Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Un lugar para trabajar y ser yo mismo

¿Cómo la vida puede ser nuestra si nuestro trabajo no lo es? ¿Pero qué significa esto, que el trabajo que realizamos sea nuestro? Ensayo una respuesta: que constituya un medio de integración personal. Así que doy por hecho que somos una cosa desintegrada. O menos catastrófico: una cosa por integrar. Sí, una cosa. Una cosa aunque lleguemos a hablar y actuar por nosotros mismos. Que lleguemos a, digo, porque si de niños hablamos y actuamos con frecuencia por nosotros mismos, en algún momento nos perdemos. Como los personajes que se teletransportan en Star Terk, nos desintegramos. Pero a diferencia del capitán Kirk o el señor Spock, a veces no nos volvemos a integrar de nuevo. Nos convertimos en otros y seguimos siendo otros hasta la tumba. No volvemos a ser quienes éramos. No volvemos a ser nosotros mismos.

Por regla general comenzamos imitando a los demás. Imitamos los sonidos articulados que emiten las personas que nos rodean y así aprendemos a hablar. Más tarde imitamos la forma de vestir impuesta por la moda con la quenos identificamos y luego hacemos lo que todo el mundo hace: encontramos un trabajo que nos brinde bienestar material, nos casamos, tenemos hijos, les enseñamos a hablar y caminar, los llevamos a la escuela, los vemos extraviarse en alguna moda en turno y nos morimos. Sólo unos cuantos logramos vivir de manera propia.

En cierto sentido nunca dejamos de hacer lo que otros hacen. Para empezar, participamos del lenguaje, ese patrimonio común. Pero también compartimos un mundo, o varios, según nuestra versatilidad. Sea como sea, lo propio no ocurre fuera del mundo que compartimos con los demás. El significado de nuestra vida no se urde sin la intervención de los otros. Si alguien ha vivido en la soledad absoluta nadie ha podido tomar nota de su existencia. Sólo en la imaginación de otro, en este momento de nosotros, su vida podría cobrar sentido. Quizá sintamos compasión, perplejidad o envidia por esa misantropía radical, pero sin nosotros, sin alguien que al menos la sostenga un segundo en su imaginación, esa vida de soledad sin mácula carecería de significado. ¿Cómo podría decirle algo a alguien si no habría nadie a quien se lo dijese? Claro, ese alguien podría ser él mismo. ¿Qué importancia tendría que lo que dijera no trascendiera de ninguna forma, es decir, no fuera más allá de él mismo, si a fin de cuentas todos nos vamos a morir, si al fin y al cabo el mundo se va a acabar –ya sea por obra del asteroide que no tropezará con ningún Bruce Willis o por la artera expansión del Sol–, es decir, si tarde o temprano no habrá ya nadie a quien decirle nada? Bueno, okey. Si alguien se pone así de denso, que se muera solo en su aislamiento y nos deje a los demás en paz.

Aunque en ocasiones resulte difícil creerlo, la enloquecida sociedad del espectáculo también ofrece cosas buenas. Una de ellas es que incluso las voces más azotadas y apocalípticas pueden hacerse de un público que las escuche. Y por fortuna no todas las voces azotadas y apocalípticas son inaudibles. Quienes gozamos del heavy metal lo sabemos bien… Bueno, okey, ¿pero adónde voy con todo esto? Ya lo recuerdo: a demostrar que sólo cuando el trabajo que realizamos nos pertenece, podemos lograr una integración personal a través de él. Mi trabajo, por ejemplo, se urde en el ejercicio de la palabra. Si no fuera dueño de lo que digo, mi trabajo no ayudaría a mi integración personal. Si no gozara de la libertad de decir lo que pienso o lo dijera sin ningún rigor, me quedaría siendo quien no soy y la teletransportación no resultaría divertida. Por eso celebro los 16 años de etcétera. Porque aquí he podido trabajar sin dejar de ser yo mismo. Porque aquí he encontrado el espacio para pensar y jugar y aun experimentar con el lenguaje mientras que el lenguaje ha pensado y jugado y aun experimentado conmigo. Porque he podido opinar y disentir con libertad. Porque aquí, con mi trabajo, he podido hacer la vida un poco más mía en un mundo en el que vivir y trabajar representan cosas distintas. Por eso abrazo a Marco Levario Turcott y brindo con todo el equipo y los colaboradores.

 

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