Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Viralidad: la burocratización de la opinión pública (4)

Hay un debate antiguo pero particularmente inagotable acerca del problema estético del fondo y la forma.

Desde Aristóteles hasta Gruzinski, el objeto de arte (y en términos más amplios, el objeto significante) vive en la tensión entre su belleza intrínseca (sujeta a la valoración del gusto inherente al receptor y a la pericia inherente al emisor) y su contenido verificable (sujeto a la inteligencia posible, inasible, del emisor y del receptor a la par). Es decir, el objeto significante se define en su pericia comunicativa y en aquello que quiere comunicar; y, muy primordialmente, en la alquimia que entre ambos extremos se ponga en juego.

Por supuesto, este problema no es privativo del arte como disciplina o campo de estudio, sino que abarca en realidad cualquier unidad semántica destinada a la comunicación de significados, particularmente aquellas cuyo fin último -ya sea la afectación de imaginarios, la dirección de la opinión, el convencimiento de los opuestos o el dominio del mundo todo- requiera una génesis planeada y una manufactura minuciosa.

En la antiguedad clásica fue el objeto de arte el que preocupó primordialmente a los pensadores porque, a diferencia de las artes menores o de los oficios, a éste se le pedía afectación, ya fuera de la realidad, de la psique, de la imaginación o del intelecto todo. El resultado de esa afectación no tenía únicamente consecuencias en el individuo afectado por el placer, la revelación o el conocimiento que emergían de la obra de arte o del suceso artístico, sino que las repercusiones eran tan vastas que moldeaban los usos y las costumbres de la sociedad toda; y a ese flujo de afectación y transformación se le llamaba cultura, como se le podía haber llamado marea alta.

Antes de los medios de comunicación masiva, de hecho, no había aún otro objeto cultural que tuviera esa capacidad de repercusión memética y es por eso fundamentalmente por lo que ciertas personas poco avezadas siguen confundiendo arte con cultura, y por lo que hoy, apenas bailando como estamos en la mitad de la segunda década del siglo XXI, seguimos asistiendo con pasmosa cotidianidad a las procesiones de imágenes, las pintas de bardas y el arte callejero, los cánticos coreados en estadios, las largas filas para mirar piezas en museos (atravesadas por manos sosteniendo iPhones como sustitutos de la memoria) y los tatuajes con el rostro de Marilyn, todas ellas expresiones de repercusión del arte y de transformación cultural profunda, aún hoy.

El ir y venir de la representación y del intercambio de unidades semánticas, tan atávico como el miedo a la oscuridad o al sinsentido, nos atraviesa cotidianamente; intercambiamos significados acaso porque es la forma más simple de atajar la soledad del pensamiento, acaso también porque es la forma más coherente de buscar ecos a nuestras precarias conclusiones.

Por supuesto, el intercambio de significantes (ese fenómeno que hoy intentamos encerrar, con poco éxito, en el más bien simplón concepto de “comunicación”) tiene también funciones

menos románticas y, sobre todo, mucho más prácticas en la vida cotidiana. Se da por sentado que el desarrollo mismo del ser humano en sociedad sería impensable sin ese mecanismo de intercambio semántico y que, en todo caso, no hay actividad humana que no contenga en su centro ese componente de mutuo acuerdo, de convenio tácito de significantes, de entendimiento y sobreentendimiento compartidos. Por supuesto, este afán por “lo que debe entenderse” -o, si se prefiere, por una deontología del significado- forma parte ineludible de los haberes del status quo y representa sin duda uno de sus bienes más preciados. Hay una preeminencia de los signos cupulares (religiosos, estatales, corporativos) y de sus significantes discursivos que no solo es planeada, desarrollada y esparcida meticulosamente, sino que, cuando es exitosa, tiende a ser memética y a salirse de control. Por supuesto, la pregunta surge inevitablemente y nos lleva a un miedo milenario y a los argumentos de la ciencia ficción: ¿es posible un control total del significado? O, mejor aún, ¿es posible una dictadura del signo?.

Hasta donde nos deja ver nuestra historia, ha sido precisamente allí donde han fallado todas las dictaduras: el significado, aún cuando apropiado y adecuado a los intereses cupulares, ha seguido siempre su camino y ha mutado invariablemente lo mismo en las colectividades que en los individuos. Así ha sido cada vez que los opresores se han apropiado de las palabras paz, terrorista, criminal, enemigo, bienestar, democracia, deber, pueblo, placer, progreso; ya sea uno en su rebeldía, o varios es su hartazgo, se han dado cuenta del engaño y han puesto de manifiesto las contradicciones y las hurtadillas. Y no deteniéndose allí, han intentado devolver a las palabras el sentido o darles uno nuevo, arrancarlas del lenguaje del opresor y devolverlas al de las personas. O viceversa: arrancar el significante del opresor que parece salir de la boca del oprimido como lenguaje propio, como imaginería casual o como verdad establecida.

A pesar de la desafortunada redacción de mis ideas anteriores, no es necesariamente un acto de heroísmo o una abrupta iluminación de las vanguardias revolucionarias la que lleva a cabo este proceso; por el contrario, hay algo en la naturaleza del significado que lo torna inestable cada tanto y cada siempre y, acaso, algo en la naturaleza del pensamiento humano que tiende a navegar con éxito esas inestabilidades. Materia vacilante, las ideas y el conocimiento tienden a cumplir con el principio nietzscheano de la serpiente que se muerde la cola y se retraen y vuelven a la carga en una continuada, tal vez incluso bella, búsqueda de sentido. Semantizar y resemantizar, ambas la misma cosa apenas distinguidas en la materia evanescente del tiempo; si es que tal cosa existe.

Esta transformación es eminentemente política porque su función principal es la de disentir: ya sea del deber ser, de la tradición, del discurso preeminente, o de cualquiera de las formas de la inmovilidad. Y no hay disenso que no conmueva o que no mueva a escándalo, sea el del ingenuo que condena los autos a motor de combustión interna y se sumerge en los esfuerzos del ciclismo, sea el de la mujer que archiva el vestido tradicional para ceñirse un par de jeans. Curiosamente es también política porque su destino ineludible es el de transformarse en una entidad memética, una nueva forma a ser repetida, un futuro status quo que, al menos en teoría, perderá el sentido de su ruptura para avenirse y adecuarse o deberá, en todo caso, ser capaz de resemantizarse para sobrevivir a sí misma. Probablemente la muerte del sentido se encuentre justamente en el momento en el que el sentido se olvida de su propia muerte.

Hace algunas semanas me encontré en el muro de un buen amigo un meme que me atrajo particularmente por los extremos que representaba. Consistía en la imagen un tanto desencajada de una pequeña niña negra de la que no se sabía más nada que la nada que dejaba ver la imagen. No parecía ni pobre ni victimizada ni particularmente depauperada; incluso parecía simpática.

El contenido textual del meme rezaba “Ayúdanos a viralizarlo./Un amigo me dijo que esta imagen nunca se viralizaría por tratarse de una negra./Hagamos que se vuelva viral./Pégala en tu muro y etiqueta a 10 amigos”. Además del obvio sinsentido del afán políticamente correcto de contradecir una idea políticamente incorrecta que ya de por sí carecía de sentido (“nunca se viralizará por tratarse de una negra”), el meme carecía por completo de algún contenido semántico; carecía completamente de tensión entre fondo y forma, incluso carecía de fondo y de forma. La hipotética viralización de la imagen no traía como resultado nada; no ponía nada de manifiesto ni decantaba ninguna información. No demostraba nada salvo, probablemente, el vacío que comienza a rodear a priori la noción de contenido viral y que era, por lo demás, previsible desde el principio. Viralización por el mero placer o la mera urgencia de viralizar; significar nada pero con alcances masivos; decir nada para que la nada se repita ad infinitum.

Ignoro si el meme tuvo éxito y se viralizó; sospecho que no, pero es irrelevante. Ésa es la palabra clave: irrelevante. ¿Sigue siendo lo irrelevante aquello que es incapaz de transformarnos o asistimos hoy a la transformación cultural y social a través de lo irrelevante, a través de un flujo incesante de irrelevancias?

¿Seremos acaso nosotros relevantes de alguna forma?.

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