Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Viciosas del sexo

Melinda Gebbie dibujó a los personajes evitando cuidadosamente los estereotipos:

“Una preocupación particular en Lost Girls era que nuestras protagonistas no deberían tener ni la edad ni las formas corporales estándar según los bastantes estrictos criterios de atractivo sexual establecidos por las revistas para hombres… A juzgar por sus expresiones, la mayoría de los caracteres femeninos en la pornografía sólo tienen dos emociones, que son: ‘con la boca abierta’ y ‘con la boca cerrada. Para mí era crucial que las tres protagonistas tuvieran cuerpos distintos. Las mujeres solemos librar una guerra continua con nuestros cuerpos, nos cuesta mucho sentirnos a gusto con él. La idea básica era que el lector o lectora pudiera identificarse con estos tres tipos de cuerpos, estos tres tipos de personalidades…”

Lost Girls humaniza a las heroínas al mostrarlas reales y frágiles, despojadas de su aura de inocencia, presas de sus deseos y pasiones: Dorothy ya no es la mojigata muchachita inmortalizada por Judy Garland sino una atractiva adolescente a quien la llegada de un tornado le permitió, por primera vez, masturbarse sin culpas, dando inició así a una agitada vida sexual:

“Me vi agarrándome la falda para no morir de un modo impropio de una señorita y todo parecía de lo más tonto. Lo más extraño es que allí, sacudida por aquel terrible viento, empecé a ponerme… ¿saben?… Un tanto caliente… Verán, si iba a morir, ¡entonces podía hacer lo que me diera la gana! No tener que pensar si debería o me atrevería… No debería decir esto, pero, Cristo, estaba más húmeda que Seattle en junio. Estaba tan mojada que podía oír el ruido que hacían mis dedos por encima del aullido del viento. Por supuesto… Me metí los dedos hasta lo más profundo, como si los estuviera clavando en la tierra para evitar salir despedida hacia el espacio…”.

Wendy confiesa la intensidad de su despertar sexual:

“Por aquel entonces me pasaba todo el día pensando en el sexo… A veces, cuando estaba sola en mi cuarto… Me desnudaba y me… ponía dando la espalda al pomo de la puerta. Entonces empujaba, me agarraba a la cama, y esa bola fría y suave me… oh. No puedo describirlo… Mi hermano John acabó… interesándose por mí. Me ayudaba de forma insistente a saltar las vallas, de este modo, aprovechaba para tocarme con la mano las posaderas, y sondearme con el pulgar el trasero, como quien no quiere la cosa… Mis propios deseos me habían aterrorizado tanto que los acabé encerrando en esa oscuridad que aguardaba más allá de las vallas de aquel parque. Me casé con Harold, veinte años mayor que yo, porque así el deseo, bueno, no sería un problema, francamente”.

Alicia confirma que, más allá de la rigidez con la que se asocia a la era victoriana, existía un mundo secreto donde ni siquiera las niñas de alta sociedad como ella estaban a salvo:

“En aquella época, vivía con mi antigua maestra, a la que llamaba mi Reina Roja, y su rico marido, ya que era su ayudante. A ella lo que más le excitaba de todo aquel asunto era que él permanecía ajeno al hecho de que ella me tomaba, lamía y azotaba; al igual que la mitad del resto de mujeres de la ciudad… Estaba obnubilada con ella. Quería convertirme en un reflejo sumiso de toda su lujuria. Así que me desvestía cuando ella me lo ordenaba, y le permitía que me entregara a otras mujeres. Me acuclillaba, sofocada, bajo las faldas de una baronesa, sorbía y baboseaba la vulva mojadita de cualquier jovencita o viuda que traía a casa para que yo demostrara así mis avances en el arte sáfico… mi señora disfrutaba al obligarme a adentrarme aún más en situaciones cada vez más extrañas y degradantes. En sus manos, las drogas y el sexo eran las riendas que me dominaban; y, al mismo tiempo, sus espuelas. Me llevó a conocer dos espantosas lesbianas, unas gemelas pueblerinas muy acaudaladas que se hacían dedos entre ellas, que acababan las frases que empezaba la otra y que reñían sobre cuál se había acostado con más niñas. Me abandonó ahí durante todo un fin de semana de autentica pesadilla… Años antes, un hombre rosado y azorado me había metido en una madriguera de conejo de degradación moral. Ahora, como una prostituta lesbiana drogadicta, me di cuenta que aún seguía cayendo por ella”.

A través de este lenguaje, deliberadamente explícito -incluso obsceno, por momentos-, Lost Girls provoca a sus lectores con una historia donde el sexo es el disparador para hablar del amor, la represión, el deseo y la culpa.

“Creo que hemos logrado el objetivo que nos marcamos en un principio -explica Moore- realizar una obra pornográfica que se pudiera leer en pareja, y que les incitara a hablar luego sobre esas cosas de las que normalmente nadie habla. Estas mujeres comparten esos traumas en estas historias y, de esta forma, inician un proceso de regeneración y curación. Nosotros pensábamos que la misma receta se podía aplicar a los lectores. Si logramos que sacar todas esas cosas que llevamos dentro, ya no tendremos que sentirnos tan avergonzados de ese tipo de pensamientos que cobijamos, y que casi todo el mundo también tiene”

“Lost Girls”. Novela Gráfica. Guión: Alan Moore. Dibujos: Melinda Gebbie.

 

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