Cinque Terre

José Luis Durán King

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Director general de Opera Mundi. Autor del libro de cuentos Tabula Rosa

Un pedazo de paraíso clavado en la pared

 

Era a finales de los años setenta del siglo pasado, es decir, del siglo XX, que, aunque sea difícil aceptarlo, ya es pasado. En ese periodo, mi recámara parecía que no tenía paredes. Todo era una colección de carteles. Tenía uno de la banda británica Uriah Heep en su mejor momento: David Byron, Gary Thain, Lee Kerslake, Ken Hensley y Mick Box. Un poster más era de Wishbone Ash, en un concierto en vivo sabrá dios en dónde.

El de Johhny Winter, en el que el guitarrista texano toca su lira entre las piernas de un bajista con los fondillos rotos de su pantalón, provocaba incomodidad a algunos de mis amigos. No así el cartel que me reglaron en una Feria del Libro de Minería, en la que aparece el filósofo alemán Friedrich Nietzsche con una corona de espinas -a la usanza de Cristo- en la cabeza.

Pero había un póster que era el favorito mío y de mis amigos, extraído de las páginas centrales de Signore (antes de que en México fuera Playboy), revista a la que estaba suscrito mi hermano, que siempre fue un worshipper nato de la anatomía femenina.

La diosa en cuestión era Patti McGuire, una mujer nacida en Dexter, Missouri, cuya sangre irlandesa le hervía en el interior antes de proyectar una imagen de sensualidad solo adornada por un collar de mariposa que ni por asomo distraía al espectador de sus hipnóticos senos.

McGuire fue la beldad que engalanó las páginas centrales de Playboy en su edición de noviembre de 1976. El impacto que causó en la muchedumbre le significó que fuera designada playmate 1977.

Entre los impactados por la señorita McGuire estuvo el tenista Jimmy Connors, quien ni tardo ni perezoso fue en pos de la chica y se casó con ella. Hasta la fecha, la playmate y el deportista siguen juntos, comparten recuerdos y experiencias en un rancho de Santa Barbara, California.

La veneración por la figura femenina es una historia de siglos. De acuerdo con el artículo “The History of Pin-Up Art” (http://www.arthistoryarchive.com/arthistory/pinupart/), desde los tiempos prehistóricos la imagen femenina ha provocado comezón en la entrepierna de los varones, a juzgar por las pinturas y esculturas paleolíticas repartidas por el mundo. Culto a la fertilidad o protectoras de la cacería, el hecho es que las robustas féminas lograban el cometido de hacer sentir bien a nuestros veleidosos antepasados, cuya vida se les iba en un abrir de ojos.

Según el mismo artículo, los griegos no tenían ojos para las mujeres. Ellos se enamoraban de los hombres, de los atletas y guerreros, musculosos especímenes que se despachaban con la cuchara grande al momento de gozar sexualmente a sus conciudadanos. En Roma y Pompeya, los excesos eran cosa de todos los días. Las imágenes de sexo explícito siguen provocando escándalo en algunos casos y salivación y excitación en muchos otros. Esculturas, frisos, porcelanas, relieves, mucho del arte en Roma se volcó exclusivamente a una iconografía de dioses, gladiadores, pero sobre todo coloridas orgías en las que los ciudadanos romanos daban y recibían por igual.

Para los años setenta del siglo XX, los carteles de hermosas mujeres, desnudas parcialmente o en su totalidad, eran moneda común, sobre todo en los talleres mecánicos. La estética en la imagen era lo de menos, lo que importaba eran esas curvas interesando el espacio inmediato. Los hermosos sueños embadurnados con grasa automotriz o de fritangas eran compartidos, socializados, mientras el mecánico de ocasión afinaba el motor o cambiaba las balatas de tu unidad.

Para entonces habían quedado muy atrás las figuras renacentistas, en las que las mujeres desnudas debían revestirse de un halo mitológico para justificar su ausencia de ropa. En los demás casos, en las obras encargadas por la Iglesia sobre todo, las madonas mostraban una sonrisa pícara o de éxtasis absoluto por su proximidad a lo divino.

Para los siglos XVIII y XIX, Europa regresó sobre sus propias huellas y la academia optó por representar mujeres en un estado aletargado -algunos especialistas señalan que fue la herencia del láudano- o de plano cayeron sucumbidos por el orientalismo, el arte sarraceno que mostraba a mujeres con velos, bailando danzas del vientre o en el plácido comunismo de la abnegación que representaban los harén, esperanza húmeda perseguida en el sueño y la vigilia por los hombres de occidente.

Fue precisamente en el siglo XIX que el oleaje de los desnudos clásicos llegó a Estados Unidos. El espíritu pragmático y comercial de empresarios y artistas estadounidenses salió a flote y se preguntaron por qué no compartir a un mayor número de personas la belleza de la mujer.

Los cuadros del art noveau fueron despojados de su incómodo marco de madera y metal, y dio comienzo la democratización de las ilustraciones con una pequeña ayuda de la tecnología. La litografía saltó a la escena, los costos de impresión se redujeron al máximo con la impresión en serie a través de las rotativas y de 1880 a 1920 se enraizó lo que se conoce como la Época de Oro de la Ilustración.

Libros, revistas, panfletos, periódicos, todo lo que tuviera alma de papel funcionó a la perfección para crear un público masivo que lo mismo coleccionaba paisajes ferroviarios, atardeceres parisinos o mujeres con ropa atrevida montadas en bicicletas de enormes ruedas delanteras o simplemente sonriendo ante un espejo con expresiones que pese a todo intentaban ser inocentes y cándidas.

Y si bien es cierto que el origen moderno de las pin-up en Estados Unidos puede situarse en el fenómeno Gibson Girl, que debutó en 1887, el futuro de la impresión masiva de las beldades estaba por llegar impulsado por las tropas que partieron al frente y a ser despedazadas en las batallas que tuvieron lugar por mar, cielo y tierra durante Segunda Guerra Mundial.

De acuerdo con el artículo mencionado en párrafos anteriores, “una chica pin-up es la imagen de una mujer cuyo atractivo físico merece ser colocada en un muro. El término fue acuñado en inglés en 1941 (…) Las imágenes pin-up pueden ser recortadas de revistas o periódicos, e incluso de tarjetas postales o cromolitografías”.

Aún así, la presencia de las chicas pin-up no alcanzaba todavía su mayor efervescencia. Los calendarios se convirtieron en un vehículo idóneo para la masificación del deseo solo alcanzable en dibujos de poses sugestivas, lencería, pantunflas acolchadas, medias, ligueros y alguna mascotita cuyas travesuras ayudaban al lector a rendir la imaginación ante la descarga de lo evidente.

Y entonces llegó Vargas, Alberto Vargas, el peruano que a los 16 años se mudó a Estados Unidos y que rescató a las pin-up de los arrabales editoriales en los que habitaban para darles un nuevo destino en la prominente revista Esquire. Las pin-up dibujadas por Vargas en los años cincuenta eran sofisticadas, alejadas de la vulgaridad, siempre optimistas y orgullosas de su feminidad. Las chicas de este dibujante se convirtieron en una quimera de alcances nacionales y allende las fronteras.

Con Vargas como figura central, el mundo de las pinup daba la apariencia de haber alcanzado su cúspide. La revista Esquire era un referente imprescindible para el público masculino. Solo que la historia estaba a punto de dar un vuelco de 180 grados.

En diciembre de 1953, el primer número de Playboy apareció sin fecha, porque su fundador, Hugh Hefner, no estaba seguro de que habría un número dos del magazine. La fotografía (no dibujo) de la mujer desnuda que adornó las páginas centrales del impreso fue Marilyn Monroe, una imagen que originalmente apareció en un calendario, pero que el dueño de Playboy tuvo la visión suficiente para reciclar y así aportar con su costal de arena para la construcción del mito de ese prodigio de belleza nacida en Los Ángeles, California, y a quien su madre bautizó como Norma Jean Mortenson y el mundo del espectáculo como Marilyn Monroe.

Lo que siguió al riesgo asumido por Hugh Hefner fue una avalancha de revistas exclusivas para caballeros, rebosantes de fotografías de mujeres desnudas o en proceso de despojarse hasta la última prenda.

Sin embargo, Marilyn Monroe aprovechó muy bien la fama que le brindó Playboy y perfiló su carrera hacia el mundo de la pantalla de plata, a la fábrica de los sueños que a fin de cuentas le arrebató la vida. Pin-up de ocasión, Monroe fue el heraldo que anunció una época de desnudos que hasta la fecha permanece intacta y sin raspaduras.

Aunque, indudablemente, el puesto de reina de las pin-up le corresponde a otra mujer, no rubia, pero con los candores necesarios para bañar las playas del deseo de una cofradía masculina que en su imaginación la convirtió en la amante perfecta, la secretaria sugestiva, la dominatrix capaz de domar con látigo en mano y vestimenta de cuero a cualquier semental o burócrata que se le pusiera enfrente. Nativa de la patria del country, Nashville, Tennessee, Bettie Mae Page vio el mundo por vez primera el 22 de abril de 1923. De acuerdo con su biografía, Page tuvo una infancia dura, con episodios cruentos, por ejemplo, ser violada por su padre a los 13 años, después de regresar del orfelinato al que fue enviada junto con sus hermanos.

Tras evadir un destino que la confinaba a la cocina y la costura, Page dejó Nashville para siempre y se trasladó a San Francisco, donde las cosas en un principio no cambiaron mucho, pues se empleó como secretaria, un trabajo al que, como sea, siempre recurrió cuando las cosas no marchaban bien.

El divorcio de su primer esposo la convenció de que San Francisco no era su puerto definitivo, por lo que decidió mudarse a Nueva York en 1950. En Connie Island conoció a Jerry Tibbs, un policía aficionado a la fotografía, que la introdujo al mundo de las revistas. Aunque fueron Irving y Paula Klaw, que manejaban un estudio de fotografía y un negocio de entrega de imágenes por correo, quienes descubrieron el ángel escondido en la física de Bettie Page. A los Klaw correspondió sugerir los tacones de aguja, los bikinis, los desnudos inocentes, pero también los oscuros performance de piel, látigo y cuerdas.

Bettie Page fue indiscutiblemente la reina de las pin-up, la que enfrentó a pie firme la cacería de brujas ordenada por el senador Joseph McCarthy y llevada a cabo por la liga de la decencia, para quienes las revistas de desnudos femeninos eran una amenaza para la moral estadunidense.

Los Klaw, ante el temor de ser encarcelados, decidieron quemar prácticamente 80% de su archivo, que entre muchas imágenes, contenía la trayectoria fotográfica de Bettie Page.

El 20% restante ha sido suficiente para confirmar que la señorita Page existía para las cámaras. Que su patria no era Nashville, San Francisco o Nueva York, sino la lente, el flash y la expresión exacta antes de que sonara el clic impulsado por el fotógrafo.

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