Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

Ignacio Herrera Cruz

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Analista

Un vampiro en tierras mexicanas

El ser imaginario colonizador de nuestro inconsciente selectivo es el vampiro, en particular el conde Drácula. La espectral criatura del irlandés Bram Stoker ha marcado a quienes lo han interpretado en la pantalla. David J. Skal en Hollywood Gothic estudió a profundidad cómo evolucionó Drácula hacia los medios audiovisuales y nos ofrece algunas interesantes reflexiones que vale la pena recuperar: “muchos monstruos toman y pisotean. Sólo Drácula seduce, cortejando antes de matar. A diferencia de otros monstruos, no siempre es reconocible como tal”.

El Drácula más conocido de los años 30, el clásico por así decirlo, es Bela Lugosi, un actor húngaro que comenzó interpretando el papel en el teatro neoyorquino de fines de los años 20 y al que recuperó Hollywood para la primera versión oficial de Drácula (1931), ya que Nosferatu, la película silente de F. W. Murnau, se filmó contra los deseos de la viuda de Stoker, por lo que ese clásico del cine de horror estuvo a punto de ser destruido por violar los derechos de autor.

A pesar de que actores posteriores también se pusieron la capa y los colmillos, como Christopher Lee, Frank Langella y Gary Oldman, la sombra de Lugosi los siguió envolviendo.

Para el cine mexicano, el vampiro por excelencia será siempre el conde Lavud interpretado por Germán Robles en El vampiro (1957) y su secuela El ataúd del vampiro (1958), ambas realizadas por Fernando Méndez.

El vampiro es una película surgida del desgaste de la llamada “Época de oro”; sin embargo tiene el estatus de clásico porque logra “tropicalizar” una historia ya conocida y consigue revigorizarla para los espectadores mexicanos y por extensión, de América Latina. Méndez vuelve misteriosos y creíbles los ambientes hacendarios de la provincia. Las películas, en especial la primera, logran manejar muy acertadamente el suspenso y los bajos recursos, en especial con las actuaciones.

Germán Robles es un actor con una amplia trayectoria en el teatro, la televisión y el cine. Pero Robles siempre será El vampiro, ese conde Lavud que aterroriza a los provincianos y hace que peligre la bella Marta (Ariadne Welter), para que Enrique (Abel Salazar) se vista de héroe e impida que la muchacha ingrese al harem del muerto-viviente.

El vampiro se volvió de mi gusto y conocimiento a través de la televisión; el que estuviera en blanco y negro le otorgaba un atractivo especial, le daba un aire anticuado y romántico. Que la acción se desarrollara en mi idioma y que los personajes se comportaran ante lo sobrenatural como supongo lo harían mis conocidos, le daba un aura de verosimilitud, de allí que ese vampiro elegante, misterioso y mortal se volviera parte de mis pesadillas nocturnas y me hiciera pensar que los vampiros eran seres reales, que cualquier día se podrían aparecer por una ventana para seducir a alguna de mis hermanas o mis primas.

Germán Robles, el conde Lavud, el malvado que llegó de Hungría en su ataúd para chupar la sangre nos recuerda que cuando se decide, el cine mexicano es una imparable máquina de sueños, un ente que permite revivir a los muertos y otorgarles vida eterna en el celuloide.

Video de Germán Robles en El Vampiro

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