Cinque Terre

Oscar Moreno Corzo

Un estado de ánimo subversivo

Un año antes del conflicto, el 7 de mayo de 1985, en sus oficinas del sexto piso de la torre de rectoría, Carpizo confiaba a la reportera de Proceso que cubría la fuente universitaria que suprimiría el “pase automático a facultad” de ceceacheros y preparatorianos y elevaría el precio de las cuotas de inscripción, ambas cosas, dijo, “le han hecho mucho daño a la universidad, son errores, tabúes que han prevalecido por demagogia y populismo”.


 


Posteriormente el rector instruyó a su equipo de trabajo para que escribiera un documento que justificara tales pretensiones y a eso lo llamó diagnóstico-de–la–problemática- institucional. El documento, titulado Fortaleza y Debilidad de la UNAM fue tema de una campaña propagandística que hizo hincapié en la valentía del rector que había puesto el cascabel al gato.


 


El jefe nato de la universidad (según la ley de la UNAM su rector lo es) convocó a una consulta para que la comunidad propusiera los remedios que considerara pertinentes. Y si descontamos las críticas al diagnóstico hechas por un pequeño grupo de estudiantes, dio la casualidad que prácticamente la totalidad de las mil 760 respuestas, redactadas en su mayoría por los directores de escuelas y facultades o por terceras personas por órdenes de estos, fueron del agrado del rector por coincidir plenamente con sus propósitos preconcebidos.


 


Y de tal grado de concordancia, nació la reforma carpiciana. Esto sucedió en el seno del Consejo Universitario reunido cuando los estudiantes se hallaban en vacaciones. A pesar de tres votos contrarios y de seis abstenciones los 102 votos a favor de la propuesta del rector sancionaron “por obvia resolución” modificaciones a los reglamentos de exámenes, inscripciones y pagos, terminando con el pase automático, elevando las tarifas por diversos servicios y estableciendo exámenes estandarizados a los que llamaron departamentales. Los señores consejeros se congratularon por la histórica decisión que habían tomado y solo desentonó la voz del representante de los estudiantes de la facultad de ciencias, Imanol Ordorika, quien al momento de retirarse del salón de sesiones del consejo con la minoría derrotada por la aplanadora institucional, soltó una maldición espartaquista que luego se integraría a la leyenda del CEU:


 


¡Volveremos y seremos miles!


 


Esto sucedió el 12 de septiembre de 1986.


“El CEU más que una organización es un estado de ánimo colectivo”, dice Carlos Imaz, de la Facultad de Ciencias Políticas.


Imanol desarrolla la idea: “es un estado de ánimo, es un símbolo, es una forma de expresión cultural de un sector de jóvenes de la ciudad e incluso de varias partes del país. Ha adquirido un status, la gente muchas veces habla del CEU y entiende una forma de oponerse a la autoridad”.


“Es un estado de ánimo que responde a los estímulos del medio ambiente. Hemos tenido que ir reinventando al CEU de acuerdo con las circunstancias”. Antonio Santos, de la Facultad de Filosofía y Letras, disiente: “eso de que es un estado de ánimo es una frase grandilocuente. Los estados de ánimo no se movilizan, no paran una reforma, no logran representantes en la organización del congreso…”


 


Los tres dirigentes hacen un balance provisional de la lucha del Consejo Estudiantil Universitario, el CEU, ante Esther Ibarra, reportera del semanario Proceso en enero de 1990. Se permiten discrepar públicamente, incluso ante la prensa, porque sus coincidencias en las cuestiones nodales son más que sólidas.


 


Ibarra es la misma periodista que dos años antes había escuchado al rector esbozar sus planes. En aquella ocasión Carpizo juzgó favorables las condiciones para llevarlos a cabo. “Los estudiantes no están organizados y tampoco tienen capacidad para levantar un movimiento. Han pasado casi 17 años desde el 68, y no hay una sola organización estudiantil y mucho menos líderes. Un movimiento y sus líderes no nacen ni se hacen de un día para otro”.


 


A Carpizo lo aconseja la cultura política priista: si se quiere contar con líderes, organización y capacidad de convocatoria hay que invertir tiempo, dinero y esfuerzo. Para combatir al CEU la administración universitaria gasto recursos de la institución en la fabricación de tres grupos estudiantiles adictos al status quo, al primero lo llamaron UNACE (Unidad Académica Estudiantil), al segundo VU (Voz Universitaria) y al tercero UU (Unidad Universitaria). Fueron tres fracasos consecutivos. Los militantes del CEU se reían al saber que la rectoría les deba a los miembros de estos grupos clases de como dirigir una asamblea. No pudieron impedir que el CEU fuera el interlocutor reconocido por las autoridades como representante de los estudiantes en el Diálogo Público que se celebró en enero de 1987 en el Auditorio Che Guevara. No pudieron cumplir su amenaza de romper por la fuerza la huelga estudiantil de febrero de ese año. No pudieron vencer al CEU en votaciones, ni cuando fue electa la Comisión Organizadora del Congreso Universitario en diciembre de 1987, ni en las elecciones de delegados al mismo congreso en 1990. Entonces Carpizo vio confirmada su tesis: ni líderes, ni organización, ni movimiento (en este caso contra-movimiento), nacen o se hacen en tres años, mucho menos de un día para otro.


 


A Carpizo se le escapa la razón de las luchas estudiantiles. El mismo movimiento del 68, al que hizo referencia, le podía haber llevado a considerar las cosas desde una perspectiva muy distinta. En determinadas condiciones un agravio puede desatar una verdadera tempestad en cuestión de horas.


El detonante del CEU es una afrenta concreta. De espaldas a los estudiantes y a la comunidad en general, en vacaciones, se aprueban una serie de disposiciones que apuntan a la exclusión clasista de importantes franjas del alumnado. Para falsificar la legitimidad requerida se ha simulado consultar a la comunidad, y para colmo, se han forzado las reglas de operación del mismo Consejo Universitario aplicando indebidamente la cláusula de obvia resolución prevista para asuntos irrelevantes, con lo que puso en tela de juicio, a ojos de los estudiantes, la legalidad de las medidas aprobadas por el Consejo Universitario en la sesión del 11 y 12 de septiembre del 86. Todo esto es causa de la indignación que se propagará por el campus durante los siguientes meses.


 


Los precursores de la protesta tienen cuidado de acompañar el descontento con la mínima racionalidad política necesaria. Precisión en las demandas planteadas y métodos democráticos en la toma de decisiones.


 


Aún en vacaciones, durante sus primeras reuniones los “activistas”, jóvenes militantes del microcosmos grupuscular izquierdista, deciden esforzarse por superar el sectarismo congénito y se proponen impulsar un movimiento de masas que se dote de su propio espacio organizativo. Acuerdan convocar a la movilización inmediata y a la constitución de un consejo estudiantil representativo.


 


Con ello se renuncia al vanguardismo y se reconoce el protagonismo de las masas como condición de posibilidad del movimiento necesario. Los grupos de activistas evitan ser un escollo a la participación general de los estudiantes y se disponen a fundirse en el movimiento aportando la experiencia y la cultura política, poca o mucha, acumulada. El esquematismo de no pocos de estos activistas sucumbiría en las próximas semanas y meses bajo el positivo influjo del análisis.


 


El 31 de octubre de 1986 en el auditorio Ho Chi Minh, de la Facultad de Economía, representantes de 22 escuelas forman el Consejo Estudiantil Universitario, algunos activistas han sido electos por las asambleas de sus escuelas como representantes al CEU pero muchos de los representantes no tienen un historial político previo. Destaca el hecho de que en las preparatorias la representación la encabecen mujeres.


 


Las decisiones que este consejo va a adoptar desde este momento hasta el final de la huelga a mediados de febrero del 87, van a considerar plazos muy cortos, se deciden acciones que van a llevarse a cabo en el plazo de una o dos semanas, esto es así porque se considera que las circunstancias están cambiando rápidamente y se requiere una constante valoración de la correlación de fuerzas entre los bandos contendientes. Las rutinas de la vida cotidiana han sido desplazadas por un agudo sentido de urgencia que marca el ritmo político, es el tiempo pleno de la crisis, no Kronos sino Kairós, el tiempo que puede reconfigurar el destino colectivo.


El impulso consciente del movimiento es hacia su propio crecimiento, los estudiantes del CEU se enseñan unos a otros un principio básico: la política es el arte de sumar voluntades. Hay que argumentar para convencer, nuestra fuerza proviene de la razón, hay que razonar para crecer. En cada manifestación una de las consignas que más se repiten dice: “¡somos un chingo y seremos más!”.


 


Para acrecentar su fuerza el CEU también se propone construir alianzas con los profesores, con los trabajadores de la universidad, con los investigadores, con los mismos padres y madres de los alumnos, con los estudiantes de otras instituciones, con los jóvenes de los barrios aunque no estén en la escuela, con todo tipo de organizaciones sociales.


 


Las exigencias del movimiento estudiantil expresan, en el primer momento el rechazo a la imposición del “plan- Carpizo”, la derogación de las medidas impugnadas. Esto significa preservar la plena integración del bachillerato universitario a la institución, la educación gratuita y la libertad de cátedra. Cuando el movimiento experimenta un importante crecimiento de su fuerza decide proponer la realización de un congreso universitario democrático y resolutivo para la reforma de la institución. El primer momento parecer tener un carácter defensivo y el segundo, caracterizado por la audacia de la propuesta, ofensivo.


 


Lo que ha operado esta transición programática es el desarrollo mismo del conflicto. Si en las primeras semanas la rectoría simplemente hubiera dado marcha atrás, lo más seguro es que las cosas hubieran vuelto a la calma, pero el empecinamiento autoritario propició el auge del descontento y el fortalecimiento de la organización estudiantil la impulsó a radicalizarse, a ir a la raíz de la crisis y proponer la reforma general de la institución. Las negociaciones de enero del 87 giraron alrededor de esto, su ruptura provocó la escalada: la huelga se tornó inevitable.


 


El 31 de enero inicia la huelga en todas las escuelas, se ha acordado no afectar los experimentos en curso, por lo que los investigadores pueden continuar laborando si así lo deciden. El 10 de febrero va a reunirse el Consejo Universitario así que toda la presión que puedan ejercer los estudiantes apunta en esa dirección.


 


El 9 de febrero el Zócalo recibe a la manifestación más concurrida que haya sido convocada por el CEU y esto impacta de tal manera que al día siguiente, por instrucciones del rector, el Consejo Universitario acepta convocar al Congreso y suspender hasta su realización las medidas que provocaron el conflicto.


 


En un clima de incredulidad que permea en importantes segmentos del estudiantado (el insólito caso del triunfo de un movimiento social), los grupos sectarios, atormentados por su escasa influencia a lo largo de todo el proceso, deciden aprovechar la oportunidad para intentar “tomar” la dirección del movimiento, pero su propuesta representa un salto al vacío: continuar la huelga sin propósitos concretos. La participación masiva en las asambleas que analizan lo concedido por las autoridades lleva al reconocimiento de que el recurso de la huelga ha servido a sus fines: abrir el camino hacia el congreso.La huelga se levanta reivindicando su triunfo gracias a la madurez política que han alcanzado los estudiantes en el curso de seis meses de intensa lucha.


 


La reforma universitaria está condicionada directamente por la relación de subordinación de la institución al régimen político estatal. La administración de la casa de estudios obedece las órdenes del gobierno, la autonomía es la cuestión primordial de la reforma.



El debate sobre la necesidad de la transformación democrática de la Universidad inicia con las primeras acciones estudiantiles de protesta en octubre de 1986. Son ideas en movimiento, evolucionan, se enriquecen con la participación de miles, de decenas de miles y finalmente de varias centenas de miles de estudiantes. En la discusión también participan profesores, investigadores y trabajadores administrativos. La comunidad universitaria vive apasionadamente la discusión, lo más rico de esto no son las consignas que resumen e inevitablemente simplifican, sino el hecho notorio de que cada quien está pensando con su propia cabeza. Para la generación del CEU el requisito de un individualismo tan patente fue la experiencia de la lucha colectiva. Fue la subversión masiva del orden la que creó los espacios de diálogo. Más allá de la huelga, la universidad discutió, votó, siguió luchando de muy diversas maneras para impulsar una reforma radical. Nunca la universidad se pensó así misma con tanta lucidez. Nunca en este ámbito un estado de ánimo colectivo llegó tan lejos.


 


El Congreso Universitario de mayo de 1990 lo discutió todo y aún si no tenía la posibilidad de resolverlo todo de golpe, si la tenía para abrir el camino. El mismo régimen que reaccionaba violentamente contra el desafío democrático que la sociedad civil lanzó en las elecciones de 1988, a través del rector Sarukhán, puso freno al congreso, congeló sus acuerdos e impuso en la universidad una situación de estancamiento que ha provocado los más graves conflictos y que hasta el día de hoy, treinta años después, impide su renacimiento. El punto de partida de un nuevo proceso de cambio en la institución universitaria es precisamente ese momento de la reflexión, el nivel más alto alcanzado por la rebeldía de ese estado de ánimo organizado.

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