Cinque Terre

Carlos Ramírez

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Periodista y escritor. Aautor desde 1990 de la columna “Indicador Político” de El Financiero, sus últimos libros: Obama, El regreso del PRI (y de Carlos Salinas de Gortari) y La comuna de Oaxaca.

Venta de The Washington Post

Fin de un ciclo del periodismo estadounidense (Primera parte)

I

La venta The Washington Post por apenas 250 millones de dólares el 5 de agosto pasado implicó el fin de un ciclo histórico del periodismo en Estados Unidos: el de la prensa como servicio social que comenzó en 1965 con las protestas contra la guerra de Vietnam y los reportajes contra las mentiras del gobierno, y anunció en los hechos la necesidad de los grandes medios de comunicación de darle prioridad al aspecto financiero y empresarial.

La decisión de la familia Meyer- Graham-Weymouth, propietaria del diario desde 1933, se basó en la caída de la publicidad, la disminución de la circulación y la competencia de Internet, aunque asociado a dos de los temas que tendrán que discutirse con mayor intensidad si es que los medios escritos quieren sobrevivir: la definición de una política editorial en función de los intereses estratégicos y de seguridad nacional de Estados Unidos y la inclinación conservadora de la sociedad estadounidense.

El tema editorial fue, en los últimos años, uno de los más delicados al interior del periódico. De hecho, la crisis estalló en 2008, justo con el arribo de Katharine Weymouth -nieta de Katharine Graham- a los cargos mayores: la crítica de lectores a la línea editorial “demasiado liberal”, a pesar del apoyo de la familia Graham al Partido Republicano. Inclusive, la ombudsman del lector del diario, Deborah Howell, había aireado el asunto en sus textos de respuesta a la crítica y había señalado que el tono de reclamación de algunos lectores conservadores había sido acompañado con la cancelación de suscripciones. El rechazo de lectores llegó asociado a la baja en la publicidad y una drástica disminución en la circulación. El rotativo hasta su venta no pudo procesar ese hecho social.

El hecho fue inédito y encendió las luces de alarma del diario pero no consiguió respuestas; las justificaciones de los funcionarios del Post solo establecieron las razones de la libertad de opinión, la búsqueda de un equilibrio entre conservadores y liberales y la necesidad de la pluralidad. Pero la sociedad norteamericana del 2008 había cambiado: los jóvenes rebeldes y movilizados de 1968 tenían ya sesenta años, habían abandonado sus rebeliones y luchaban por la vida en el duro y competitivo sistema de empleos. La reacción de rebeldía a los comportamientos de Richard Nixon se había neutralizado, luego de Vietnam se eliminó el modelo de llamado obligatorio a filas, la crisis de los rehenes en Irán en 1979 volvió a unir a los estadounidenses ante el enemigo externo, Reagan reactivó la economía, llevó a la Unión Soviética al desmoronamiento imperial y al fin de la Guerra Fría, Bush Sr. fijó el tema Irak en la agenda militar y geoestratégica, Clinton exhibió con Mónica Lewinsky la comodidad y la voluptuosidad del auge aunque fuera en empleos temporales, y Bush Jr. Convirtió el ataque terrorista del 11 de septiembre en el factor miedo para la unidad interna.

Por tanto, el conflicto ideológico en torno a las opiniones publicadas en el Post pudo haberse considerado como lógico. Sin embargo, Donald Graham y Katharine Weymouth -hijo y nieta de Katharine Graman, respectivamente- carecieron de capacidad de entendimiento sociológico y político de la protesta de los lectores. La baja de circulación tuvo ciertamente que ver con las crisis económicas en el largo periodo 1980-2008, pero también con la mala comprensión que tenía el diario respecto a los lectores. Washington había dejado de ser liberal y paulatinamente, sin protestas sociales, se fue corriendo a la derecha. La ombudsman Deborah Howell reveló en noviembre de 2008 que solo en cuatro semanas se habían cancelado casi mil suscripciones por razones de quejas con la política editorial liberal.

El problema exigía un enfoque novedoso y decisiones igualmente inéditas. La concepción del periodismo mixto -liberales y conservadores- ha necesitado de un lector plural, uno con la capacidad de entendimiento del otro. Pero los lectores estadounidenses han estado siempre lejos de la tipología ideal debido a las razones mismas del enfoque geopolítico y de seguridad nacional del Estado norteamericano: ver enemigos debajo de cada piedra. Vista a la distancia, la confrontación de cierta prensa liberal contra Nixon no fue ideológica -a la larga resultó más reaccionaria la política de Reagan- sino reactiva a las agresiones de Nixon a la prensa, al autoritarismo en sus decisiones y la intolerancia del carácter del Presidente. El Post, por ejemplo, era un periódico conservador moderado y se confrontó a Nixon por la perversión del poder y por la arrogancia en desdeñar los hechos que comenzaron a revelar los primeros indicios del asalto a las oficinas del Partido Demócrata en el complejo inmobiliario de Watergate. Los editorialistas del Post nunca pusieron el enfoque ideológico por encima del análisis de los hechos: la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein se redujo solo a la revelación de los secretos del grupo clandestino de la Casa Blanca para desprestigiar y atacar a adversarios y a probar con informaciones lo que los funcionarios negaban, no contra la línea conservadora del grupo gobernante y el Partido Republicano.

La inclinación conservadora de la sociedad washingtoniana -en el Distrito de Columbia donde se asientan los poderes federales y la élite del establishment político dominante- tuvo un indicio en 1982, ya consolidado Ronald Reagan en el poder: la creación en la capital federal de un diario conservador, marcado por el objetivo de la seguridad nacional en términos de la Guerra Fría: The Washington Times pertenece a la Iglesia de la Unificación del reverendo Moon, un ultraconservador que está a la espera de la segunda llegada de Jesucristo a la Tierra. Bien diseñado, con colaboradores inteligentes y un lanzamiento sólido, el periódico se colocó inmediatamente en el espacio ideológico conservador de Washington y obligó al Washington Post a correrse paulatinamente a la derecha, sobre todo en la cobertura de la política exterior, dejando el espacio de crítica liberal al The New York Times. Solo hasta 2007 se fundó el periódico Político un poco cargado al liberalismo.

Al final, atrapado entre su historia de periodismo como servicio social y su estructura empresarial determinada por el mercado, el Post se quedó sin perfil definido, liberal en algunas páginas y contenidos, conservador en opinión editorial, sin lograr el equilibrio ideológico ante una sociedad conservadora y con lectores exigiendo información crítica. Luego del activismo antibélico del largo periodo 1963-1975, con enfrentamientos callejeros y gobiernos sordos a las demandas de la sociedad, el tiempo político posterior a Vietnam fue conservador, pendular, diría el sociólogo Arthur Schlesinger Jr. En el ciclo 1980-2008 el conservadurismo se fortaleció en Washington y en la sociedad, y el proceso se hizo más profundo después del desmoronamiento de la Unión Soviética en 1989, el envío de tropas a Irak para sacarlo de Kuwait en agosto de 1990, y los ataques terroristas de 2001 por parte de Al Qaeda y Osama bin Laden.

El papel activo del TWP en el periodismo de Estados Unidos de los setenta se definió, a los ojos del lector, en función de dos confrontaciones con el gobierno de Richard Nixon (1969-1974): la difusión en junio de 1971 de “Los Papeles del Pentágono” sobre la guerra de Vietnam y la investigación periodística del escándalo Watergate (1972-1974). En la primera mitad de los setenta, derivado además de las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam y las revelaciones del activismo ilegal de Washington en el derrocamiento de gobiernos extranjeros vía la CIA, el periodismo estadounidense pasó de la objetividad de los hechos a la investigación de los contextos.

El dato más revelador de ese periodo radicó en la capacidad de la prensa de ofrecer la credibilidad en informaciones basadas en fuentes no mencionadas aunque sí conocidas por los editores, como fue el caso de “Garganta Profunda” en los reportajes de Bob Woodward y Carl Bernstein en la investigación de Watergate; el arresto de cinco personas que estaban tratando de poner micrófonos en el cuartel general del Partido Demócrata en Washington derivó en una indagación que involucró a la Casa Blanca en labores clandestinas contra opositores. Paradójicamente, el fin de ese ciclo del TWP se dio precisamente en la coyuntura de 2013 en la que el gobierno de EU decidió penalizar la difusión de seguridad nacional: varios periodistas han tenido que revelar fuentes ante la amenaza de cárcel y la periodista Judith Miller, de The New York Times, fue encarcelada en 2005 por negarse a identificar a un informante. Con las normas usadas hoy en EU, la indagación de Woodward y Bernstein hubiera sido imposible. Al comienzo de 2013 la Casa Blanca amenazó a Woodward por acusar al gobierno de manipular el debate sobre la discusión presupuestal como una forma renovada de intimidar a los críticos.

El tránsito de la prensa objetiva a la prensa de investigación ocurrió, como documentó el columnista Tom Wicker en su libro De la prensa, en la coyuntura de las guerras expansionistas de EU: en Vietnam, los corresponsales extranjeros comenzaron a poner en duda el contenido de los boletines del Departamento de Defensa sobre batallas presuntamente ganadas y salieron a verificar los datos encontrándose con la sorpresa del engaño oficial; y en Washington los reporteros decidieron indagar el trasfondo de la guerra, lo que llevó al caso de “Los Papeles del Pentágono”, el informe secreto en 47 volúmenes de la guerra en Vietnam, elaborado por el investigador Daniel Ellsberg para la Rand Corporation y difundidos primero por The New York Times y luego por The Washington Post, aunque éste acudió a la Corte Suprema de Justicia y ganó la libertad de expresión. Y Watergate fue asumido como una guerra expansionista interior en EU.

Ese camino de profesionalización, autonomía e investigación de la prensa estadounidense no estuvo exento de problemas. En 1961, por ejemplo, The New York Times tuvo en sus manos una nota del corresponsal Tad Szluc que revelaba la inminencia de una invasión de rebeldes anticastristas a Cuba, con la CIA como la parte actora, pero el presidente Kennedy llamó telefónicamente al director y propietario del NYT, Orvil Dreyfus, para pedirle el favor de diluir la denuncia porque estaban en riesgo vidas humanas, aunque en el fondo el temor de la Casa Blanca era alertar a Fidel Castro de la invasión. El diario aceptó los argumentos de Kennedy, le bajó tono a la nota y cargó con esa cesión de independencia, aunque en el fondo se trató de una compartición de intereses políticos e ideológicos; más tarde, ante el fracaso, el propio Kennedy confesó que se habría salvado de ese error si el NYT hubiera publicado la nota.

El papel activo de la prensa estadounidense en la investigación de hechos más allá de la difusión pasiva, se convirtió en un dolor de cabeza para los gobernantes. Sin preocuparse por el ingreso publicitario pero cuidándose de alguna militancia ideológica, la prensa estadounidense abrió sus páginas a denuncias que tenían que ver con la seguridad de la nación, entre ellas el papel de la CIA en el derrocamiento de gobernantes. Anderson en TWP y varios reporteros de TNYT abrieron la caja de pandora de las agencias de seguridad nacional. En este proceso, la prensa pasó de ser aliada pasiva del sistema a un punto de confrontación sistémica aunque sin llegar a la ruptura.

La crisis de anunciantes, la declinación de lectores y los problemas en las organizaciones empresariales familiares han sido problemas constantes en los medios de comunicación escritos desde finales del siglo XX, pero pocos enfrentaron el desafío de la reorganización. El shock de la crisis se hizo a partir del dilema: prensa impresa o Internet, cuando el desafío era la integración de plataformas interrelacionadas. Los periódicos escritos decidieron no cambiar formatos, contenidos y despliegues de páginas, pero los dueños no atendieron la parte principal del problema: la reorganización de los lectores. La guerra de Vietnam y la oposición interna al reclutamiento de jóvenes sacó a los lectores del conformismo y la prensa pasó a la información dinámica. Pero paulatinamente los medios ajustaron sus reacciones a participar del establish-ment corporativo, con las exigencias como empresas, la necesidad de aportar dividendos a los accionistas y los vaivenes del mercado bursátil donde comenzaron a cotizar.

El punto de ruptura social fue la guerra de Vietnam, sobre todo por el reclutamiento obligatorio: Kennedy había dejado 60 mil soldados en la guerra y Johnson y Nixon llevaron la intervención a alrededor de tres millones de militares, con un saldo final de casi 55 mil muertos cuyos nombres se localizan en un jardín entre el Lincoln memorial y el Obelisco, casi frente a la Casa Blanca. A lo largo de la segunda mitad de los sesenta, las manifestaciones pacíficas y violentas contra la guerra de Vietnam sacudieron la conciencia de los estadounidenses, y más cuando se cruzaron con las movilizaciones por los derechos civiles de los negros -hoy afroamericanos- bajo el liderazgo de Martin Luther King. Esas luchas no solo llevaron a enfrentamientos y más de doce mil detenidos en esos años, sino que enmarcaron los asesinatos de King en abril de 1968 en Memphis y del precandidato demócrata Robert Kennedy en California en junio también de 1968. La prensa estadounidense también regresó las aguas a su nivel: la crítica se diluyó. Los libros de Woodward sobre las guerras de Bush, por ejemplo, dejaron de ser revelaciones y confrontaciones, y se contentaron con las descripciones internas de las élites políticas, demostrando con ello que Watergate no había sido una insurrección antisistémica sino solo una investigación azuzada -como se supo después- por el entonces subdirector de la CIA, Mark Felt. El abuso del poder por parte de Reagan por vender armas a Irán para financiar a los contrarrevolucionarios de Nicaragua, la invasión a Panamá por Bush Sr., los descuidos de Clinton en el Medio Oriente al permitir el fortalecimiento de Al Qaeda, las mentiras de Bush Jr. sobre las inexistentes- armas de destrucción masiva que justificaron la invasión a Irak y los endurecimientos de Barack Obama al perseguir medios para evitar filtraciones, el castigo a periodistas que revelan secretos y el escándalo por el espionaje masivo nacional e internacional encontraron a una prensa escrita desorientada, agotada y ya sin el espíritu de Watergate y sin el espíritu de denuncia de Vietnam, y sí muy preocupada por su viabilidad empresarial. El contrapunto Chile-Irak pasó de noche en las redacciones de los medios escritos.

Los medios escritos en EU regresaron a su pasado anterior al ciclo crítico 1963-1980: de los tres objetivos señalados por Ernest C. Hynds -informar, influenciar y divertir-, el segundo entró en una declinación a partir de la llegada de Reagan y por el clima de agresión contra los EU por la comunidad islámica radical y vinculada al terrorismo. Los medios abandonaron la confrontación con el poder y dejaron de ser el contrapeso a los abusos del poder político y empresarial. Paulatinamente la prensa escrita regresó a su espacio de difusión objetiva de la realidad, dejando la investigación para casos menores. Los escándalos por periodistas que inventaron notas a finales del siglo XX sacudieron a medios prestigiados como The New Republic (Stephen Glass), The Washington Post (Janet Cooke y recientemente con Fareed Zakaria) y el The New York Times (Jayson Blair y Judith Miller), entre muchos otros casos menores y lo llevaron a aumentar los controles de veracidad que desmotivaron a los periodistas y subieron los estándares para la denuncia.

II

La narrativa de Watergate merece un análisis frío, más allá de apasionamientos: dos reporteros ambiciosos y sin descanso llevaron a la dueña y al director a apoyar una investigación plagada de errores y omisiones, aunque exitosa en la colocación del Watergate en la agenda política fundamental. “Un robo de tercera categoría”, desdeñó el secretario de prensa de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, y luego utilizó los tropiezos en informaciones equivocadas para descalificar al Post, aunque la mayor parte de la cobertura estuvo certera. Sin embargo, en 1974, antes de la renuncia, Nixon aceptó los errores del Watergate y Ziegler tuvo que disculparse en una conferencia de prensa. En agosto de ese año, acosado por el Congreso debido a la negativa de entregar información al fiscal especial, Nixon renunció al cargo de Presidente de Estados Unidos que había ganado por primera vez en 1968 con el 60% de los colegios electorales y había avasallado en 1972 con el 73% de los votos electorales. El sistema judicial logró triturar la popularidad de Nixon, ayudado, claro está, por su forma abusiva de ejercer el poder.

De todos modos, el Post ascendió paulatinamente ya a la condición de un diario sólido hacia comienzos de los setenta, aunque pasó sin mucha significación en la segunda mitad de los sesenta durante la fase más grave de Vietnam y sobre todo de las protestas sociales en las calles de EU. Así, no había sido solo el asunto Watergate; más aún, Watergate no hubiera sido posible sin el proceso previo de reformulación de la organización periodística interna en el periodo 1969-1971: la autocrítica. En un libro armado por varios de sus ejecutivos (De la prensa, por la prensa, para la prensa y algo más…), el Post explicó la forma de recuperar la credibilidad de los lectores y posicionarse como un medio serio porque estaba inmerso en lo que la Comisión Nacional sobre las Causas y Prevención de la Violencia había señalado como “una crisis de confianza entre el pueblo norteamericano y los medios informativos”: el Post creó una oficina interna que elaboraba memorándums para ejecutivos del periódico sobre los errores en las informaciones, las contradicciones, la valoración errática, y luego creó un pequeño espacio en sus páginas titulado For Your Information (Para su información), donde se aireaban autocríticamente esos problemas de credibilidad. Esa oficina operó como una especie de “asuntos internos” similar al de la policía: vigilantes que vigilaban a otros vigilantes.

Los temas principales de esta oficina de evaluación interna no solo atendía la valoración en la exhibición de las notas ni el análisis de la construcción de despachos de prensa basados en información oficial, sino que comenzó a otorgar atención a las relaciones de la prensa con los poderes, con la guerra de Vietnam y con la oficina presidencial. Richard Harwood, director administrativo de la redacción del Post, calificó de pavloviana la relación de los periodistas con la Casa Blanca porque los medios respondían a condicionamientos y no a intereses sociales. Una columna FYI fue destinada a denunciar la infiltración de las comitivas de prensa en Vietnam por espías militares de EU. Y otra profundizó la forma en que los corresponsales de guerra deberían de mantener la objetividad y la imparcialidad en un conflicto bélico. Esta oficina interna contribuyó a profesionalizar la tarea periodística y, sobre todo, a abrirse autocríticamente hacia los lectores para reconquistar su atención.

Acicateados por la protesta social contra la guerra de Vietnam, los periódicos se vieron obligados a asumir mayor compromiso en las informaciones. En el territorio de batalla, en Vietnam, los corresponsales comenzaron por salir a los lugares donde los boletines del Departamento de Defensa decían que había habido batallas y bajas del enemigo tratando de verificar los hechos y para sorpresa de muchos se encontraron con enfrentamientos inexistentes, victorias imaginarias y bajas mayores a las cifras oficiales. Esa forma de darle mayor dinamismo a la prensa se coronó con la revelación, hecha por el reportero Seymour Hersh, de la matanza de civiles en el pueblo de My Lai en marzo de 1968 y publicada en el pequeño periódico St. Louis Post Dispatch; más tarde, Hersh publicaría el libro My Lai 14, lo que le valió premios pero sobre todo puso a Vietnam en la mira de las investigaciones periodísticas, casi en correspondencia con el involucramiento de intelectuales en las protestas, con el caso simbólico de Norman Mailer, ex combatiente de la segunda guerra mundial y en los sesenta una de las figuras disidentes más importante y estridente.

La relación de los reporteros con la guerra de Vietnam fue complicada por el papel de los editores y dueños en el establishment de las élites de poder en Washington. El Post, por ejemplo, tuvo que pasar por un proceso editorial y luego personal de su dueña: Katharine Graham, una figura destacada en la élite de personalidades de Washington donde se mezclaban funcionarios, empresarios y promotores de la guerra, tenía a su hijo mayor Donald alistado voluntariamente en Vietnam y a su hijo menor Bill en las protestas violentas contra la guerra, incluyendo dos arrestos en marchas; los extremos del conflicto. A nivel editorial, Graham, de formación conservadora, llegó a confesar en sus memorias que apoyaba la línea bélica de la Casa Blanca aunque marchaba de forma independiente. En los editoriales el Post defendía el argumento de la Casa Blanca de que el ejército estadounidense estaba en Vietnam para defender a un pequeño país del acoso de otra parte del país apoyada por el comunismo internacional. Paulatinamente el Post fue asumiendo la realidad y pasando de la crítica a la participación estadounidense.

En 1971, ya en la lógica de que la victoria estadounidense en Vietnam era imposible y con un Nixon comprometido a terminar la guerra de los demócratas Kennedy y Johnson, el Post se metió de lleno a la difusión de “Los Papeles del Pentágono”, un reporte de 47 volúmenes y más de siete mil páginas de análisis de la guerra de Vietnam realizado por investigadores de la Fundación Rand para indagar las razones del conflicto en el sudeste asiático. Lo interesante fue que esa difusión se convirtió en uno de los alegatos más importantes contra una guerra ya perdida, no partió de una toma de posición de un periódico frente a la guerra, sino de una competencia del Post contra el Times: Una copia de los documentos fue filtrada a The New York Times por el investigador y coautor del texto Daniel Ellsberg, por cierto en la mira de Henry Kissinger por sus críticas a la política exterior, al grado de que un equipo de operaciones clandestinas de la casa Blanca asaltó el consultorio del psiquiatra de Ellsberg para obtener información que pudiera ser usada para desprestigiar al académico. Katharine se enteró de la publicación de la exclusiva un día antes del domingo 13 de junio de 1971, en una comida donde el propio James Reston, ejecutivo del NYT, le informó del bombazo periodístico. Sin embargo, el gobierno de Nixon logró una orden judicial para detener la publicación de otras partes de los documentos: pero el Post se hizo de otra copia y por su cuenta difundió el material; ante la orden judicial para detener la publicación, el Post llevó el asunto hasta la Corte Suprema y ésta decretó que no eran documentos secretos. Sin dar la exclusiva, el Post capitalizó el proceso judicial a favor de la libertad de expresión.

El año de 1971 llevaría a su punto culminante la guerra en Vietnam y la oposición interna en Estados Unidos, con los periódicos arrastrados por las protestas violentas y los arrestos; Nixon no acaba de entender la lógica de las protestas, al grado de que una noche salió a hurtadillas de la Casa Blanca y se acercó al monumento a Lincoln para charlar con un grupo de manifestantes antibélicos; al final, Nixon dijo que seguía sin entender las razones de las protestas. En enero de 1969, cinco días después de que una copia de “Los Papeles del Pentágono” ingresaron al Departamento de Defensa, Richard M. Nixon juró como presidente de EU y prometió llevar a Vietnam a “una paz con honor”. Sin embargo, subterráneamente, ordenó la profundización de la guerra, autorizó bombardeos secretos, utilizó el criminal agente naranja como bomba química que no solo contaminó la tierra sino que afectó la salud de los soldados estadunidenses, utilizó el napalm contra aldeas civiles, al tiempo que abrió negociaciones de paz en París. En 1971 la guerra carecía de sentido, los reportes hablaban de que EU nunca iban a ganar y aumentaban los regresos de soldados estadounidenses en bolsas plásticas negras. Ahí se localizaba la importancia de “Los Papeles del Pentágono”: su contenido confirmaba que la guerra estaba perdida y que EU habían fracasado.

Paulatinamente, una parte de la prensa estaodunidense se colocó en el espacio intermedio entre la adhesión sistémica y la crítica opositora, no siempre con el apoyo o el aval de los dueños o editores; sin embargo, los editores aceptaron las nuevas formas de periodismo sin entender las complicaciones de sus propias relaciones de complicidad con el poder; por ejemplo, el equipo de Nixon llegó a confesar su incredulidad y enojo por las críticas en el Post a la administración si ellos sabían que Katharine Graham era una mujer conservadora y republicana. Pero había un espacio de vacío político: por ejemplo, Woodward siempre se confesó republicano pero no mezcló su ideología con su afán de investigador, o -una línea de investigación aún no profundizada- el caso Watergate mostró una crisis interna al interior del republicanismo entre facciones. La descomposición del poder iniciada por Vietnam, agudizada la crisis económica y acicateada por un nuevo sector social demandante de información crítica ayudó a los medios a consolidar sus espacios de modernización. En la capital del poder, Washington, -inclusive más que en Nueva York- se perfiló una sociedad washingtoniana ajena a los abusos de poder, en tanto que la clase política dirigente se había hundido en las irregularidades, aunque después se supo que esa oposición no era ideológica sino solo de repudio al poder dictatorial.

El Post se consolidó en los ochenta como el periódico de la sociedad washingtoniana ya de regreso al conservadurismo, lo que sin duda le recortó posibilidades de desarrollo: su estilo, formato y lenguaje estaba hecho para la sociedad de Washington, en tanto que el The New York Times había logrado saltar los límites neoyorkinos para convertirse en el gran diario de la globalización geopolítica estadounidense y era visto como demasiado liberal para los intereses de la sociedad de la capital de la nación. Los dos diarios fueron limitados por su inserción en sus respectivas sociedades, los dos con dificultades para cambiar los hábitos visuales de sus lectores, los dos sin flexibilidades para incursionar de otra manera en Internet y los dos con páginas diseñadas con resabios del pasado. El NYT, por ejemplo, pasó por problemas para incorporar el color y las fotos en su primera plana.

La sociedad lectora en Washington fue avejentando, los jóvenes del 68 pasaron con el tiempo al conformismo laboral de la subsistencia y se olvidaron de la protesta, los discursos del poder ya no asustaron a esa sociedad y la prensa se volvió vieja con ellos. En Nueva York el NYT pasó a ser “La vieja dama gris” con una sociedad progresista en materia de defensa de derechos individuales pero conservadora en su entorno geopolítico. Y en Washington el Post fue visto como el caballero sin pasiones.

III

En una entrevista otorgada al día siguiente del anuncio de la venta del Post, Donald Graham -hijo de Katharine Graham y tío de Katharine de Weymouth, la quinta editora de la dinastía- tuvo una explosión pesimista de sinceridad:

-Yo quise tener un periódico sano y próspero… y no lo hice. Me he decepcionado a mí mismo.

Los análisis posteriores al fracaso financiero del Post tendrán que venir con el tiempo y el conocimiento interno de la administración, aunque todos los datos hablaban de una severa crisis de publicidad y de circulación desde 2007, el periódico bajo el control de Don Graham y un año antes del ascenso de Katharine Weymouth. Mientras tanto, podrían adelantarse algunas estimaciones. Entre ellas, subrayar el hecho de que The Washington Post fue un periódico local, en una sociedad local conservadora, sin manejo propiamente empresarial y atada a las reglas del juego bursátil. A lo largo de 133 años, el periódico se movió con altas y bajas. Fundado en 1880, tuvo una bancarrota en 1933 y fue comprado por Eugene Meyer, un banquero que formaba parte de la Reserva Federal, primer director del Banco Mundial, conservador republicano y contrario a la participación del Estado en la economía. En 1946 le entregó la dirección del diario a su yerno Philip Graham, esposo de su hija Katharine Graham. El periodo de Philip fue corto y se interrumpió por su suicidio en 1963, víctima de alcoholismo y una dura enfermedad mental. En el control del periódico le sucedió su esposa y viuda Katharine, quien duró hasta 1991; su lugar lo ocupó su hijo Donald hasta 2008 en que su sobrina y nieta de Katharine asumió el control del periódico y le tocó enterrar el proyecto familiar con la venta al dueño de Amazon.

A lo largo de ochenta años (1933-2013), cinco miembros de la familia Graham manejaron el periódico sin tener cada uno sólidos antecedentes periodísticos consolidados: Eugene Meyer era banquero, su hijo Philip tenía la especialidad de banquero, Katharine quedó viuda y tomó el manejo, Donald había sido soldado en Vietnam y patrullero de policía y la nieta Katharine se especializó en leyes, entró al Post como parte del despacho que asesoraba en leyes al periódico y finalmente quedó al mando del diario.

La historia del Post fue la de una empresa familiar; se abrió a accionistas como una forma de capitalizar y entró con muchas dudas a la bolsa de valores en 1971. Como empresa editorial y a pesar de su fama periodística, el Post nunca logró la confianza de los inversionistas porque las empresas bursátiles estaban obligadas a crecimientos audaces y a agresivos manejos especulativos. Katharine tuvo la suerte de contar con la amistad de Warren Buffet, un exitoso inversionista con olfato para los negocios y la tranquilidad para eludir los baches especulativos. Pero al final Katharine consultaba algunas cosas con Buffet y éste se tomaba la libertad de aconsejar algunas ideas pero al final Katharine Graham tomaba las decisiones finales sin ser una empresaria especuladora. En sus memorias Katharine contó la forma en que con muchos temores le consultaba decisiones a Buffet y éste le sugería maniobras especulativas -legales pero audaces, como la recompra de acciones que le redujo liquidez a la empresa- que a veces Katharine no se atrevía a procesar.

El Post se centró en el medio periodístico, se expandió a la televisión y a periódicos locales, nada con suficiente fuerza como para constituir un emporio: los periódicos Express y Tiempo Latino, la revista Newsweek comprada en 1961, vendida en 2008 y cerrada como impresa en 2010, Cable One, Grupo Slate (sitio web y la revista Foreign Policy, The Gazette y Southern Maryland Newspapers), una plataforma digital, una agencia para Facebook, un centro de salud y una empresa eléctrica. En los hechos el atractivo para los inversionistas era el periódico The Washington Post, el más importante en la capital federal, con algo de circulación en otras plazas y referente en asuntos en la prensa internacional, pero sin el posicionamiento foráneo de The New York Times, inclusive sin atractivo para lectores fuera de la capital federal Y con todo, la cotización de la acción del Post en la Bolsa de Valores nunca se fue a pique y cerró el 2013 a 550 pesos por acción, contra 350 al comenzar el año.

En todo caso, el problema del Post fue que nunca se perfiló como inversión atractiva. Como empresa, el Post padeció la carga de otras pequeñas que le quitaban liquidez, el costo laboral fue siempre alto, la expansión periodística lo llevó a una plantilla de casi dos mil trabajadores, llegó a tener trece sindicatos negociando cartas laborales uno por uno. Pero con el apoyo de Buffet Graham ascendió el profesionalismo empresarial y en 1988 el Post apareció entre las cinco compañías mejor dirigidas de la revista Business Month, al lado de Apple, Merck, Rubbermaid y Wal-Mart.

En 1980 estalló el escándalo de la reportera Janet Cooke, quien recibió el Pulitzer por una nota sobre un niño drogadicto de la calle pero después se supo que el personaje era inventado, una especie de resumen de varios niños; aunque el texto fue elogiado por Gabriel García Márquez como un ejemplo de ficción, en el periodismo fue condenado y Cooke tuvo que regresar el premio y retirarse del oficio, y el Post hubo de cargar con la crisis de credibilidad. En descargo, el asunto no fue exclusivo del diario; varios otros y algunas revistas fueron descubriendo que algunos de sus reporteros entregaron informaciones inventadas, plagiadas o tergiversadas. Lo malo para el Post fue que salpicó al entonces subdirector de asuntos especiales, Bob Woodward, el reportero de Watergate, y dicen que ahí se trocó su ascenso hacia la dirección general del diario, aunque el propio Woodward no había dado muestras de entusiasmo por el cargo porque siempre prefirió seguir persiguiendo la noticia que dirigir el diario.

De 1974 a 1991, el ambiente periodístico en Washington careció de golpes espectaculares. El Post se estancó en la propiedad principal como buque insignia pero no pudo ofrecer a sus inversionistas algunos otros atractivos para aumentar sus movimientos bursátiles. La propia Graham narra en sus memorias, cerradas en 1997, que la consolidación bursátil, aunque no con la suficiente fuerza, se debió a la gestión exitosa como empresa. El Post se centró en proteger la lealtad de sus lectores y sus ritmos de publicidad, con indicios de caída de la circulación ya en los inicios del siglo XXI. La satisfacción periodística -Watergate y los Papeles del Pentágono- ayudó a consolidar al diario pero lo dejaron estancado. El diseño, el contenido, los estilos de redacción, el modelo periodístico ofrecido a los lectores y el respeto a las tradiciones le permitieron eludir grandes sobresaltos, pero lo fueron alejando de los nuevos lectores posteriores a Watergate y metidos ya en la dinámica del internet y la televisión, y con enfoques críticos respecto a las primeras planas de los diarios impresos por la persistencia de la vieja política de élites, aburrida para el lector que quería informaciones más veraces y reales con sus conflictos de corto plazo.

En octubre de 2009 Downie publicó en la Columbia Journalism Review, la más prestigiada revista de periodismo, adscrita a la Universidad de Columbia, un ensayo sobre los desafíos de Internet, una especie de grito de alarma sobre lo que venía como problema para el periodismo escrito. El texto, titulado “La reconstrucción del periodismo estadounidense”, hizo el primer recuento de daños del Internet en las redacciones de los periódicos: la reducción de personal, la caída de la circulación, la generalización de las noticias, el abandono de sectores noticiosos para rescatar los más atendidos por los lectores, la reducción de 20 mil reporteros en el periodo 1992 a 2009 de más de 60 mil existentes, la baja de más de 160 corresponsales extranjeros, el cierre de oficinas de corresponsalías, la competencia de los diarios impresos con los blogueros. El periodismo escrito, para sobrevivir, tendría que reconstruirse en un nuevo escenario periodístico dominado por la comunicación instantánea vía la computadora.

Sin embargo, el texto de Downie pareció olvidar las partes más importantes: el reto de Internet como sistema popular de comunicación, la reconstrucción del perfil del lector a partir del conservadurismo, las nuevas tecnologías de comunicación, el crecimiento del periodismo en televisión y la polarización política por cambios sustanciales en el ejercicio del poder -del ascenso del conservador Bush a la elección del afroamericano Barack Obama-, además de los derechos sexuales de las minorías. Por cierto, en este punto The New York Times tuvo varios sobresaltos en circulación y publicidad en los noventa, cuando Arthur Ochs Sulzberger Jr. asumió la dirección total del periódico y abrió la información a temas homosexuales, a pesar de que la sociedad neoyorkina no es de las más conservadoras del país.

Internet y la nueva sociedad conservadora de EU se convirtieron en un enigma para los hacedores de diarios impresos; algunos cambiaron diseño para hacerlos más dinámicos, otros redujeron el tamaño de las noticias, varios también acudieron a las infografías y al color, y pocos hicieron esfuerzos por fusionar las redacciones tradicionales con las de Internet. Algunos otros crearon el sistema de blogs de sus colaboradores que llegaron a tener más interés y lectores que los espacios impresos tradicionales. Sin embargo, la sociedad lectora requería de un redescubrimiento: sus necesidades de información, sus pasiones sociales, sus deseos, los efectos de la crisis económica, las demandas de control de los órganos del poder, su visión crítica de la política por los abusos y los escándalos. Los periódicos prefirieron modernizarse en función de sí mismos y no en relación a la nueva sociedad posterior a Watergate y a Irak. Y luego se vino sobre los medios la crisis económica no solo como problema para la administración de las empresas, sino por los efectos sociales: empobrecimiento, jóvenes sin empleo, protestas sociales como las de Occupy Wall Street.

Espere la segunda parte en la edición impresa de noviembre.

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