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Ariel Ruiz Mondragón

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Una apuesta al poder

Esta entrevista se publicó originalmente el 21 de marzo de 2018

Ariel Ruiz Mondragón / Porfirio Muñoz Ledo

Uno de los políticos mexicanos más activos de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI ha sido Porfirio Muñoz Ledo.

Además de pertenecer a la brillante Generación de Medio Siglo de la UNAM y de realizar estudios en Francia, Muñoz Ledo ingresó al servicio público en 1958, donde desarrolló una trayectoria que incluyó responsabilidades como secretario de Estado y representante de México ante la ONU. También ha sido dirigente de partidos como el PRI y el PRD, además de haber sido diputado y senador.

Es un personaje polémico que ha conocido como pocos el sistema político mexicano. Por todo ello tiene mucho qué decir. Para contar parte de su carrera el político se reunió entre 1987 y 1988 con James W. Wilkie y Edna Monzón y ahora aparece en el libro Porfirio Muñoz Ledo. Historia oral 1933-1988 (Profmex/Debate, 2017).

En el caso de este libro, una suerte de memorias, podría decirse que usted es un coautor.

Aunque todo lo que digo es obra mía, los autores son ellos.

¿Por qué estas entrevistas de historia oral realizadas entre 1987 y 1988?

Recibí un ofrecimiento del maestro Wilkie. Consiguió los créditos para hacerlo, porque esto cuesta dinero, y una vez que los obtuvo acepté. Yo estaba metido en el tráfago del cambio político de 1987-1988, la Corriente Democrática, y eso le interesó mucho. Le importaban los momentos clave de la historia de México. Incluso entramos en periodos que yo no viví: hablamos de la educación socialista, un poco del cardenismo, del avilacamachismo, el alemanismo, el ruizcortinismo y López Mateos.

¿Cómo vinculó su trayectoria académica con su carrera política?

El licenciado Echeverría me tenía una gran estimación porque yo tenía el conocimiento de la historia, de lo que había que hacer y de la necesidad de la renovación del lenguaje político de la revolución. Claro que mis conocimientos académicos me fueron utilísimos en la política.

Usted destaca mucho a Mario de la Cueva.

Fue mi mentor.

¿Cómo ayudaron a formar a los políticos él o Jaime Torres Bodet, por ejemplo?

Eran muy distintos. Don Mario era un gran maestro, creador y promotor de generaciones. Él fomentó la revista Medio Siglo, que pagó la Facultad. La hizo él junto con un grupo de estudiantes después de un concurso de oratoria, y de allí hizo la directiva de la revista.

De la Cueva era maestro de tiempo completo. Nos invitaba a su casa, nos enseñaba música sinfónica en los aparatos de entonces y hasta a hacer martinis.

¿Y Torres Bodet?

Era otra cosa: un gran poeta, desde luego, y también un gran funcionario. Le encantaba la precisión; no era el maestro que se da, sino el hombre que piensa, que transmite, a través de discursos, grandes lecciones civiles. Él me invitó porque me había conocido en París y habíamos discutido la reforma educativa con el embajador y sobre todo le gustaba platicar conmigo sobre las reformas de la universidad francesa del 56.

¿Y su relación con Daniel Cosío Villegas?

Fue fantástica. Un día un amigo mío, Arturo González Cosío, lo invitó a dar una conferencia y nos fuimos en un Renault. Íbamos platicando en el camino, y yo había leído en Francia un gran libro de Cosío Villegas, La Constitución de 1857 y sus críticos, y nos quedamos a discutir el tema del presidencialismo mexicano. Y de allí pa’l real: me invitó a comer, volvimos a platicar, etcétera. Como funcionario me tocó dar el decreto de escuela libre universitaria al Colmex y discutimos mucho los planes de estudio. Tuve con él una relación muy afectuosa. Fui intermediario entre él y Echeverría; organizamos reuniones en su casa, y de allí salió la segunda serie de la Historia Moderna de México.

Foto / Valeria Cuatecatl

Me llamó la atención que usted participó en la elaboración de varios planes de estudio. ¿Cuáles fueron sus principales ideas de reforma del sistema de educación?

El tema era la rigidez del sistema universitario de México que había en la UNAM y el Poli; entonces se tenían los planes de estudio de la una o del otro. Había que darle vida: innovación educativa siempre ha sido mi lema. Publiqué un pequeño estudio en México: “50 años de revolución sobre la historia de la educación superior en el país”, y descubrí que, como presidente, Emilio Portes Gil había tenido un decreto de escuelas libres universitarias, para que en la Secretaría de Educación nada más revisaran los planes y les dieran libertad. Sobre esa base le dimos el decreto al Colmex y al ITAM para generar otros planes de estudio con competencia e innovación educativas.

Torres Bodet tuvo una influencia más allá de la educación: participó, por ejemplo, en la redacción del texto del artículo tercero constitucional, donde se da la definición de democracia.

Él lo hizo; está en sus Memorias, donde cuenta cómo el presidente Manuel Ávila Camacho, para superar la educación socialista con el texto de Narciso Bassols (no el de Cárdenas, quien nunca habló de educación socialista), quien lo había hecho como secretario de Educación de Abelardo Rodríguez en 1933. Había que darle otro giro sin romper principios fundamentales, en aras de conversaciones con la Iglesia (que traicionó a Torres Bodet, por cierto, porque sacó un manifiesto contra él a pesar de lo que había negociado con ella y con los líderes de la izquierda: con el propio Bassols y con Lombardo Toledano, quien fue el autor de la frase “Toda la educación que el Estado imparta será gratuita”, que luego modificó Zedillo).

Usted dice que la historia mexicana tiene dos vertientes fundamentales: las culturas autoritaria y libertaria. ¿Ésta ha predominado alguna vez?

México ha tenido muy pocos momentos en que ha ganado la cultura libertaria. Un investigador acaba de escribir en un ensayo que México ha tenido solamente tres momentos de democracia: de 1867, que es la restauración de la República, a 1872, cuando es la muerte de Benito Juárez; de 1910, con el triunfo de Francisco I. Madero, hasta el golpe de Estado de Victoriano Huerta, que son tres años, y luego de 1997 a 2002, que es cuando le quitamos el poder al Ejecutivo, tomamos la Cámara de Diputados, hicimos una vía electoral limpia; cuando logramos la autonomía de la Ciudad de México y la alternancia en el poder. Pero entonces eso lo echó por la borda el papanatas de Vicente Fox, un tipo primitivo, aldeano, concupiscente.

Hay una parte donde usted comenta: “Ahora me doy cuenta de la parte negra del sistema en el que participé, y lo voy a decir: hicimos muchas cosas por el país pero le hicimos un daño enorme que fue la castración política”.

Ella es el presidencialismo, y yo estoy a favor del parlamentarismo, como todo mundo sabe, que creo que va a ser muy difícil instaurar en México. El primero es, como se ha vivido en México, un régimen esencialmente autoritario. Yo estoy por el segundo, que permite repartir las responsabilidades; pero con los partidos políticos que tenemos, ¿cómo pasar al parlamentarismo? Son cuestiones que no están resueltas aunque están planteadas.

¿Qué pasó con la institucionalización del presidencialismo?

El México posrevolucionario diseñado por Cárdenas inició un ciclo histórico con Ávila Camacho, que es la transición, y luego con Miguel Alemán, elegido como el cachorro de los dos anteriores. Pero éste se fue muy del otro lado y se abrió otro ciclo con Adolfo Ruiz Cortines, que ya es el tercer periodo posrevolucionario (el primero fue diseñado por Obregón, el segundo por Cárdenas y el tercero por él), hasta que vinieron el 68, Tlatelolco, y la apertura del sistema. Así como Ávila Camacho es un periodo gozne, José López Portillo lo fue también: fue un presidente con formación académica, con otras características, con ciertos aspectos tecnocráticos aunque seguía siendo nacionalista. Pero perdió piso porque no tenía experiencia política; fui su jefe de campaña, fui secretario de Estado y lo conocí muy bien.

¿Cómo ha cambiado el presidencialismo mexicano?

Han perdido poder las instituciones, y han venido siendo una fachada. El presidencialismo mexicano ya no existe sino una red de intereses con una máscara de poder (Peña Nieto es definitorio en esto).

Usted comenta que como presidente del PRI intentó hacer algunas reformas democráticas.

Allí están los libros que tengo. Hicimos una comisión para democratizar el partido, de la que Rodolfo González Guevara fue el secretario, y él estaba por la afiliación individual. El primer problema del PRI era el corporativismo, y sigue siéndolo. No hay afiliación individual, es mentira; los sectores no la quieren: la CTM quiere contar con su aparato y dice que tiene cinco millones de miembros, aunque tenga dos, y la CNC dice que tiene 10 millones aunque tenga cuatro, y la CNOP dice que tiene cuatro millones aunque tenga uno. La influencia de los sectores ha venido disminuyendo pero no ha desaparecido.

Foto: Valeria Cuatecatl

¿Cómo ha cambiado el partido en las últimas décadas?

El partido se sometió completamente al sistema a partir de que se traicionó a sí mismo. Esto fue a partir de Miguel de la Madrid, y de allí vino la Corriente Democrática. Él hizo del partido una cosa de nada: nombró a su compañero de escuela Adolfo Lugo Verduzco, que era experto en derecho mercantil, como presidente del PRI, ¡por favor! Y trató al partido como si fuera su empleado, y entonces nosotros reaccionamos en nombre de las viejas tradiciones del partido, del cardenismo, etcétera.

Usted habla de que hubo un rompimiento de los equilibrios en el PRI, de cómo Miguel de la Madrid y una camarilla financiera, el grupo de la Secretaría de Hacienda, se apoderó de los cargos públicos. ¿Cómo afectó esto al PRI?

Él lo fue cambiando e implantó la tecnocracia; antes había un equilibrio que describo en el libro. El banquero Rodrigo Gómez era muy amigo del doctor Morones Prieto porque nacieron en Linares, Nuevo León, el mismo año; iba a jugar dominó con él cuando pasaba a París, y un día jugué con ellos y le pregunté: “¿Cómo convivían los financieros con la Revolución?”. Me dijo: “La Revolución respetaba a los financieros para no tener problemas, y nosotros la respetábamos. Sabíamos que éramos un brazo de ella”. Pero se quedaron con el poder. Fue un error histórico de López Portillo, lo reconoció muchos años después.

¿Cuál fue la influencia de los grupos financieros en el PRI? Usted habla de ellos desde la época de Antonio Ortiz Mena.

Tenían su papel. Ortiz Mena los controlaba de buena manera en nombre del equilibrio; después Echeverría acabó con el desarrollo estabilizador, y tenía diálogo con el sector financiero, que eran los banqueros, aunque tuvo más problemas con el Grupo Monterrey.

Fui presidente de la Comisión Nacional Tripartita y tenía a los banqueros sentados allí, y dialogábamos. Lo que pasó es que se vinieron las crisis económicas. Fueron imprevisiones del gobierno las devaluaciones del 76 y del 82, una política económica equivocada y le dieron poder a los financieros. Se desesperó López Portillo y nacionalizó la banca, que luego De la Madrid la regresó no a sus legítimos dueños sino a los inversores extranjeros. Luego Zedillo, con el Fobaproa, le pagó todas las deudas a los banqueros para que vendieran a los extranjeros.

Usted dice que tuvo tres orientaciones en la vida pública: la de insertarse en el sistema para cambiarlo desde adentro. ¿Qué pudo usted cambiar del sistema?

Era una carrera por dentro que desembocaba en la Presidencia de la República; al no llegar a ésta pues no cambió el sistema. Transformé cosas: el sistema laboral, hicimos los salarios más altos de la historia de México… Sí cambié muchas cosas en mi esfera de competencia: el discurso de la Revolución (con Echeverría fui el jefe del equipo de asesores y cambiamos por el discurso tercermundista), por ejemplo.

¿Cómo define el progresismo?

La lucha por la justicia social. Pero no la dan: imagínese estos gobiernos, de salarios infames. Alfonso Navarrete Prida, quien pasa a ser secretario de Gobernación, ¿que hizo de la Secretaría del Trabajo? Una oficina del Banco de México, y no sube los salarios porque éste no quiere. Entonces son esclavos de la tecnocracia.

La segunda vertiente de su actividad es la carrera internacional. ¿Cuál es su evaluación de ella?

Desde joven tenía la visión internacional porque había estudiado en el extranjero. Luego me conecté con grandes personalidades de la socialdemocracia: tuve relación con Willy Brandt, Olof Palme, François Miterrand, Bruno Kreisky, Felipe González y, desde luego, con Enrique Tierno Galván. Me inserté en la Internacional Socialista, que era la socialdemocracia a la que yo aspiraba y que tenía su equivalente en México. Luego se pudrió con el PRI, se abarató y se volvió una frase nada más.

Foto: Valeria Cuatecatl

También participó en, por ejemplo, la Carta de los Deberes y Derecho Económicos de los Estados.

Eso fue una frase de un discurso. Echeverría me pidió que preparara uno, para lo cual hicimos reuniones en Oaxtepec con los subsecretarios de Hacienda y de Industria y Comercio, Gustavo Petricioli y Eliseo Mendoza, respectivamente, para no estar contra ellos y tener una posición común del gobierno. Entonces hicimos una lista de demandas que íbamos a presentar en la ONU en Santiago de Chile, y el discurso no tenía un final.

Se me ocurrió decir como una idea general, que todas esas demandas podrían integrar una carta de derechos y deberes económicos de los Estados. La vio Salvador Allende y le dijo a Echeverría: “Yo voy a promover esta idea”, y lo hizo Chile procesalmente. Entonces me dijo Echeverría: “Ve a hablar con el presidente Allende porque quiere promoverla y explíquele de qué se trata”. Le dije: “Pues trata de nada; se trata de una frase, y la podemos convertir en un documento internacional”. Hablé con Allende; Echeverría me dejó un mes en Santiago de Chile, en contacto directamente con Clodomiro Almeyda, y sacamos lo de la carta. De allí pasó a Ginebra, donde comenzaron a trabajar un documento, y luego pasó a Naciones Unidas. Pero lo generó la sociedad internacional. La carta no es obra nuestra sino de la comunidad internacional.

La tercera vertiente: ser el fundador de un movimiento de oposición, lo que ejemplifica con Vicente Lombardo Toledano. ¿Cómo le fue como político opositor?

Esa es la parte que no está en este libro. Logramos lo que pudimos. Al no ganar en 1988 fue una reversión; pero luego, gracias al movimiento zapatista y a la crisis de 1994, replanteamos al gobierno la reforma electoral y logramos un primer órgano electoral autónomo aún con participación del gobierno. Después vino la negociación de 1996 con Zedillo; para llevarla en paz, negocié con él, antes de que asumiera el poder, que haríamos una gran reforma electoral. Fue el segundo momento de democracia en México.

En el libro comenta que en sus cursos destacaba que cuando se alcanzara el paso evolutivo a la transmisión del poder por la vía democrática, ese día cambiaría la historia de México…

Y no cambió. Yo siempre dije a mis alumnos que el gran libro de historia de México es Evolución política del pueblo mexicano, de Justo Sierra, publicado en 1910, donde él dice que nunca ha cambiado el poder de un bando a otro por la vía pacífica. Desde que Vicente Guerrero le ganó las elecciones a Gómez Pedraza en 1828 siempre ha habido fraude electoral, eso dice él, y hasta 1988 tampoco ha habido transmisión democrática del poder, solo el régimen de la Revolución con diferentes disfraces, caras y orientaciones.

Estoy juntando los dos tiempos, y México no ha cambiado. Pero el día que cambie el poder por la vía pacífica se hace la democracia.

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