Cinque Terre

Arouet

Todos somos fisgones

Nos gusta mirar y escuchar lo que dicen y hacen los otros cuando (creen que) no son vistos y oídos, entre otras razones porque ellos hacen lo mismo que nosotros: hablan mal del prójimo al teléfono mientras convierten en píldoras sus secreciones nasales, dicen sus deseos más lúbricos frente al amante dispuesto o en sigilo (ellos creen que en sigilo) exponen el interés que les anima para advertir de tal o cual cosa aunque en realidad persiguen otra. No hablo de los ojos que averiguan discretos el entresijo del bulto en la entrepierna ni en el voyeurismo compartido o explayado por el adolescente en la mirilla de la puerta de la habitación de la tía, ni siquiera lo hago de aquel que se asoma a escondidas en los vericuetos de esa galería de vida privada que resolvemos publicar en Facebook.

Me refiero a espiar para revelar el sentimiento o la intención oculta, el engaño e incluso nada más el impulso intempestivo que detonan los complejos y la inseguridad cuando no la simple gana de invadir al otro para obtener la propiedad definitiva del “objeto” nuestro. Aludo también al asomo de luz en el desenlace de cualquier historia, al misterio revelado por el descuido del que olvidó la nota en el pantalón o la falda –y así exhibió la coartada–, mandó el mensaje equivocado o pronunció el nombre que no debiera; también al que lo hizo deliberadamente, es decir, al que mencionó el otro nombre con ella para que ella crepitara y el deseo convocara a tres en la cama que ocupan dos. Y entre esos aquellarres las rendijas del sexo y el negocio prohibido o los pactos oscuros, las imágenes o las palabras dichas satisfacen ese deseo de saberlo todo aunque ese todo signifique confirmar lo que sabemos: que el otro, y no nosotros, tiene doble moral, que el político y no nosotros es quien se esconde y roba; lo que pasa es que al confirmar lo que ya sabemos nos permite echar la culpa al otro, en tanto que nos escondemos para evitar ser vigilados por el otro y por llo, sucede con regularidad que al ser mostrado alguien en la plaza suscita la burla no siempre por lo que hizo o no sólo sino porque fue descubierto.

Este es el mercado del espía: amplio, vasto, diverso y heterogéneo. Como el público de ese coliseo romano que siquiera lo hago de aquel que se asoma a escondidas en los vericuetos de esa galería de vida privada que resolvemos publicar en Facebook. Me refiero a espiar para revelar el sentimiento o la intención oculta, el engaño e incluso nada más el impulso intempestivo que detonan los complejos y la inseguridad cuando no la simple gana de invadir al otro para obtener la propiedad definitiva del “objeto” nuestro. Aludo también al asomo de luz en el desenlace de cualquier historia, al misterio revelado por el descuido del que olvidó la nota en el pantalón o la falda –y así exhibió la coartada–, mandó el mensaje equivocado o pronunció el nombre que no debiera; también al que lo hizo deliberadamente, es decir, al que mencionó el otro nombre con ella para que ella crepitara y el deseo convocara a tres en la cama que ocupan dos. Y entre esos aquellarres las rendijas del sexo y el negocio prohibido o los pactos en las redes sociales se vuelca para destrozar al caído en desgracia y a él o a ella lanzarle el baldazo que jamás aceptaremos darnos a nosotros, por esa hipocresía que nada más se expresa en el sentimiento ajeno. Ahí está el personaje zarandeado en una tarima pública para el escarnio de todos (el público grita) porque ha hecho y dicho lo que nos ofende o incluso nos divierte porque en ese mercado hay quien considera que el insulto al otro puede ser nada más por diversión (por favor, no exageren) y que en la hoguera hasta las palabras pierden significado y puto no significa puto –no vayan ustedes a creer, sino amigo o compa, cabrón o lo que ustedes quieran (menos puto)– y el espionaje pues, el espionaje es una práctica milenaria que a nadie debe espantar, y a la que nos exponemos al no mantener las cortinas cerradas de cuando damos o recibimos por el culo porque, entre todo esto, ah, la vida privada es lo de menos.

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