Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Tiempos modernos: circo, maroma y web

El 22 de mayo de 2013 es clave en las calendas mexicanas si pretendemos anotar el hecho más destacado de la época contemporánea de México en materia de telecomunicaciones y radiodifusión. Y ante la inminencia de que la nueva ley sea publicada en el Diario Oficial de la Federación en ese mismo mes, lo que sigue es la ruta de la ley secundaria y los reglamentos que conlleva. Al respecto esperamos un hilvanado puntual que traduzca las aspiraciones que planteó la resolución legislativa y, con ustedes, lectores, asumimos el compromiso de ofrecer insumos para su análisis. Por ahora ofrecemos la iniciativa de José Luis Peralta, integrante de la Cofetel, columnista habitual de esta publicación y una de las personas más solventes en estos temas.

Además de lo anterior que, insistimos, trata de la empresa del mayor calado político que se haya hecho en aquellos temas, la información del mes pasado también sobresalió porque registra el relieve de las redes sociales con toda claridad en el país, los ejemplos usted los tiene presentes. Como vehículo difuminador de dichos o hechos (que siempre hay que verificar), sin duda influyeron para darle dimensión a esos ahora memorables desplantes de “influyentismo” que llevaron al presidente Peña Nieto a remover del cargo al entonces titular de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) y también desde esas redes se propaló la golpiza que un joven dio a su ex novia, con el relieve de que estos son nietos de importantes funcionarios públicos. Situaciones así seguirán dándose y, entre otras aristas, provocan la reflexión sobre el ámbito de la plataforma 2.0 que es a lo que dedicamos esta vez el tema principal mediante el ensayo de Sergio Octavio Contreras. Para nosotros un asunto es la protección de datos que deben garantizar las redes -por ejemplo Facebook que no siempre lo hace- y otro asunto es que los usuarios debemos hacernos cargo de que nuestro dichos y actos expresados ahí son públicos y pueden tener consecuencias públicas.

Y es que estos son tiempos modernos, los que han dado en llamarse como de la era digital y de los que se desprenden vertientes inconmensurables de reflexión y aun de recreación. La enorme brecha que aún hay en México, por ejemplo, entre quienes tienen acceso a la triple w y los 72 milllones de personas marginadas. Por ello resulta muy sugerente anotar el detalle de las tendencias que muestra al respecto el país, reseñado por Octavio Islas, un experto en la materia.

Es inevitable: un cambio de época como el de esta envergadura suscita la nostalgia por los años vividos cuando la comunicación no era instantánea, a distancia y simultánea en todo el planeta ni las imágenes tenían el fulgor de ahora. De ahí los recuerdos de ciertos palacios en ruinas, los cines de antaño de la ciudad de México, escritos por Mireya Maldonado con el sentimiento que tiene en la mano un reloj que ya no marca esa hora sino la de las pequeñas salas de proyección digital. Tiempos modernos sí, y no precisamente los que aludió Charles Chaplin en blanco y negro sino los de la explosión del color y el espacio tridimensional, del lenguaje de la imagen tan iconoclasta y seductora, dígalo sino la disección que elabora Lucía Saad al respecto de Lady Gaga y su asimilación del cristianismo.

Y ya que nostalgias sentimos, qué tal el entrecruce entre los luchadores legendarios del ring del México que se nos fue, los auténticos paladines de la justicia, y las otras figuras del cómic que los trasladan del tiempo y los encordados para que, entre trazos y trancazos, juntos vivamos otras gestas plagadas de ironía y humor hasta político, con ese talento tan creativo e irreverente de Jis y Trino -a quienes sus fans abrazamos desde acá-, evocados por Raúl Criollo mediante un texto que formará parte de la segunda edición de Quiero ver sangre! La historia ilustrada del cine de luchadores, escrito junto con José Xavier Návar y Rafael Aviña.

Y a propósito de nada, sabedores de que al mundo no lo sostiene nuestra espalda como dice en su diletante exposición Regina Freyman, y de que entonces nosotros escribimos la propia historia incluso aunque nos finjamos a nosotros mismos, cómo no recurrir a esa otra añeja fantasía que nombramos Circo, incluso aunque ésta salte hecha pedazos por la amargura del dueño de la carpa que desguazó el corazón de Melina Alzogaray y el nuestro. Al circo nos referimos, que conste, no al espectáculo que día con día ofrecen algunos políticos mediante piruetas verbales y otros malabarismos y maquillajes. Pensamos por ejemplo en la acrobracia de los diputados del PT que hace dos semanas dijeron que la ley de telecomunicaciones era un dictado del imperialismo yanqui. Háganos usted el favor.

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