banqueta y las lágrimas enfriaron sus mejillas. Miraba un árbol. No era verdad, lógicamente, pero le parecía que veía por primera vez un árbol en su vida. Estaba conmocionada. Como los naturalistas de Jurassic Park ante los dinosaurios revividos.

– Lo vi -declaró con pasmo. Pero Arleoni no le concedía crédito. Hablaban de arte y la tachaba de impostora. Se reía de ella con un sentimiento de superioridad inconmovible.

– ¿Qué? -preguntó Arleoni con gesto de burla.

– A Picasso -se recuperó Virgen, pero Arleoni volvió a reír. Ella, que era artista plástica, debía entenderla, pero no la entendía. Virgen conocía la razón de su desconfianza: había mentido más de una vez en la vida. ¿O no lo había hecho con Leticia y Aurora cuando le pre-guntaron sobre su papá? ¿Por qué no les había dicho que Pedro Morena había ido a comprar cigarros y aún no regresaba ni iba a regresar jamás? Y luego a Marsias le había revelado que conocía quien sabe cuántas ciudades europeas cuando aún había puesto un pie fuera de México. Ay, la vida era dura como la cabeza de Han’y cuando lloraba porque el pene no se le había endurecido. Debía admitirlo, era una farsante. Arleoni, en cambio, era una artista. Una vidente. Una veraz administradora de los secretos del más allá. ¿Cómo podía equivocarse? ¿Cómo podía hacer algo que no estaba bien hacer? Si los artistas no fueran videntes ella no erraría inmersa en el torbellino de visiones en el que se encontraba inmersa. Simplemente no existirían esas visiones que la llevaban a replantear de cabo a rabo la manera como entendía la realidad.

En la mañana siguiente volvió al Museo Picasso, como el asesino a la escena del crimen. Y vio todo con nuevos ojos. Por primera vez podía decir, sin la menor sombra de fingimiento, que allí había muchas cosas que apreciar. Pero poco después arrancó lo mejor. Cuando salió del museo y vagó por el barrio gótico tropezó en todas partes con ojos que la miraban y rostros que se convulsionaban y estremecían, como aterrados por el infinito. Igual en los árboles, en las paredes, en las bancas y el piso. Y no, no había ingerido ninguna planta alucinógena. Bueno, al menos que ella supiera.

Estaban las tres sentadas a la mesa.

– ¿Quién decide qué es arte y qué no? -preguntó Benítez y ella misma se contestó: – Cualquier cosa puede ser arte.

– ¡No! -replicó Arleoni, y agregó, notoriamente alterada – ¡Eso es una tarugada!

– ¿Una tarugada?

– Claro-dijo, al tiempo que estrujó y arrojó sobre la mesa un recipiente de yogurt.

– ¡Díganme! ¡¿Esto es arte?! -inquirió con violencia.

– ¿¡Y esto?! -vociferó mientras vertía aceite de oliva en una superficie de cartón con la misma virulencia de su voz.

– ¡Claro que sí! -intervino Virgen, que había descubierto un personaje convulso entre la eternidad en el torcido recipiente de yogurt y unos ojos que la miraban desde el más allá en las figuras deformes que el líquido formó en el cartón.

– No, por favor -profirió Arleoni exasperada, raptada por un profundo desprecio contra Virgen y Benítez. Un desprecio tan hiriente como el que siente el Guasón, interpretado por Heath Ledger en The dark knight, por el resto de la humanidad. Virgen sabía que necesitaba con urgencia la ayuda de Batman, aunque sospechara que ni Batman podría quitarle lo taruga ni explicarle por qué no se había dejado de estremecer con cualquier cosa, como una loca alucinada, desde que había visto (sí, visto con cursivas bien marcadas) a Picasso.

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