Cinque Terre

Noé Morales Muñoz

Vidas paralelas

I

Un hombre reducido, cuyo bastón de última tecnología no es suficiente para asistirlo, entra y se salta la fila de cajas; ninguno de los presentes se inmuta pese a que llevan media hora esperando el turno para entregarse a los caprichos ladrones de la industria bancaria. Ese hombre minúsculo quiere retirar dinero, pero el cajero no descifra su voz, una voz tan atrofiada como todo ese cuerpo que amenaza con desmoronarse, y le entrega cinco mil pesos de más. De alguna forma manifiesta su queja, de alguna forma una ejecutiva lo asiste, de alguna forma consigue firmar el documento que certifica el retiro y el error. Estás a punto de expresar tu impaciencia, pero decides callar; sabes, de algún modo, que cualquier protesta te haría quedar como un insensible que no simpatiza con las causas de los desposeídos, los desafortunados y los que han vivido toda la vida de cara al culo de dios. Observas todo de lejos y cuando pasas por caja te concentras en las venas occipitales de esa calva imprecisa. Perdóname, Jonathan, consigue decirle el remedo de hombre al cajero, que le espeta una sonrisa más bien compasiva. Lo sigues con la mirada mientras revisas el teléfono: no te ha llegado ese mensaje que anhelas. A diferencia del que despachó al viejo, el cajero que te atiende a ti no sonríe cuando te hace ver el error de la cifra que has escrito al reverso del cheque que has de cobrar; el dolor de cabeza ha hecho que no recuerdes el número de tu propia cuenta.

II

Te acomodas en la computadora de un ciber para buscar una calle que no logras ubicar. También te concentras en desconcentrarte de tu pensamiento recurrente: Ella, las siete letras de su nombre, las cinco del apelativo con que la llamabas en las frugales batallas del amor. Sientes una línea que se tiende por tu pecho y te llega, sostenida, al vientre. Debe ser su ausencia, te explicas, mientras reparas en quienes te acompañan en el lugar. Una cincuentona gorda y varicosa decide esperar a que su acompañante revise su correo. Como piensa que la operación será complicada y tardada, decide siestear en una silla colocada justo frente a la mía. Logra hacerlo por unos quince segundos, tras lo que la interrumpe el flujo de sus propias flemas. Las tose, las acopia desde su garganta, las rejurgita. Así unas siete veces mientras tú te desesperas y ardes en deseos de levantarte y decirle que su batalla está a todas luces perdida, que sus mocos no la dejarán dormir diez minutos en esa silla lamentable ni tampoco unas tres horas por la noche ni por el resto de sus días si no acude urgentemente con un médico, que revisar el mail no requiere de altos estudios en ingeniería en telecomunicaciones y que pretender una siesta en ese momento es tan improbable como pensar que esas flemas son el síntoma de un mero resfriado y que te está haciendo perder la paciencia y que tu asco es inconmensurable. Se marcha antes de que eso suceda, mientras susurra a su acompañante: qué bueno que te apuraste, creo que tengo algo de fiebre.

III

Todo coincide con que desde hace unos días has estado pensando en voz alta sobre el deterioro de la carne y lo mucho que te asusta. Supones que no quieres requerir asistencia para firmar una forma bancaria, supones que no quieres rejurgitar como un sapo en un ciber inmundo, supones que esto ya lo compartiste con ella en algún momento, que lo dijiste con tanta vehemencia y gravedad que formaste un abismo que terminó alejándolos naturalmente, un desprendimiento mudo y opaco que no necesitó de mayores explicaciones. Vuelves a pensar en esto, ahora en voz baja, mientras ves pasar un microbús que va hacia la Doctores; has llegado hasta allí sin darte cuenta, embebido como estabas en intentar acallar el ruido que brota de tu cabeza sin interrupciones. La pancarta dice “Dr. Balmis” pero tú lees, “Dr. House”. Sonríes espontánea y abiertamente, ante lo cual un grupo de escolapios cuchichea a tus espaldas -“debe estar loco”, dicen- y al escucharlos vuelves a sonreír muy tenuemente, como si les dieras la razón. Los ves pasar sin hacer el menor intento por borrar esa medialuna que se te ha dibujado en el rostro. Necesito descanso, concluyes, mientras la línea tensa de tu abdomen se agudiza al compás de los cláxones.

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