Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Un dios y sus demonios

En el mundo existen quienes poseen un don extraordinario -a quienes se podría denominar virtuosos-, condición que las acerca al Olimpo, donde conviven con los mismísimos dioses, alejándose, al mismo tiempo, del común de los mortales. Michael Jackson, el niño prodigio, el bailarín excepcional, el compositor excelso, el cantante privilegiado, se ganó merecidamente su acceso al Olimpo, pero una vez ahí, perdió la perspectiva de las cosas. Él fue invitado por los dioses, pero ese hecho per se no lo convertía en uno de ellos. Los dioses pueden alejar a los demonios e inclusive están en condiciones de socorrer al común de los mortales, para que puedan lidiar con las grandes desventuras que enfrentan en sus vidas. Michael Jackson emuló a los dioses y pretendió ser como ellos, pero no contaba con la capacidad de alejar ni de neutralizar a los demonios que lo acosaron a lo largo de su vida.

¿Cómo llegó Michael Jackson al Olimpo? Para decirlo pronto, por su virtuosismo musical. Jackson escribió canciones pegajosas y memorables, muchas de ellas con mensajes anti-racistas, pacifistas y ambientalistas. Era un bailarín extraordinario, capaz de diseñar las coreografías más inverosímiles. Su famoso estilo de baile, cuando camina en reversa (moonwalk), siempre será imitado, aunque jamás igualado. Jackson fue, además, la primera gran estrella de música popular de raza negra capaz de lograr una audiencia global, con lo que rompió con el racismo que tradicionalmente caracterizó a las industrias del entretenimiento de Estados Unidos. Sin ir más lejos: cuando nació la cadena Music Television o MTV en 1981, los videos de cantantes negros simplemente no figuraban en su catálogo. Por insistencia de la disquera CBS, que amenazó con bloquear la aparición de cualesquiera de sus artistas en MTV, fue que la cadena empezó a transmitir el video de la canción “Beat It” de Michael Jackson, mismo que tuvo un éxito sin parangón, y que rompió con la “barrera racial”. Los videos musicales, por su parte, evolucionaron, gracias a Jackson, más allá de la tradición de mostrar a un cantante o grupo, para convertirse en verdaderos cortometrajes con guionistas, directores de renombre (como Martin Scorsese y John Landis) y, por supuesto, coreografías muy bien logradas. Pero las innovaciones no se detuvieron ahí: en la versión sin editar del video de Black or White, aparecen Bart y Homero Simpson, personajes de Los Simpson, de la que Jackson era un fan declarado (claro, los iconos admiran a otros iconos y ver a Michael Jackson y a Los Simpson en un mismo lugar, no es algo que se logre todos los días). También tuvo la sensibilidad de rodearse de músicos muy valiosos, como Quincy Jones, Eddie Van Halen y Slash.

Michael Jackson se ganó el derecho de sentarse a la diestra de los dioses y convivir con ellos. Su estancia en el Olimpo lo llevó a comportarse como un dios. Las deidades son benevolentes y generosas y desarrollan acciones encaminadas a mitigar el sufrimiento de los seres humanos. Michael Jackson, se dispuso entonces, a ayudar a muchas personas. Su filantropía y generosidad han sido ampliamente documentadas: la fundación Heal the World, por citar un ejemplo, se propuso apoyar la educación de los niños en la zona del Sahel, además de otras regiones de África. En 1985 Jackson reunió a 45 cantantes y artistas, en su mayoría estadounidenses, para grabar la célebre canción “We Are The World”, tema que contribuyó a recaudar millones de dólares para combatir la hambruna en países africanos. Incluso, el Presidente Ronald Reagan entregó a Jackson un reconocimiento por estas generosas acciones. En los 90, durante el gobierno de William Clinton, Jackson desarrolló una cruzada encaminada a recaudar fondos para la investigación en torno al VIH/SIDA y conminó a las autoridades estadounidenses a procurar más atención a esta enfermedad.

Su genialidad musical, combinada con su generosidad y solidaridad con los desvalidos, le ganaron a Jackson millones de adeptos en todo el mundo. Era venerado universalmente y estaba en la cúspide de su carrera, cuando, de repente, aparecieron sus demonios. El primero de ellos fue una extraña enfermedad, el vitíligo o leucodermia, que consiste en la destrucción de los melanocitos, responsables de dar color a la piel. Las primeras manifestaciones de la enfermedad en Jackson fueron en las manos -de ahí que usara en sus conciertos el estrafalario guante gigantesco con diamantes-, pero a medida que el padecimiento avanzó, el atribulado virtuoso decidió despintar el resto de su cuerpo que, en consecuencia, pasó de ser negro a blanco. Es posible que este acontecimiento lo haya llevado a buscar un renacimiento en su figura, lo que explicaría, entonces, las numerosas cirugías faciales y rinoplastias a que se sometió. Quizá su convivencia con los dioses, responsables de la vida humana, lo llevaron a querer volver a nacer, a darse una nueva vida, o por lo menos, una apariencia distinta. Como sea, en esta primera batalla, el demonio venció a Jackson.

El segundo demonio fue el de su sexualidad. Irónicamente, a pesar de haber sido el primer cantante que en sus presentaciones y videos tocaba explícita y cotidianamente sus genitales, la sexualidad de Michael Jackson fue motivo de un intenso escrutinio por los medios. Así, aparecieron las acusaciones de homosexualidad, seguidas por la pedofilia, e incluso las impugnaciones sobre sus matrimonios y paternidad. ¿Pretendió ser Baco, el Dios del vino y las orgías? Aun cuando así lo creyera, es evidente que también perdió la batalla ante este demonio.

El tercer demonio fueron los medios de comunicación. Los medios lo endiosaron, pero luego lo crucificaron. Podría argumentarse que Michael Jackson se apoyó en los medios para catapultar su carrera artística. También podría especularse que Jackson buscó estar presente en la industria del espectáculo a costa de su vida privada e intimidad. Pero en 1993, al lado de su hermana Janet, Michael Jackson grabó una canción -y el video correspondiente, mismo que tiene la fama de ser el más caro en la historia, con un costo de siete millones de dólares- denominada “Scream”, dirigida contra los medios y la cobertura que hicieron de los cargos de pedofilia y otros detalles de la vida privada del “Rey del pop”. La canción cuenta con estrofas en las que Janet y Michael reviran “Tired of you tellin’ the story your way, it’s causin’ confussion, you think is O. K.” (“estoy cansado de tu versión de las cosas, crea confusión, pero tú piensas que está bien”). La genialidad de Jackson quedó de manifiesto en el éxito de la canción y la calidad del video correspondiente, por lo que parecía que el “Rey del pop” lograba sacar provecho hasta de las acusaciones más graves que se le imputaban. Pese a “Scream”, el demonio de los medios nunca lo dejaría en paz, ganando a Jackson, la batalla final.

¿Por qué, en el Olimpo, Michael Jackson optó por vivir un infierno? ¿Por qué si estaba a la diestra de los dioses, no invocó su ayuda? Cierto, era solitario, tímido, introvertido y con profundos traumas de infancia, y en esas condiciones, cegado además por su éxito profesional, se convirtió en presa fácil de sus demonios. Pero no es por éstos que será recordado. Más allá de los errores que cometió, Michael Jackson compartió su genialidad con el común de los mortales. Su contribución al mundo de la música y la cultura popular se antoja insuperable. Ni siquiera se vislumbra en el horizonte alguna persona que pudiera, medianamente, igualarlo. Y Michael Jackson ya es inmortal. El rey ha muerto. ¡Viva el rey!

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