Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Viralidad: la burocratización de la opinión pública (5)

Hacia una caracterización de la web semántica

La trascendencia, damos por supuesto, no es necesariamente un espacio en el que confluyen la relevancia, la pertinencia, la verdad ni la belleza. Entender que algo “ampliamente difundido”, “masivamente aceptado”, “culturalmente impactante” y “duradero en el tiempo” es per se necesario, verdadero o importante es una simplificación engañosa y, más bien, un discurso político establecido. De hecho, la caracterización de la acción memética y de los memes como entidades culturales (entidades en el sentido estricto de la palabra, no vayan después a decir que a mí se me ocurrió el Instituto Mexicano del Meme) no incluye en definitiva un juicio moral en torno a su fondo ni una apreciación estética en torno a su forma; ni siquiera una exploración casuística en torno a su impacto y consecuencias. Arguye en todo caso a la construcción de su sema, al diseño de sus significados y de sus significantes, y particularmente a la forma en la que ese diseño (intencionado, usualmente preconcebido y casi nunca accidental) le hace un efectivo portador y repetidor de ideas, o no. Es en todo caso un ejercicio de identificación de preponderancias (ahora que tan de moda está esa palabra) y de las formas y contenidos que las construyen y establecen. Es en esa preponderancia en la que yace su sentido político; probablemente, la única característica sine qua non del meme “establecido” (aunque ninguno lo esté en definitiva) es que es necesariamente transformador. No en el sentido moral que le da a la palabra la izquierda biempensante, sino simplemente un cambio o hito de cambio en un proceso continuado, inacabado e inacabable, de construcción de sentido.

Me detengo un segundo para aclarar, nuevamente, que cuando en este caso nos referimos a las ideas de meme y acción memética no nos referimos estrictamente a los “memes de Internet”; si bien en la actualidad el último puede ser uno de los componentes semánticos del primero, no son necesariamente términos intercambiables ni se incluyen mutuamente, al menos no en lo que se refiere al concepto original de Dawkins ni, todavía, a los campos de estudio que de él se están generando. De hecho, el meme de Internet se aísla de la acción memética particularmente porque su doxa informal (la definición aceptada hasta el momento de lo que lo “caracteriza”) le adhiere de origen algunas limitantes semánticas; particularmente, la necesidad de palabras que lo acompañen y le doten con un significante que precisa de la comprensión textual, la limita en lo concerniente al código idiomático, particularmente susceptible de ser confuso en tanto que aún hoy, y al menos tecnológicamente, no es posible la traducción automática de texto insertado en un archivo de imagen fija.1 Los entusiastas de la imagen dirán que, en todo caso, el meme de Internet tiene cierta garantía de universalidad al sostenerse también en una imagen; pero la temporalidad, la ausencia de referentes culturales y la ambigu%u0308edad propia de la iconografía contemporánea (una de las más confusas y abigarradas que la historia de la imagen haya presenciado) hacen que esa otra parte del encuentro de códigos del meme de Internet sea igualmente inestable. ¿Es entonces posible decir que la efectividad de un meme, en sentido general, depende del carácter universal de los símbolos que lo conforman? Probablemente más acertado sea decir que el meme de Internet y, en general, los contenidos generados para la acción memética, son un clarísimo ejemplo de la relación semántica entre simulacro, simulación, hecho y verdad que tantos dolores de cabeza causó cuando Jean Baudrillard los indagó en Simulacres et Simulation en 1981.

En el ámbito de la digitalia, esta relación es particularmente relevante en lo que se refiere a la definición ontológica del objeto digital como portador de conocimiento: tanto en su carácter de representación como en su carácter de código, la digitalia permanece y juega a doble cancha en los parámetros de las diferenciaciones baudrillardianas: simulacro en tanto que carece de original y se representa como símbolo de sí mismo; simulación en tanto que representa, al menos en una buena medida en el momento actual, a un símil tangible en el mundo objetual y verificable. La pregunta obligada, como ya habrá intuido el lector avezado, no radica en intentar refutar la caracterización de la digitalia como simulacro -cosa que no se cansan de hacer ciertos académicos allí donde ellos trabajan- sino en elucubrar si la digitalia es capaz de generar símiles tangibles en su propio espacio (el digital, se entiende), así como en el mundo objetual. La primera pregunta se responde parcialmente atendiendo al hecho de que el mundo codificado (así como el mundo codificable, cuando ya lo ha sido) responde a una relación semántica y sintáctica cierta (tiene sus propias reglas y si no las cumple o éstas son subvertidas tiende a fallar es decir, es verificable en tanto se demuestra a sí mismo su existencia al depender de su entorno para crecer y sobrevivir. Tristemente para la digitalia, el hecho de que su código dependa de una acción volitiva humana la pone en contradicción. La ciencia ficción e incluso la ciencia formal históricamente han imaginado que el fin de esa dependencia presupone una toma de conciencia por parte de la tecnología de su propio ser en el mundo; “las máquinas tomaron conciencia de su propia existencia” es la premisa de casi la mitad de los relatos de ciencia ficción desde los años 70 del siglo pasado hasta la fecha; desarrollar una forma de inteligencia artificial teóricamente capaz de ello es un esfuerzo continuado tanto de la robótica como de la neurociencia y la nanotecnología desde más o menos los mismos años. Es decir, es un meme que articula de manera más o menos clara las expectativas que venimos sosteniendo desde hace ya varios siglos sobre lo que entendemos de nosotros proyectado hacia el futuro.

Me atrevo a pensar en dos memes que, posiblemente, representan mejor esta tensión semántica entre simulacro y simulación. Ambos pertenecen a un contexto que me es cercano, y que probablemente lo sea también para el lector o la lectora. No resulta difícil caracterizar a la América Latina como a un referente muy claro en lo que se refiere a las movilidades sociales revolucionarias. Desde Ernesto “Che” Guevara y la revolución cubana, pasando por los movimientos más connotados de Latinoamérica en tiempos de la guerra fría y hasta llegar al movimiento zapatista mexicano, ese referente ha sostenido una muy buena parte del discurso de la movilidad social en el mundo, sobre todo a nivel simbólico. Desde el diseño iconográfico hasta una buena parte de las narrativas más relevantes en esa arena tienen referentes latinoamericanos muy notables. Y a últimas fechas, dos latinoamericanos han pasado a formar parte aún inasible pero ya muy evidente de ese cargamento simbólico de una manera particularmente rápida y contundente, accidentada y particularmente contradictoria: El papa Francisco I y Pepe Mujica.

La parte fundamental de la caracterización simbólica de ambos personajes (dramatis personae, no sujetos de necesaria historicidad, sino prefigurados como pertenecientes a una narrativa, al relato de nuestra contemporaneidad) es que añade un elemento revolucionario en dos instancias donde semánticamente era imposible pretender encontrarlos: la religión corporativa y la clase política convertida en cabeza de Estado. Ambos lugares, particularmente en el zeitgeist pero prácticamente en todo el pensamiento contemporáneo más o menos estructurado, se encuentran en el más profundo de los descréditos y se han vuelto prácticamente indefendibles.

Mirándolo únicamente desde un punto de vista narrativo y semántico, resulta muy interesante ver que en la irrupción de estos dos personajes pone de manifiesto la posible encarnación (en términos baudrillardianos “simulación”) no solo del ideal de la práctica del poder sino de la moral humana que haría posible esa práctica ideal: el desapego, la inteligencia, el sentido del humor y el sentido de justicia. El reconocimiento del otro, la comunicación entre iguales. Y bueno; asumo que el lector habrá reconocido ya más o menos la plataforma ideológica de la mayor parte de los políticos progres del mundo; que es eso lo que venden, es eso lo que dicen defender.

Resulta muy notable el papel que en esta narrativa ha jugado (ya no como personaje sino como recurso narrativo) el meme de Internet. Ya que ha sido primordialmente a través de ese medio que se han ido desglosando todas estas características ad hoc, convirtiéndolas en un “corre, ve y dile” digital la mar de interesante.

Sobre todo porque lo que provoca no es solamente un estallido de simpatía (justificada o no, eso carece de importancia) para el personaje en cuestión, sino una ebullición semántica en torno a un tema cuya resignificación ha sido el eje central de la filosofía moderna: el poder. Y particularmente, el poder coercitivo.

Notas:

1 Por supuesto, y no sorpresivamente, una parte importante de los esfuerzos de los programadores y desarrolladores de código de la web semántica están enfocados en dotar a los traductores automáticos de esa capacidad en particular.

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