Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Una anomalía insoportable

Esa mañana Gregorio se despertó a las seis de la mañana, como le correspondía en un día de trabajo. El frío era intenso. Ya podía declararse oficialmente que el invierno de aquel año sería particularmente cruento. La oscuridad de la noche aún se prolongaba cuando emergió de casa. Y no había menguado cuando se arrellanó en el hostil asiento del camión suburbano que lo transportaría a su lugar de trabajo. Las personas que viajaban de pie casi habían colmado el pasillo en San Idelfonso y en Barrón no hubiera cabido allí ni un perro diminuto sin recibir múltiples pisotones. Claro, y sin haber correspondido a los pisotones con uno que otro mordisco veloz y penetrante, mínimo desquite a la violencia general, sin fuente precisa, que se ejercía sobre él. En ambas puertas iban colgados un par de pasajeros con medio cuerpo fuera del camión. Un panorama desolador para muchos. Pero no para Gregorio, que se había acostumbrado con la resignación de un monje tibetano y la tenacidad de un héroe olímpico a ese penoso tren de vida. A él tanto calor humano le sirvió de almohada. No llegó despierto a La Curva ni al amanecer.

De pronto se coló en el sueño con el indómito poder de las necesidades que se saben pero se ignoran, o que se ignoran y, de pronto y de manera inexplicable, se saben: debía abrir los ojos e incorporarse de inmediato. ¿Tendría tiempo para tocar el timbre y bajar del camión? Antes de abandonar el asiento se percató que comenzaba a pasarse de su destino. Y pasarse de su destino constituía una anomalía inadmisible. Sin tiempo para desperezarse, se hizo espacio entre la gente a empujones y logró descender en la siguiente parada. Pero apenas y sus pies aterrizaron en la banqueta lo perturbó una aguda incomodidad interior. Antes de cualquier oportunidad para reflexionar, una sensación de extravagancia insostenible cobró en su conciencia la acuciante claridad de los peligros inminentes: todos los pasajeros, dentro del camión, iban vestidos de negro. Todos, sin excepción. Se trataba de un fenómeno que no podía ser real. ¿Pero podía acaso negar el testimonio de sus sentidos? ¿Cómo sus ojos podían haber inventado aquello que habían visto? ¿Por la confusión del despertar urgente? ¿Por el desconcierto de los empujones que tuvo que protagonizar para llegar a la puerta trasera del camión?

Sin salir aún del pasmo que lo atribulaba en secreto, Gregorio alcanzó la esquina donde el semáforo detenía por unos instantes el salvaje tráfico vehicular y se dispuso a esperar el cambio de luz. Durante la espera llegaron otras personas, a las que él ignoró como de costumbre. Pero de pronto reparó en la insoportable rareza que las caracterizaba: también iban vestidas negro. Una casualidad, sin duda. ¿Pero por qué las personas que cruzaban la calle a contraflujo también iban vestidas de negro? Un mareo con peligro de vómito por poco le impidió llegar a la otra acera, pero consiguió dominarse y alcanzar su objetivo. Allí volteó a un lado, al otro, y el panorama que descubrió en ambos puntos lo obligó a sentarse en el suelo: toda la gente iba de negro. Ninguna llevaba un color diferente. Zapatos negros, faldas y pantalones negros, chamarras y blusas y camisas y suéteres negros. Medias negras. Calcetines negros. Bufandas negras. Gorros negros. Todos con todo de negro. Al fin entendía: estaba a punto de celebrarse un festival gótico en algún sitio cercano de los alrededores. Eso era. Eso debía ser. ¿Pero a las siete y media de la mañana? ¿Por qué no? En este mundo enloquecido cualquier cosa resultaba posible.

Pese a sus intentos de convencerse a sí mismo, la duda persistió en él, secreta e insidiosa como un inconfesable crimen familiar. Por fortuna la fábrica les había concedido algunos minutos de tolerancia. Los tomaría para comprar un café en el Oxxo. Jamás lo hubiera hecho: lo que encontró a continuación acabó de sumergirlo en el vertiginoso tsunami del desquiciamiento. Veamos. De acuerdo a la manera, ya natural, en que el mundo funcionaba, la tipa de la caja debía llevar puesta una batita roja con el logo de la tienda inscrito en un costado. Pero no: en vez de la esperada batita roja, ¡llevaba un sobretodo negro! Hasta ese momento no había considerado variar su rutina, pero ahora se percataba que no podía atenerse a ella como si nada hubiera ocurrido. Como si nada estuviera ocurriendo ahora, que ya no caminaba hacia el trabajo, sino hacia un destino indeterminado, en busca de alguien, una sola persona que no estuviera vestida de negro. Pero no había nadie. Nadie. ¿Quién no se hubiera sentido al menos un poco desequilibrado?

A las once de la mañana se descubrió en la sala de espera de Garduño, su psicólogo de cabecera, que tenía su consultorio en el Charco. Cuando Garduño abrió la puerta temió tropezar con el mismo color de ropa, pero con alivio advirtió que llevaba un abrigo gris, suéter color vino, una camisa azul con rayas rojas y un pantalón de pana café claro. También los zapatos eran cafés. Acaso podía dudarse del buen gusto de Garduño, pero aquella vestimenta reinstaló a Gregorio en el clima de normalidad que había echado de menos desde que bajó del camión. ¿Pero él? ¿Él cómo iba vestido? Qué alivio: llevaba el mismo pantalón de mezclilla azul, la playera amarilla de manga larga, los tenis blancos y la abrigadora chamarra verde en la que se había enfundado por la madrugada.

-¿Por qué iban a ir todos de negro? -preguntó Garduño- ¿Se celebraba un funeral o algo por el estilo?

Gregorio le platicó que él imaginó un festival gótico, pero que ver a la chica del Oxxo con el sobretodo negro lo había desengañado y sacado de sus casillas. Podía tolerarlo todo, menos que aquella empleada no luciera la batita roja que deben llevar los empleados del Oxxo.

-Entiendo -declaró Garduño con una tranquilidad pasmosa y Gregorio comprendió que aquel hombre no podría ayudarlo. Así que abandonó el consultorio y enfiló de nuevo hacia la parada del camión. A lo lejos miró a unas niñas ataviadas con un uniforme escolar azul y percibió una oleada de serenidad en sus entrañas, pero mientras siguió caminando un sentimiento de terror lo inundó gradualmente hasta que no soportó más y echó a correr despavorido: toda la gente, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, ancianas, niños y niñas tenían la misma cara. Y no cualquier cara: la perpleja cara de Garduño, el sujeto que al menos en teoría debía ayudarle a conocerse un poco más a sí mismo. Entonces despertó y se juró no contarle su pesadilla a nadie, menos a Garduño, naturalmente.

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