Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Tras la ceca y la meca

Yo, como puede usted observar, ya no soy joven, y

lo que no he visto de la vida no merece la pena verlo.

–Vladimir Nabokov

 

Lo del abuelo eran los aviones y el café –y una cubita por las tardes, por supuesto, mientras escuchaba tangos y le echaba bronca a la abuela–. Tanto, que al final, ya establecido en Cuernavaca, sólo quería irse a su tertulia en La Parroquia, donde se reunía con Tito Oteyza, Casasola y otros. Todavía en casa leía el periódico, igual que los demás, porque si no con qué pretexto iban a iniciar la charla, y con gesto compungido decía “¡Jo´: qué mal hablan de Pepe Andrés: yo creo que ni se lo digo a Tito, que a nadie le gusta que le critiquen al hijo”. He pensado que conectaba así las cosas porque a mi padre, que es su hijo y que mucha gente lo critica porque es un señor muy de una pieza –lo contrario que el hijo de Tito–, también le dicen Tito, sabe Dios a cuento de qué porque papá se llama José Luis (y hasta hacían la broma, que seguro soportan todos los que se apodan Tito, con la bobada de “mi hi-jo Tito”), y entre lo del hijo y el Tito y la cosa de las críticas venía tanta consideración con el amigo de toda la vida, pero, ya en el café, llegaba otro, al que el abuelo apodaba El Plomo y, apenas saludar, soltaba: “Óyeme, Tito, ¿has leído lo que dicen ahora de tu hijo, te has enterado de que le dicen El churumbel?” Y Tito, que siempre estuvo loco y era inventor -así, inventor, como Ciro Peraloca-: “¡Con lo mal que canta el Juan Lejido ése, había de sonarse antes de abrir la boca!”

Todo esto era a finales de los setenta y lo del Akaita –que es una de las formas de decir “café” en euskera y fue uno de tantos negocios que tuvo el abuelo, de los primeros en la hoy enfangada Zona Rosa, y después de mi padre– en los cincuenta y, con el perdón de El Morocho del Abasto, veinte años son algo, si no es que mucho, quiérase que no, porque cuando el Akaita gobernaba Miguel Alemán, que se hacía cantar por los sindicalizados -según me contaba mi abuela Chepa, que era por parte de mamá- una cancioncita pegajosa que iba más o menos así:

En nombre de la Libertad,

venimos todos a cantar

———————–á-:

¡Que viva Miguel Alemán!

En cambio lo de La Parroquia ya era en tiempos del Gitano Señorón: “dale, dale pienso al borriquillo…”, y que el borriquillo, administra y administra la abundancia, agarra vuelo como niño idiota con traje de Superman y se lanza al despeñadero, y entonces sí, después de no haber sido tan mal presidente según algunos despistados como yo, a ladrar y a lloriquear, gangoso como Juan Lejido, y todo México colgado de la brocha, como cada seis años, pero cada vez peor: Cualquier día de éstos va a aparecer en todos los periódicos un desplegado que en vez de “¿Tuo quoque, Luis?” diga “¿Tuo quoque, Quique, o Manlio…?, ¡o vaya usted a saber!: tampoco es de creerse que quienes pudieran decir esto cuenten con la cultura necesaria para el latinajo.

En el Akaita, en cambio, el problema de casi todas las mesas era Franco, “Caudillo de España por la gracia de Dios” (él mismo dixit), y Dios quedaba como trapeador el pobre, pero el culpable era el gallego zotaco y estaba tan lejos que el mayor peligro era que algún refugiado –¡cuidado con llamarle gachupín a uno de éstos!– se reventara el pulgar contra la mesa, porque es cierto lo del viejo chiste ése de “Este año cae Franco”.

Pero antes que todo esto, incluso antes de que pusiera el Akaita, el abuelo tuvo varias tertulias, la primera recién llegado a México, por ahí del cuarenta y cuatro, porque los abuelos, que ya tenían a papá, que nació en Madrid en pleno bombardeo con mi abuelo trepado en un caza, tuvieron un hijo francés, Fita, que les permitió sobrevivir en la Francia de Vichi más y mejor que los demás refugiados, que o eran metidos a campos de concentración o pasaban hambres, tanto que en un pequeño piso en el Barrio de los Pintores había un letrero junto a la puerta que decía “Alberti y Neruda, poetas” –el segundo era refugiado español honoris causa–. Hace ya un par de décadas, le escribí en una carta a Alberti, que era muy amigo de los abuelos y sobre todo de la tía Daniela, tanto que en su casa vivió mi padre algunos meses, que, por lo visto, La Vida o La Historia pasaron por ahí y se decidieron a solicitar sus servicios, y vaya que no las defraudaron. Luego tuvieron, los abuelos, un hijo chileno, el tío Nano, y luego una hija costarricense, la tía Nena. Así que trashumaron bastante antes de llegar a México, y medio establecerse, porque además estuvieron en Panamá, en Dominicana y qué sé yo cuántos países más y ya aquí vivieron en la capital, en Guadalajara, en Acapulco y en Cuernavaca por lo menos, donde el abuelo pensaba en aviones y en Bilbao mientras conversaba de cosas que ya a nadie le importan con amigos que han muertos, como el abuelo, como su mujer y dos de sus hijos, como mis ganas de escribir y mi capacidad de recordar, como “el deseo –cierto– de cambiar las cosas” al que se refirió Miguel Barnés en uno de sus poemas más bellos, ése que incluyó Cortázar en Bajo el crepúsculo, el libro que hizo cuando sabía que venía la muerte, apresurada e ineludible, como el deseo mismo de despertar cada mañana. Porque otros tienen otras vidas y sus muy personales y respetables maneras de vivirlas. Yo no me meto, ni opino, porque como vidas también tenemos muertes para cada uno según le va o le toca. Porque de todo cuanto ha sido ya sólo sobrevive el deseo de tomar un akaita mirando señoritas sin pensar en nada, absolutamente en nada, y eso parece bastante para alimentar a las mulas que tiran de la inercia idiota de las vida.

 

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