José Luis Peralta

Comisionado de la Cofetel.

Tiempo y forma de la TV pública

Fue el conocido escritor y analista Umberto Eco quien trajo la advertencia en 1983. La discusión sobre el tránsito posible entre las llamadas paleo y neotelevisión “fue la primera toma de conciencia de que el medio empezaba a tener una historia propia”, afirma la maestra argentina Zulma Aramayo al respecto. Así, cuando el semiólogo italiano acuñó el término para calificar la mutación que había detectado, puede decirse que la televisión ya no fue la misma, que ya estaba en vías de transformar sus estructuras más arraigadas.

Y en efecto, los ejemplos pueden contarse. El zapping que rompió la norma publicitaria y obligó a introducir los mensajes comerciales en los argumentos televisivos, puede ser el primero de ellos y uno de los cambios más significativos, ya que incide en el modelo de negocios que desde los orígenes del medio fundamentó su capitalización económica. El desarrollo tecnológico que constantemente presiona para romper los monopolios estatales sobre el medio y organizar la participación privada en la estructura del servicio, asimismo toma relevancia. Qué decir de la segmentación de las audiencias, proceso que multiplicó los canales, generó señales temáticas, y abrió la puerta para fortalecer las plataformas restringidas. En la concepción de Eco, estos vectores y otros más fueron los elementos que obligaron al sistema televisivo a ser más real y menos ficción, a reinterpretarse para asumir su mudanza conceptual y a mirarse en el espejo para dejar de pasar desapercibida y reconocerse con todas sus características, determinantes y posibilidades a flor de piel. La neotelevisión que inicia su predominio, habla cada vez menos del mundo exterior y ya no lo transmite; ahora lo inventa. Con ello, “habla de sí misma y del contacto que está estableciendo con el público”, como resume Eco (1986).

El objetivo de la presente contribución es analizar el tránsito del servicio de televisión que Eco y otros especialistas más definen, y considerar esas aportaciones frente a una propuesta que es a la vez novedosa y también ya de larga data en nuestro país: el desarrollo de una televisión pública ya en el formato digital. Bajo esta premisa, de inicio se presentan algunos de los elementos que definen la primera transición, y que se complementan con conceptos y categorías emergentes, como la postelevisión, definida en su totalidad por sus cualidades interactivas. En este escenario donde los servicios de televisión vigentes de nuestro país ya se acomodan, se sugiere encontrar las coordenadas favorables para sugerir la operación de un servicio público de televisión que se adapte y aproveche todas las ventajas de esos escenarios y sobre todo contribuya al crecimiento de la sociedad mexicana y de sus ciudadanos.

De la paleo a lo postelevisión: ¿secuencia o proceso acumulativo?

Frente a la paleotelevisión, el distintivo neo se distancia por sus atributos para fragmentar y redefinir. Si la primera televisión llegó a 40 años de existencia y transmitió contenidos que sólo recreaban tres grandes áreas temáticas, la información; la educación y el entretenimiento, ahora parecen descomponerse cada uno de esos universos para desprender canales dedicados a un asunto específico, particular, que se trabaja desde todos los ángulos posibles. En la primera generación televisiva, las emisiones tuvieron por audiencia a las masas de espectadores de todo el mundo, para quienes se estructura una parrilla programática generalista que entronizó personajes y definió los primeros estereotipos del medio. Este destino masificado lleva a algunos autores a definir el modelo televisivo que lo cobija como fordista, por la manufactura en serie y con pocas variaciones, que a semejanza de las primeras líneas de montaje para producir automóviles, industrializaba la confección televisiva mediante economías de escala.

“Un Ford ‘T’ para todos”, clamaba Henry Ford para popularizar su auto más económico. ‘Mister Ed en todas las pantallas’, podría replicar Walter Brooks, el creador de la comedia, seguro de que Wilbur Post, el dueño del único caballo que habla, habría de conquistar las apetencias de los telespectadores en todo el mundo. Años después, el serial Perdidos en el Espacio que televisaba las vicisitudes de una familia ante los peligros del cosmos, vendría a demostrar el impacto de las series estadounidenses en la cultura de todo el planeta. En Francia, una encuesta levantada en las calles de la ciudad capital, demostró que los parisinos reconocían a la NASA como la primera agencia espacial, incluso por delante de la propia, la Agencia Espacial Europea que los representa. ¿El motivo? Cada miembro de la familia Robinson portaba el brazalete de la NASA, y ese detalle y el tono de aventuras de la serie, hizo creer que el organismo espacial de Estados Unidos era el único con capacidad para conquistar el universo.

Como esquema emergente, la neotelevisión introduce flexibilidad y rompe pues los modelos en serie. Le son características dos señales televisivas que el tiempo convertirá en canales insignia de los servicios restringidos: Cable News Network (CNN) y Music Television (MTV), que nacen en los ochentas. La primera dedicada a las noticias; el segundo explota los videoclips, formato naciente y sintético que va a popularizar a grupos e intérpretes en el escenario internacional. Es significativo que el primer video transmitido el 1º de agosto de 1981 por el canal restringido, haya recreado la canción del grupo inglés The Buggles, “Video kill the radio star” (“El video mató a la estrella de radio”). ¿Premonición o fatalidad? En cualquier escenario, debe reconocerse que con CNN y MTV se inauguran por lo menos dos tendencias que el tiempo tornaría estelares: i) la ruptura de la continuidad en la exposición lineal de los contenidos programáticos; y, ii) la mutación de los modelos del ver y consumir la televisión.

La redefinición del discurso televisivo y la mutación de los modos de consumo

El mensaje televisivo ha tenido una fluidez permanente que algunos autores asumen como macrodiscurso, en tanto conjunta varios géneros independientes que se unen en la transmisión cotidiana de la parrilla generalista. Tal particularidad es hechura de la paleotelevisión, que organizó horarios y audiencias para la venta del espacio publicitario y con ello creó la tradición y el hábito de ver televisión en horas establecidas, predeterminadas inclusive para disfrutar del programa deseado.

En la neotelevisión, la programación es más flexible para acomodarse al espectador y éste puede recrearla inclusive cuando le plazca y sin perder detalle. Con base en las grabadoras de video tradicionales, por ejemplo, se garantizó una nueva funcionalidad, el desplazamiento de tiempo (time-shifting), con la cual el receptor obtuvo la facilidad de almacenar o ver su programa favorito en el momento que más le convenía. Esta facilidad fue complementaria a la propia estructura programática, que también rompió las ataduras de la parrilla generalista y su fluidez discursiva. Día, mañana o tarde, por ejemplo, CNN presenta noticias, las últimas y el acontecimiento más reciente; MTV por su parte puede sintonizarse en cualquier momento y el espectador nunca será ajeno a la trama que se transmite: la sucesión de videoclips adopta la fragmentación del tiempo de programación y no se identifica ni principio ni final del discurso televisivo; incluso puede no haber programas y sólo se vehiculiza una corriente de programación que acapara las 24 horas para difundir lo mismo: videoclips en serie que entre sí son muy diferentes, y sin embargo no dejan de parecerse porque parten de la misma propuesta conceptual.

Como segunda tendencia, se destaca que los canales segmentados de la neotelevisión han generado condiciones inéditas y revolucionarias en el consumo televisivo, ya que han articulado una nueva relación del medio con su espectador. Conforme explica la maestra Zuria Aramayo1, en la primera generación televisiva el modelo es unidireccional, punto a multipunto; de un emisor a cientos o millones de receptores, que con su pasividad muestran su disposición para acoger el mensaje publicitario asociado al programa de su preferencia y, de hecho, recibir el mensaje que el programador ha decidido. Si no se desea ver esa transmisión, la alternativa es cambiar el canal o apagar al receptor.

Con la segmentación que propone la neotelevisión, las opciones para el televidente se superan porque la audiencia se individualiza y el espectador recobra su identidad, explora la incipiente interactividad que se le ofrece sobre ofertas cerradas -y el pago por evento de los servicios restringidos es el ejemplo tradicional de ello- y poco a poco reafirma su deseo y su capacidad para incrementar su participación, y demandar el contenido que guste o requiera, incluso el que le apetezca en ese y no en otro momento. Después, ya bien entrado el nuevo siglo, con la dinámica del consumo personalizado ya en movimiento y con la innovación tecnológica de la digitalización de la señal, surgen otras alternativas para interactuar con el sistema. Si el time-shifting que se ha descrito rompió la atadura del televidente con el aparato y le permitió ver su contenido favorito en el tiempo que mejor le acomodara, el llamado desplazamiento de lugar (place-shifting) que recién debuta en 2005 va más allá y se constituye como un nuevo vector de la cultura televisiva que complementa aquella función, y paradójicamente la desplaza, porque vuelve relativos tiempo, horarios y localización: una pieza de hardware de reducidas dimensiones capta y almacena los programas recibidos en casa, y vía Internet los retransmite para que el usuario no solamente los obtenga en el lugar físico donde se encuentre, sino también que los despliegue, manipule y disfrute en el aparato receptor de su preferencia y a la hora que mejor le plazca. Tal facilidad transforma a la televisión en edecán permanente, atenta y disponible, servicial, y con una vocación nómada acorde con el itinerario del consumidor que la desea como acompañante.

Ejemplos como el anterior tienden a multiplicarse y argumentan con claridad la metamorfosis tecnológica y de mercado que experimenta la televisión en todo el mundo. La digitalización de la señal y el empalme de todos los sistemas de producción y distribución de señales en el protocolo IP de Internet y en nuevos formatos de compresión, han roto las estructuras tradicionales de la televisión abierta mediante la adopción de algunas de las cualidades intrínsecas a ese cambio. De comienzo, son de mencionarse la flexibilidad, que se traduce en una imprescindible y permanente adaptación a los requerimientos y dinámicas del mercado, sustento en los gustos y preferencias de los consumidores, y por lo mismo caracterizados más por su volatilidad que por su permanencia. Enseguida, la renovación, que tanto aprieta los tiempos de producción y empaque de las señales, como obliga a generar más contenidos de manera continua, en secuencias cada vez más cortas y efímeras, definidas por los cambios en el mercado y por el enorme arsenal de alternativas para la distribución electrónica de señales. Finalmente, la movilidad, condicionante que obliga a colocar los productos en donde se requieran y con las particularidades técnicas asociadas a cada caso. Tal amplitud determina desde el tipo de contenido a incluir en la prestación -por ejemplo, programas de argumento simple, para su desahogo en poco tiempo- hasta las dimensiones de los formatos de presentación, que lo mismo deben incluir la pantalla del teléfono celular normada por algunas pulgadas, que los receptores planos de grandes dimensiones, casados ya con la alta definición. Las tres cualidades apuntadas se envuelven además por la imperiosa interactividad en línea, que abruma por respuestas inmediatas, oportunas y suficientes si se desea consolidar el suministro y mantenerse en el escenario de servicio.

Si se analizan a mayor detalle los cambios del servicio televisivo, resulta claro que la transformación del medio televisivo ha tomado como centro de preocupación al individuo. Sus gustos y necesidades dieron sustento a la primera etapa y la publicidad sirvió tanto para informar del universo de bienes y servicios disponibles, como para proyectar pautas de consumo que efectivamente ayudaran a que lo ofrecido se vendiera y realizara. Después, puede decirse que el medio atendió los referentes simbólicos, y la programación ofrecida tanto reprodujo aquellos estándares de la cultura de masas que industrializaron los contenidos, como asimiló aunque en menor medida a la alta cultura, donde quedaron clasificados todos aquellos programas que reproducían las manifestaciones artísticas tradicionales, como el cine de autor; la música o el teatro. Uno y otro programa poblaron los contenidos generalistas de la paleotelevisión, aunque para todos fue claro que los espectadores de una emisión deportiva, eran distintos a los que disfrutaban la ópera o la película de culto. El germen de la fragmentación de las audiencias estaba presente ya, y las etapas siguientes han sido el profundizar del proceso para enfocar la atención por completo en el individuo, en sus gustos, necesidades; preferencias, y hoy en día en sus enormes posibilidades de expresión y comunicación, que acaso siempre estuvieron presentes.

Pero a contraparte de su presencia por demás elocuente, la tecnología no supera la relación entre el sistema televisivo y sus espectadores, que también ha cambiado. A partir de la interactividad ganada que modifica la estructura vertical sin retroalimentación que prevaleció por más de 60 años, hoy el espectador se asume también como emisor televisivo, como fuente constante de información y discusión en el medio y fuera de él, para ratificar su identidad cultural y ciudadana. Como objetivo, tal reafirmación incluso ontológica, ha llevado a plantear la apropiación social del medio, situación que las entidades de análisis prospectivo ya describen como televisión personal o televisión de proximidad. En cualquiera de las dos definiciones, la fórmula cumple el pronóstico que escribe Monedero respecto al futuro del telespectador: hoy en día, afirma, “pasa por convertirlo en teleusuario” (2011:114).

La oportunidad de la televisión pública

El nuevo protagonismo televisivo que se expresa en la categoría de teleusuario, o igual de prosumidor que desde los ochenta se maneja para reflejar el nuevo activismo comunicativo del individuo, corre paralelo a las formas y modalidades que los ciudadanos han adoptado para interactuar con la sociedad y expresar sus preocupaciones, inquietudes y deseos. La presencia de la sociedad civil y de las organizaciones sociales es un claro ejemplo de este involucramiento mayor de ciudadanos y grupos en la gestión de la cosa pública y de sus instrumentos y resultados. La demanda de información, de conocimiento; de mayor participación política y sobre todo de un mayor nivel de vida, cuyo valor social ya no se determina únicamente por la acumulación de activos, sino sobre todo se conforma como todo un ambiente que permite a las personas el disfrutar de vidas largas, saludables y creativas, según lo definió desde 1996 el economista paquistaní Mahbub ul Haq, pionero en concebir la teoría del desarrollo humano e igual fundador del reporte que lo sistematiza a nivel internacional. En este ambiente de realización personal y colectiva, la comunicación y sus instrumentos juegan un papel decisivo. Su ausencia puede inhibir el crecimiento y superación social tanto como su presencia coadyuvar a que se fortalezcan y acumulen esas condiciones.

Con sesenta años de existencia, la televisión es el sistema masivo de comunicación de mayor cobertura en nuestro país. Según la Encuesta de Disponibilidad de las Tecnologías de la Información y Comunicación en los Hogares del 2010 que realiza el INEGI, hasta el 94.7% de los hogares nacionales dispone al menos de un aparato receptor del servicio. Otros datos de gran contraste señalan que en no pocas casas funciona más de un televisor, y también que todavía existen algunas regiones geográficas alejadas de los centros urbanos donde el medio es la única alternativa para establecer contacto con el resto del país. Las 461 concesiones de televisión comercial permiten que el 90% de los mexicanos reciba por lo menos una señal televisiva nacional. Otras 280 estaciones conforman los canales no comerciales y su penetración es variable porque su cobertura es estatal y en algunos casos regional. La preferencia social parece centrarse en la recepción de los canales comerciales, incluso mediante las plataformas restringidas. Un estudio de la Comisión Federal de Competencia difundido en la prensa en el 20072, por ejemplo, establece una referencia sorpresiva: la audiencia nacional de televisión restringida, destina el 45% del tiempo que dedica a la televisión a la sintonía de los canales nacionales del sistema abierto. ¿Costumbre? ¿Programas asertivos? ¿Necesidad de diversificación?

El modelo de negocios que han explotado las estaciones comerciales depende de los ingresos publicitarios. Desde 2006, la televisión ha sido en efecto el escaparate preferido del anunciante, y del presupuesto dedicado en ese ejercicio, poco más de 57 mil millones de pesos (precios corrientes), el 58.2% se canalizó a las pantallas televisivas. En el 2010 la participación del medio se reduce aunque sigue siendo dominante.

Del total invertido, 61 mil 574 millones, mantuvo en efecto el 54.8%, es decir, poco más de 33 mil 700 millones de pesos.

La dependencia del recurso publicitario determina la estructura de los mercados que define a la televisión abierta. La empresa anunciante de bienes y servicios es el usuario natural de su oferta y obtiene del receptor un servicio gratuito que coadyuva en sus decisiones de compra. Puede entonces afirmarse que son los protagonistas del consumo quienes participan en el intercambio económico realizado con las televisoras. Debe destacarse también la propaganda que canaliza el medio, la cual sirve como vehículo para informar las decisiones de gobierno y sus resultados. Por la época que vivimos, es fundamental resaltar asimismo la información electoral y las campañas políticas, que aparecen como otra forma de establecer vínculos informativos con el ciudadano para obtener su atención. En cada uno de estos casos, el mensaje publicitario se dirige a una audiencia determinada, que la estación televisora busca atraer mediante la programación adecuada. Basta ver el tipo de bien o servicio que se anuncia en un horario determinado, para deducir el público que observa la emisión.

En tanto la estructura operativa en funcionamiento relacione anunciantes con audiencias específicas, la empresa televisiva sólo puede recuperar la inversión realizada para conformar su servicio si optimiza sus productos, que en su caso se expresa en la necesidad de concretar la mayor audiencia posible para vender al mejor precio el tiempo de transmisión publicitaria. Bajo esta premisa, la rentabilidad de la televisora está en función de sumar la mayor parte del universo de receptores y por lo mismo puede aumentar el precio de sus tiempos de transmisión a lo largo de las 24 horas del día, con las fracciones que requieran sus anunciantes. Si la oferta televisiva comercial aumenta por el funcionamiento de otras estaciones, se pulveriza la cantidad de espectadores por los que atiendan la nueva programación y se desgaja la economía lograda. Así pues, el análisis a detalle de esta relación; la prospectiva sobre escenarios de servicio, y el reflexionar sobre la articulación señalada y sus opciones de recambio, deben ser premisas a evaluar para prever el futuro inmediato de las opciones televisivas abiertas.

La explotación económica de la articulación anunciante / tiempo de transmisión / audiencias ha configurado entonces un esquema económico exitoso por más de 60 años. Si bien dicha fórmula habrá de funcionar hasta que el mercado cuestione su viabilidad, resulta adecuado repensar su funcionalidad social, sobre todo si se le enfrenta a los condicionantes que supone la renovación del funcionamiento y desarrollo de la sociedad y de los ciudadanos que se ha evocado. En tanto la sinergia audiencia / tiempo de transmisión se está transformando y las bases del modelo de negocios habrán de erosionarse por necesidad, conviene revisar el papel que tiene la televisión en nuestros días y el rol que puede tomar para generar las opciones comunicativas y de expresión social que se requieren, incluso con urgencia. Esta reflexión es tanto más inaplazable al atender la argumentación de los especialistas, en este caso de autor español Enrique Bustamante sobre el destino de la televisión en su tránsito hacia el esquema digital terrestre. Como sugiere el especialista, el aprovechamiento del nuevo formato si bien debe generar modelos de negocios originales, también debe combinarse con un modelo de servicios para el ciudadano, cuyo arraigo con las condiciones históricomateriales y socioeconómicas que caracterizan al país huésped habrá de determinar el éxito o el fracaso de su propuesta operativa.

El aprovechamiento de la TDT debe sujetarse entonces a un necesario equilibrio entre ambos conjuntos (Cfr. Bustamante, 2008). Una polarización hacia cualquiera de esos extremos llevará al dispendio de la tecnología porque la convivencia de opciones distintas es la base del formato digital y de su plataforma de optimización de la capacidad disponible. Sin diversificación de autores y de propuestas, ¿para qué migrar hacia un medio que ofrece lo idéntico, que tiene la misma identidad? Tal contradicción obliga a incluir más contenidos. Es lo que la audiencia desea sin importar la identidad de quienes los proporcionan, puede incluso concluirse. Sin embargo, esta pregunta es apenas el cuestionamiento inicial, ya que más canales ocupados pueden en efecto carecer de novedad y no aportar diferencia alguna, distinción alguna respecto a la oferta existente. Monedero es preciso al ratificar esta observación. Señala: “la multiplicación de la oferta, la mejora de la calidad técnica y la entrada de nuevos actores no significan necesariamente una mayor y mejor variedad de contenidos”.

Nuestra propuesta para diseñar y estructurar una televisión pública parte incluso de definir los términos jurídicos que cobijarían su desarrollo y en definir con claridad que una emisora de esa vocación y una estación comercial no son mercados sustitutos ya que relacionan y estructuran sus intercambios con segmentos socioeconómicos de distinta naturaleza. En su operación rutinaria, la televisión abierta comercial atiende al mercado del anunciante y del consumidor, y el mercado potencial de una propuesta pública es el ciudadano y sus expresiones e intereses, requerimientos que se atienden como la prioridad que representan en el mundo actual. Las dos televisoras, así, cumplen una funcionalidad diferente, y los requerimientos de comunicación, de expresión y de cultura de la sociedad pueden cubrirse desde muchas trincheras. En este tema mientras más opciones existan, la sociedad será mejor servida.

En el terreno jurídico-legal, la propuesta a desarrollar deberá considerar y asimilar distintas obligaciones existentes en el marco que nos obliga en la actualidad. De inicio, en términos del artículo 20 de la Ley Federal de Radio y Televisión y considerando los efectos de la sentencia relativa a la acción de inconstitucionalidad 26/2006, el procedimiento para que pueda otorgarse el permiso a explotar es:

I. Los solicitantes deben presentar la información siguiente:

a) Datos generales y acreditamiento de la nacionalidad mexicana;

b) Proyecto de producción y programación;

c) Opinión favorable de la Comisión Federal de Competencia; y

d)Programa de desarrollo y servicio de la estación.

II. La Comisión Federal de Telecomunicaciones (Cofetel) puede recabar información adicional de otras autoridades o instancias, para el cabal conocimiento de las características de cada solicitud, del solicitante y de su idoneidad para recibir el permiso de que se trate.

III. Cumplidos los requisitos exigidos y considerando la función social de la radiodifusión, la Cofetel resolverá sobre el otorgamiento del permiso.

La Cofetel podrá otorgar el permiso correspondiente por una duración que no excederá de 20 años, renovables por plazos iguales.

De acuerdo con este esquema de la ley, la iniciativa, diseño y definición para la obtención de un permiso para cualquier tipo estación que no sea comercial, está a cargo del interesado, sea privado o público, pues esta disposición propiamente no establece que la autoridad tenga que realizar acciones de preparación para el establecimiento de estas estaciones que no requieren concesión, inclusive, para estos casos la ley se refiere a solicitantes en vez de interesados como lo hace tratándose de los programas de concesionamiento, pues a estos solicitantes les corresponde excitar o solicitar a la Cofetel para la emisión, previo análisis y evaluación, del permiso respectivo. En efecto, no existe explícitamente una norma de la Ley Federal de Radio y Televisión que indique que la Cofetel deba elaborar un programa que contenga la ubicación de las estaciones de radiodifusión y demás características de las frecuencias que pueden ser permisionadas para la operación de una cadena de televisión pública. No obstante, al contar con facultades exclusivas en materia de radiodifusión y como autoridad encargada de regular, promover y supervisar el desarrollo eficiente y la cobertura social amplia de las telecomunicaciones y radiodifusión en nuestro país; con facultades para promover las inversiones en infraestructura y servicios de televisión, impulsando el desarrollo regional, la Cofetel podría desarrollar una política de televisión pública para apuntalar y cumplir con estos objetivos previstos en la ley. Esta alternativa legal es en extremo estimulante para la propuesta en comento.

Más aún, con independencia de que la Ley únicamente se refiera al otorgamiento de permisos bajo el esquema de excitativa de los solicitantes, la Cofetel podría diseñar esquemas regulatorios que no descansen en la concepción y ejecución exclusiva de los solicitantes, sino que complementariamente, se conjuguen visiones y programas de cobertura geográfica y acceso a sectores de menores ingresos para llevar contenidos que reflejen mayor pluralidad y sentido crítico, y que busquen el mejoramiento de la convivencia humana como lo señala la Ley. Cofetel cuenta implícitamente con estas atribuciones para definir un tipo programa o política de televisión pública, en la medida que no vulnera alguna disposición normativa y en cambio, sí pretende dar cumplimiento a su mandato legal.

La Cofetel cuenta con la facultad para determinar la naturaleza y propósito de las estaciones de televisión, como pueden ser comerciales, oficiales, culturales, de experimentación, escuelas radiofónicas, o de cualquier índole. Con base en esta facultad, la televisión pública podría insertarse como una categoría adicional por desarrollar. Sin pretender definir o delimitar la idea de lo que es la televisión pública, debe resaltarse que la reforma del 11 de abril de 2006 a la Ley Federal de Radio y Televisión, no hizo reconocimiento expreso de esta categoría. El artículo 21-A3 establece que se pueden otorgar permisos de estaciones oficiales a dependencias y entidades de la Administración Pública Federal, estatal o municipal, así como a las instituciones educativas públicas. Sin embargo, una estación oficial no es exactamente equiparable a lo que puede entenderse por una estación pública. Sobre este punto, es conveniente precisar, que desde un punto de vista personal, la televisión pública se instituye como una idea abierta, con la pretensión de proporcionar a la audiencia un trato más allá de consumidores, pretende informarlos para la toma de decisiones en la vida social, es decir, los medios son instrumentos para el ejercicio efectivo de otros derechos que necesariamente están asociados a los aspectos participativos, de modo tal que la audiencia es vista como ciudadanía plena y capacitada en un contorno social que aspira legítimamente a consolidar y fortalecer su democracia. Así, una estación oficial de televisión en la mayoría de los casos podría asimilarse a un medio público, aunque no necesariamente se refieran a lo mismo y cuenten con la misma forma de operación y difusión.

En todo caso, se considera que el marco previsto en los artículos 20 y 21-A de la Ley Federal y Televisión resulta insuficiente para desarrollar un programa o política de televisión pública, situación que nos constriñe a la aplicación de los principios y finalidades de la radiodifusión para emprender una misión de esta naturaleza y dotar de cierto contenido tangible estos valores y misiones programáticas. Tal insuficiencia no es irremediable.

La información correctamente utilizada fomenta una mejor comprensión de la realidad social, entre ella lo político y económico está comprendido, y erige como un espacio para la transformación social en la medida que incorpora a los sectores menos favorecidos. La televisión pública constituye un espacio para la expresión de quienes no lo encuentran o no se sienten identificados con otros medios de comunicación. Consecuentemente, es un contrapeso y complemento informativo y cultural. Siguiendo esta idea, la televisión pública adquiere una gran importancia en la medida que representa un medio de información para un sector importante de la ciudadanía, por lo que su neutralidad debe estar protegida.

Evidentemente no se trata de sustituir o remplazar la televisión comercial, lo que se pretende es darle mayor sentido y aplicación a su función social y al principio que le debe ser connatural, pluralidad y diversidad.

Una nueva estructura televisiva que justo encuentre su objetivo en el intercambio con la sociedad, vendría a enriquecer y a optimizar la amplia experiencia nacional en el funcionamiento de estaciones televisoras que trabajan con recursos públicos. Como se sabe, en 1959 se funda la primera de ellas, Canal once del Instituto Politécnico Nacional, cuya operación rutinaria ha sido motivo de reconocimiento internacional en varias oportunidades. Esta experiencia resalta con otras que consideran a los medios públicos en general como voceros de las autoridades en turno porque disponen de presupuestos Estatales. Como indica la amplia tradición de análisis sobre el tema desarrollada en nuestro país (Cfr. Ortega, 2006 y Toussaint, 2007), la independencia de los poderes públicos y la autonomía en su gestión y ejercicio, son dos requisitos fundamentales a garantizar en la operación de una televisión pública. A ello, se suman dos requerimientos más que de lograr un buen desempeño refrendan el desarrollo del medio: al ser en efecto condiciones garantes del buen desempeño de cualquier entidad pública, la transparencia en el gasto y la gestión, y la rendición de cuentas, tendrían también obligatoriedad en la emisora a crear.

Otras emisoras estatales han logrado identificarse con la población a la que sirven, y ese ejemplo puede reproducirse con dos motivaciones: i) para originar la llamada televisión de proximidad, que descentraliza los sistemas cerrados y concede un mayor dinamismo y flexibilidad a la estación, para satisfacer los intereses específicos de los ciudadanos; expandir la cultura y la comunicación en sus zonas naturales de influencia; contribuir al pluralismo informativo y a la diversificación de géneros y contenidos, y, finalmente, para coadyuvar en la formación de una opinión pública libre; fresca; informada (Quintana, 2005). Y, ii) otorgar una nueva funcionalidad a la televisión nacional, para conformar un espejo que proyecte nuestro acontecer como país, e igual sea referente de aquellas iniciativas nacionales que aglutinan e interpretan nuestra identidad e idiosincrasia. Para combinar ambas propuestas es factible retomar la idea de constituir un gran sistema de televisión abierta vía satélite, que permitiría multiplicar substancialmente el número de canales disponibles (Casasús, 2011), y con el arreglo adecuado entre estaciones transmisoras y receptoras, combinar ambos tipos de emisiones a semejanza de las transmisiones nacionales y locales que hoy llevan a cabo cotidianamente las dos televisoras comerciales en operación.

Reafirmar el concepto de interés público y fortalecer su defensa y consolidación, son dos objetivos fundamentales del aparato Estatal de difusión masiva, e igual serían principios del accionar cotidiano de la nueva televisora. Servir ese interés es su razón de ser y, en tanto expresión estatal, buscar concretarlo en tanto se tiene potestad para asegurar un doble derecho social:

• el relacionado con la recepción, ya que disponen de los medios para promover que todos los ciudadanos reciban la señal que emiten, sin importar su condición económica; residencia geográfica; ideología o identificación política. Los medios públicos se conciben entonces como plataformas abiertas, disponibles para todos y con acceso irrestricto. Y,

• el relativo a la diversidad, habida cuenta de que las audiencias nacionales y locales representan intereses distintos, inclusive disidentes entre sí, y que éstos deben estar representados mediante los contenidos que se ofrecen.

Los dos derechos señalados se relacionan con las funciones estelares de los medios públicos, las cuales también debiera cultivar la televisora que los argumenta: 1.Garantizar que el intercambio simbólico de la sociedad se realice sin discriminación económica o social, y fungir como un instrumento de redistribución de los bienes y servicios producidos con criterios sociales más que rentables;

2.Como señalan Novelli y Pincolini (Citado en Monedero, 2011:115), fomentar la capacidad de “ver la cultura en manifestaciones populares como la música; la danza y otras prácticas de sociabilidad cotidiana”. Bajo este prisma de interpretación, el discurso televisivo puede promover y transmitir “un amplio caudal de representaciones sociales que se convierten en elementos vertebradores del conocimiento socialmente compartido por los grupos de población que, haciendo uso del mismo, también actúan se desempeñan como ciudadanos en ejercicio” (ibidem). De lograrse este propósito, la retroalimentación, el diálogo entre pares, que supone la comunicación podría concretarse.

3.Alimentar la discusión racional e informada de sus contenidos y de sus estructuras de organización, operación y desempeño, buscando mejorar cada día para ofrecer un óptimo servicio público. Como señala Omar Rincón (2010), los medios públicos del país no deben imitar a nadie y deben crear su historia propia y colectiva.

Las ideas que se han presentado tienen por propósito el iniciar y contribuir en la discusión sobre el futuro de nuestro sistema televisivo. Creo con convicción que varias de las propuestas pueden concretarse si existe voluntad para ello. Y es convicción también que para lograrlo tenemos que reflexionar, proponer, discutir, y desahogar otras muchas actividades con vehemencia, con la intensidad propia del deseo de ver que nuestro país sea mejor cada día.

Bibliografía:

Bustamante, E. (2008). “La política y los lobbies pueden frustrar las expectativas de diversidad”. En: Diálogos de la Comunicación, No 77; Julio-Diciembre. Disponible en: http: / /www.dialogos felafacs .net /77/ar t iculos /pdf /77EnriqueBustamante.pdf Casasús, C. (2011).

Ponencia en el Primer Foro de Debate de Telecomunicaciones. Televisión abierta: evolución a un mercado en competencia. México, D.F., Escuela Libre de Derecho; 8 de abril. Eco, U. (1986). “TV: la transparencia perdida”. En: Eco, U. La estrategia de la ilusión. Barcelona, Editorial Lumen. Haq, Mahbub (1996).

Reflections on human development. Oxford, Oxford University Press. Monedero, C. (2011). “La representación audiovisual de la cultura más cercana. Presente y futuro de la participación ciudadana en la televisión”. En: García, M.; López, M. et Ruíz, M.J. Medios de comunicación y cultura: ¿cultura a medias? Barcelona, Amelia Romero Editora (Colección Los Libros de la Frontera).

Ortega, P. (2006). La otra televisión. Por qué no tenemos televisión pública. México, Análisis Ediciones y Cultura; editorial e Quintana, P. (2005). “El telespectador, soberano o marioneta del devenir político”. En: Varios. Libro de Actas del Congreso Hispanoluso de Comunicación y Educación. Huelva, España; Grupo Comunicar.

Rincón, O. (2010) Pensar la comunicación desde el sindicalismo. Documento producido para la Conferencia Sindical “Democratización de la Comunicación”, Noviembre 1 y 2; Montevideo, Uruguay.

Scolari, C. (2008). “Hacia la hipertelevisión. Los primeros síntomas de una nueva configuración del dispositivo televisivo”. En: Diálogos de la Comunicación. No 77; juliodiciembre.

Toussaint, F. (2009) La televisión pública en México. Directorio y diagnóstico (2007-2008). México, Universidad Nacional Autónoma de México – Plaza y Janés Editores.

Notas:

1 Cfr. Paleo, Neo y Postelevisión. Disponible en: http://www.slideshare.net/zulmaaramayo/paleoneo-y-post-televisin 13 de diciembre de 2011.

2 Angelina Mejía Guerrero. “CFC: acceso a los contenidos de Televisa, necesario”. En: El Universal, 18 de julio de 2007. Artículo 21-A.- La Secretaría podrá otorgar permisos de estaciones oficiales a dependencias de la Administración Pública Federal Centralizada, a las entidades a que se refieren los artículos 2, 3 y 5 de la Ley Federal de las Entidades Paraestatales, a los gobiernos estatales y municipales y a las instituciones educativas públicas. En adición a lo señalado en el artículo 20 de esta ley, para otorgar permisos a estaciones oficiales, se requerirá lo siguiente: I. Que dentro de los fines de la estación se encuentre:

a) Coadyuvar al fortalecimiento de la participación democrática de la sociedad, garantizando mecanismos de acceso público en la programación;

b) Difundir información de interés público;

c) Fortalecer la identidad regional en el marco de la unidad nacional;

d) Transparentar la gestión pública e informar a la ciudadanía sobre sus programas y acciones;

e) Privilegiar en sus contenidos la producción de origen nacional;

f) Fomentar los valores y creatividad artísticos locales y nacionales a través de la difusión de la producción independiente, y

g) Los demás que señalen los ordenamientos específicos de la materia.

II. Que dentro de sus facultades u objeto se encuentra previsto el instalar y operar estaciones de radio y televisión;

III. Tratándose de dependencias de la Administración Pública Federal, acuerdo favorable del titular de la dependencia;

IV. En el caso de los gobiernos estatales y municipales, acuerdo del titular del poder ejecutivo del Estado o del presidente municipal, según corresponda;

V. En los demás casos, acuerdo favorable del órgano de gobierno de que se trate, y

VI. En todos los casos, documentación que acredite que el solicitante cuenta con la autorización de las partidas presupuestales necesarias para llevar a cabo la instalación y operación de la estación, de conformidad con la legislación que le resulte aplicable.

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