Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Velador de cementerio

A Rafael Antonio Díaz de la Escosura y
Francisco Rodríguez Malo Zuloaga
In memoriam.

Durante mis años de estudiante trabajé como velador en un cementerio. Uno de esos llenos de almas elegantes, porque los otros no usan veladores; acaso un muertero que trasnocha borracho en una caseta junto al portón de entrada, si es que lo hay.

Hasta ahora, los límites de mi imaginación no habían dado para pensar que lo del cementerio da para un cuento (quizá más: una novela o un poema breve, por ejemplo). O acaso los límites los ponía un supersticioso respeto a la muerte y a los muertos, tara que se ha disuelto a punta de velorios y adioses. Porque he llegado a la edad en que uno empieza a contar sus muertos y termina por hacer de ellos la historia de su vida. La muerte para mí ya no significa otra cosa que vida terminada, lo demás son mediasuelas de los vivos. Mermas propias del uso de la vida. ¡Que de algo sirva la poca fe!

Así pues, me pasó por la cabeza hacer con este pasaje de mi vida una obra de mayor calado. Ya no: ¿qué hay de interesante en alguien que pasa las noches de su juventud leyendo poesía entre lápidas, tumbas, mausoleos y árboles enormes? Ahora se me antoja dejarlo en intriga: quizá una metáfora, o una ocurrencia, o lo que es: llanamente, un hecho de mi estrafalaria vida:

Velador de un cementerio. Supongamos el panteón Francés de San Joaquín. De momento que quede así y añadamos que conversaba con los difuntos como Quevedo y que, después, por mera casualidad, fueron a dar ahí los restos de mi más querido tío, que era el idiota de la familia (ese tío idiota que nada tenía de idiota, y que todos tenemos y que nos es tan entrañable, y que no podría sino llamarse Paco, ¿cómo más? Los restos del tío Paco, las cenizas del hombre que te enseñó el box, el futbol y a elegir en qué mano escondía un caramelo. Los restos de la niñez perdida, la que solo vuelve cuando coge la mano de la vejez que va llegando sin saber el camino y le enseña los secretos de la ignorancia plena y plácida el mundo y sus trajines).

Lo demás es poca cosa: conversar conlos cremadores buscando en ellos algo inescrutable. Superchería pura: Un cremador no es más interesante que un oncólogo o un funcionario del Registro Civil. Podría revestirlos de grandes cualidades derivadas de mi fantasía. También podría narrar lo difícil que era echar del panteón a las viudas que se resistían a volver sin sus muertos a la noche de una casa demasiado grande para ellas. En fin, que se me ocurre mucho qué hacer con esto del panteón, pero no me viene en gana. El lector sabrá hacerlo: de lo contrario, lo lamento por él.

Pero, ¡ah, qué necesidad tenemos de esa invención del alma, ese embrollo místico! No debo dejar huérfanos a los que entienden ánima, a los que tienen alma: yo, que fui velador de un cementerio, puedo asegurar que el alma es la parte inorgánica que pasea por los callejones de tierra. Solo el cuerpo es orgánico y así se dividen al sobresalir del tiradero de residuos. De modo que, cuando entrada la mañana, el velador del panteón francés que tiene un tío Paco que morirá y será sepultado ahí pero ninguno lo sabe, deja su puesto, solo se lleva su organismo, pues su alma se queda entre las almas a esperar a aquélla que llegará algún día, pero -no está de más insistir- ninguno lo sabe, porque ninguno cree que el alma de cada cual sea capaz de nada. Absolutamente nada.

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