Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Viralidad: la burocratización de la opinión pública (3)

Hacia una caracterización de la web semántica

Vale la pena hacer un par de clarificaciones acerca del carácter del meme en el momento presente; sin duda la idea ha mutado desde la primera enunciación de Richard Dawkins, ha pasado, como ya vimos, por una vasta validación académica y, por supuesto, se ha popularizado casi como una imagen de sí mismo: hoy, el término está presente en la vida digital de una manera tan continua que puede significar para algunos inmensas complejidades semánticas y científicas, dignas de la creación de un campo de estudio (memética en español, “memetics” en inglés), de la misma manera en que para la chica que atiende el café Internet puede definirse como “una imagen con palabras adentro” (que no deja, por otro lado, de ser una definición iluminadora).

La idea contemporánea del meme de Internet tuvo un impulso fundamental en los años noventa del siglo pasado gracias al florecimiento de los mensajeros instantáneos (cuya gran mayoría, irónicamente, desaparecieron ya de la faz de Internet como servicios dominantes) y a un particular aditamento que floreció junto a ellos, y que aún pervive: los emoticonos. Éstos son unidades de significado mínimas cuya primordial función semántica en una conversación es la de emular emociones para no tener que expresarlas textualmente, ya sea para ahorrar tiempo, para evitar solemnidad o imprecisiones linguisticas, o para lograr un efecto de ambigüedad (no olvide el lector que, aunque esta definición puede parecer contradictoria, no existe palabra o grafía que no cumpla esas mismas funciones en ningún lenguaje conocido: seguridad y ambigüedad, referente y contradicción). Esta función iba de la mano con la simpleza de su manufactura inicial: apenas un redondel para simular la cara, apenas dos puntos los ojos, apenas una o tres líneas la boca. A veces nariz, si se quería ser sofisticado. De hecho, su manufactura inicial carecía de una grafía propia; en su lugar era y sigue siendo habitual expresar un emoticono como una sucesión de signos de puntuación que, en el orden correcto, no pueden dejar lugar a dudas. Más allá de las múltiples angustias existenciales que esta forma de significante le causaba y le sigue causando a los puristas del idioma, lo cierto es que en su inicio el emoticono respondía a una necesidad esencial para quienes se comunicaban a través de computadoras: el reconocimiento de unidades semánticas ligadas al lenguaje computacional -es decir, al lenguaje propio-, ya fuera en su modalidad de programación o en la de usuario. Agregada a esa necesidad codificada, estaba también la necesidad de agilidad o velocidad y premura que vienen de la mano con la digitalia y que son tal vez su impacto cultural más reconocible. Hoy, hasta las computadoras tienen prisa y la eficacia de un dispositivo se calcula, en gran medida, en su capacidad para procesar una cantidad cada vez mayor de datos en el menor tiempo posible. No se olvide el lector que ésa ha sido, por lo menos desde la invención del cociente intelectual como valor mensurable, una de las más aceptadas definiciones de inteligencia. Y así estamos como estamos.

Por supuesto, y gracias a su proliferación, los emoticonos fueron sofisticándose (hay quienes dicen que en realidad fueron vulgarizándose) y hoy en día los tenemos de todos los colores y tamaños imaginables, animados, de personajes famosos y otros no tanto, y con representaciones de todas las marcas que se puedan permitir el gusto. Por supuesto, las posibilidades semánticas de un fenómeno así bien se pueden extender hasta lo infinito o bien pueden reducirse al absurdo. Lo cierto es que hoy no hay lingüista que no corra a escribir 😉 cuando quiere guiñar el ojo y que en un chat, correo electrónico o conversación de WhatsApp (tropicalizado además para el caso como wassap) no se sienta ridículo escribiendo “te guiño el ojo, ¿eh?; mira que te estoy guiñando el ojo”. Esa universalización del significante, en todo caso, habla más de las posibilidades evolutivas del lenguaje y de su utilidad factual que cien libros en una biblioteca. Si esa “degradación” del idioma nos está conduciendo al apocalipsis zombie ya será el futuro quien lo diga.

Como sea, en la universalización del significante no hay per se una valoración moral o ética de lo que se representa. No es menos el amor cuando se usa el vocablo “amor” que cuando se le representa con uno o tres corazones rojos en Facebook. O tal vez sí pero, insisto, eso es ya un juicio moral, un punto de vista o, mejor aún, un abrazo o un rechazo del significado. Lo que nos lleva a Trollface.

Hacia el final de la primera década de este siglo, proliferaron en la red una serie de dibujos de manufactura un poco más compleja que recordaban por mucho a los emoticones pero que empezaron pronto a mostrar nuevos caminos semánticos. Comenzaban a referirse a estados más sociales o psicológicos que anímicos, y lo hacían de una manera mucho más violenta o, si se quiere, más estridente. Pronto, estos dibujos comenzaron a ser utilizados con pequeñas frases aclaratorias, ya fuera para acentuar el carácter de su significado o para relacionarlas directamente con el tópico en el que se les estuviera utilizando. De entre todos estos dibujos, Trollface destaca porque su diseño asemeja una risa irónica que viene bien para más de una circunstancia: si se quiere ser irónico, claro, si se desea expresar burla o sarcasmo y, primordialmente, si se busca subrayar el carácter agresivo de esa ironía; de ahí su nombre, el cara de troll (por supuesto, la aceptación universal del término “troll” para definir a las personas que tienen como deporte perseguir agresivamente a sus adversarios en Internet es otro caso de meme, con sus propias particularidades).

Lo interesante es que Trollface generó tres mitologías alrededor de su origen: una la ubicaba como una suerte de réplica simplificada (o en todo caso, fracasada) del diseño de la máscara que hiciera famosa Jim Carrey en la ahora tan lejana película “The Mask“, de 1994; hasta allí, una trayectoria como objeto cultural apenas memorable. Otra lo colocaba como una invención más o menos original de un usuario de la famosa red social de artistas gráficos DeviantArt (una de las primeras redes sociales en existir, por lo demás, lanzada más o menos por los mismos años que la otra red social precursora de la web semántica: Flickr pero esta referencia es más bien oscura y difícil de comprobar, aunque Whynne, el usuario en cuestión, no dejó de aprovechar en su momento los 15 minutos de fama que le vinieron gracias a que su publicación con el meme era la que más atrás en el tiempo podía rastrearse.

Fue, sin embargo, la última de la mitologías sobre Trollface la que dio un vuelco semántico realmente mórbido y, por lo demás, interesante. Ya bien entrado el 2011, comenzó a correr en Internet la versión de que el dibujo era una réplica casi exacta de dos dibujos que el asesino serial Henry Lee Lucas había realizado; el primero en uno de los sótanos en los que brutalizaba a sus víctimas, el segundo en una de las paredes de su celda. Si bien ninguna de las tres mitologías han sido suficientemente documentadas, huelga decir que la última dio suficiente leña al fuego de la moral que, por no dejar, condenó en las voces de muchas personas bien pensantes la “ignorancia” con la que se ocupaba el dibujo, la “brutalidad” de utilizarlo sin saber de sus nefastos orígenes (o peor aún, sabiéndolos y todo) y la “decadencia” moral que resultaba de todo ello.

Más allá de esta controversia en particular, el arribo de los memes al Internet desencadenó una lucha de significantes que ya no iba únicamente de lo referencial a lo referenciado, como en el caso de los emoticones, sino que desataban contiendas que giraban en torno al juicio moral, social y sobre todo político de las imágenes.

Y es, por supuesto en el carácter político del meme donde pueden leerse con mayor claridad sus avances y retrocesos como unidad de significado, como entidad viralizable y, mucho más importante, como sujeto de resemantización.

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