José Luis Peralta

Comisionado de la Cofetel.

Televisión digital terrestre vis a vis televisión en banda ancha

En septiembre de 1950, el Canal 4 de televisión comenzó sus operaciones en la Ciudad de México. Transmitió el IV Informe presidencial de Miguel Alemán Valdés, quien cumplía su quinto año de gobierno. En blanco y negro, y sin juego alguno en el emplazamiento de las cámaras que captaban la imagen, los pocos espectadores del medio tuvieron oportunidad de contemplar el nacimiento del medio de comunicación más importante que tiene nuestro país. Después de seis décadas, la televisión llega, en efecto, a 94.7% de los hogares nacionales y su único rival posible en cobertura es la radio, que logra 93% de penetración social. Para muchos mexicanos, ambos servicios son el único medio de contacto con el resto del país. Es su enlace con la información; el entretenimiento, los deportes, la cultura.

A 62 años de distancia de la inauguración del servicio televisivo, las imágenes de aquella emisión pionera pueden apreciarse de nuevo, incluso en su formato original. Varias páginas en Internet rinden cuenta del suceso y en YouTube se incluye el video del acontecimiento. Cualquier internauta puede ver y escuchar al que era el Presidente de México en aquel momento histórico, únicamente debe solicitarlo cuando así lo desee y podrá observarlo tantas veces como le apetezca. Más aún: como cualquier contenido del portal, el video provoca reacciones distintas de quienes lo observan, a favor y en contra, sin censura alguna, libre para todos. (Cfr. www.youtube.com/watch?=qCUWu03B7M2. 11 de agosto de 2011).

El ejemplo anterior, su reproducción permanente y en un conjunto temático de extraordinaria amplitud, revela con claridad el gran contraste que hoy existe entre el servicio televisivo -que hemos conocido y apreciado por varias décadas- y las nuevas plataformas de distribución de contenidos que, desde luego, incluyen a los programas televisivos y los adicionan y explotan con una gran versatilidad en formatos cada vez más flexibles. Esta enorme diferencia que aparece entre uno y otro universo es palpable y ya motivo de diversas interpretaciones teóricas y conceptuales que buscan entenderla y pronosticar su desarrollo y tendencias posibles. Una especialista en el estudio de las nuevas tecnologías aplicadas a la televisión, por ejemplo, es precisa en su comentario.

“Las tecnologías digitales -dice- han propiciado que el negocio de la televisión se amplíe a aspectos hasta ahora no desarrollados. Más allá del entretenimiento audiovisual clásico, la interactividad, el ancho de banda y la posibilidad de mezclar diferentes tipos de señales, nos marcan un futuro multimedia que abre nuevas vías de rentabilidad. El planteamiento de relación con el usuario de Internet se introduce en el nuevo concepto de lo que es ahora televisión, multiplicando las posibilidades. La convergencia multimedia es ya un hecho…;[…;]…; El negocio del siglo XXI es el negocio de los contenidos” (Millán, 2001).

Otros expertos en la temática van más lejos y describen el desafío que hoy enfrenta la televisión tradicional. “Las televisiones ven que el modelo unidireccional de comunicación sobre el que se han asentado desde su nacimiento se encuentra en crisis. Sus índices de audiencia han de competir con nuevos medios alternativos que se desarrollan en Internet. Los blogs, videoblogs, wikis y otras herramientas de colaboración en la red favorecen que cada vez haya más actores en el proceso de comunicación social que quieren hacer oír su voz” (Lara, 2005).

Afirmaciones como las anteriores reconocen que el modelo y la estrategia de negocios del sistema de televisión abierta que han garantizado su reproducción por más de medio siglo ya no operan más. Incluso, puede decirse que la asignación del espectro radioeléctrico que sustentó su funcionamiento desde sus orígenes es disfuncional al entorno convergente, por la imposibilidad técnica de las frecuencias designadas para soportar la bidireccionalidad de la señal, la respuesta del usuario, que es norma corriente en el escenario actual de las telecomunicaciones. En consecuencia, la estructura vertical, para una audiencia indiferenciada que identificó a la plataforma por años, no puede alternar con la interactividad inherente a los servicios telefónicos, y menos aún con el acceso a Internet. Tales limitantes se oponen a la tendencia universal del mercado televisivo, que en definitiva ha rebasado el principio unilateral de la programación generalista, estructurada para satisfacer a todos los públicos inclusive con un orden definido, para dejar que florezca y se consolide el intercambio con el usuario que demanda atención a sus solicitudes y necesidades. La aplicación primera y más elemental de la nueva fórmula que se designa como video a la carta es apenas el principio de esa interacción. Si se efectúa un inventario de los servicios asociados a la televisión que ya se ofrecen es evidente que el destinatario de la distribución de los contenidos programáticos no es ya más la audiencia masiva de los primeros tiempos, ni siquiera la segmentada por niveles socioeconómicos que siguió después y que pretendía dotar de efectividad al mensaje publicitario al acotar al receptor y emitir mensajes que le fueran cercanos y familiares.

En la actualidad, el individuo mismo y su poder adquisitivo son el centro de atención del servicio televisivo, y sus preferencias, reales o supuestas, la prioridad para sus programadores. Armado con cualquier dispositivo microelectrónico de enlace y comunicación, puede interactuar con la red y demandar el producto predilecto o el evento de moda; y sin que importe mucho el lugar donde formula su petición ni la hora en que la realiza. Estos cambios han modificado la estructura tradicional de la prestación televisiva y de sus protagonistas habituales.

Un estudio de este año de la Fundación Telefónica de España, La televisión etiquetada. Nuevas audiencias, nuevos negocios, reconoce desde su título las modificaciones señaladas, y sólo de pasada enlista tanto las opciones emergentes de entretenimiento televisivo que ya se aprecian como las modificaciones en la cadena de valor de la producción televisiva, donde ahora debe contabilizarse a nuevos protagonistas que llegan para alterar la habitual estructura vertical productor-operador distribuidor que caracterizó a la industria televisiva por largo tiempo. Dice la Fundación:

“Canales IPTV; agregadores de contenidos; agregadores personales y agregadores furtivos; web TV; plataformas de IPTV; videos en website; websites de televisión; videoblogs; videos en redes sociales; podcasts TV; video en demanda; etc., son las nuevas formas de televisión que poco se parecen a la televisión analógica…; Las audiencias interclasistas y masivas dan lugar a nuevos ciudadanos que reivindican la libertad de elegir y de participar. Este anhelo rompe la dinámica del broadcast, o si se quiere, de la emisión de programas a hogares dispersos, para ser sustituido por una nueva forma de entender el ocio” (Telefónica, 2011:2).

Del broadcasting señalado se derivó en su tiempo el narrowcasting, para la difusión segmentada de los contenidos de la televisión de paga o restringida, y ahora se asiste a una nueva especialización que pulveriza tanto a las audiencias masivas como a las segmentadas mediante el avance tecnológico y la digitalización de cualquier señal. Así, la televisión abierta ha derivado al formato digital, mientras que en la red se cultivan otras aplicaciones que pueden individualizarse y fomentar asimismo la participación personal. Como señala Telefónica, “el espectador también quiere crear contenidos”, y en la televisión se evoluciona de la “dictadura de los expertos” propia de la televisión analógica y su tecnicismo masificado, a la “sabiduría de la multitud”, que celebra la intervención de todo aquel que quiera involucrarse.

Las opciones tecnológicas para atender los servicios y aplicaciones individuales que florecen en el negocio televisivo presentan ventajas y provechos que deben analizarse para sustentar las decisiones regulatorias. Las tecnologías disponibles pueden soportar las aplicaciones que se prevén, y una habrá de hacerlo en forma más eficiente, más completa, más barata que respecto a la otra, que puede ser la idónea en otras condiciones de mercado y de entorno socioeconómico.

El texto presente tiene por objetivo resaltar las virtudes, y asimismo, las limitaciones de las dos plataformas, que si bien con lentitud pero de manera inexorable, representan el futuro de las transmisiones y la distribución de contenidos televisivos. Para ello se ha elaborado el Cuadro 1, que establece una comparación entre las características básicas de la plataforma de televisión digital terrestre (TDT) conforme se le ha definido en México, y las infraestructuras de banda ancha, en sus modalidades fija y móvil disponibles en el país. Como lo establece la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), cabe señalar que las tecnologías de banda ancha presentan una gran evolución, por lo que resulta difícil e incluso inadecuado establecer una definición concluyente.

El Sector de Normalización de la propia UIT señala que la banda ancha no remite a una velocidad determinada ni a un servicio en lo particular; sino que combina la capacidad de las conexiones disponibles (anchura de la banda) y la velocidad de transmisión y recepción. La Recomendación I.113 la define como una “capacidad de transmisión más rápida que la velocidad primaria de la red digital de servicios integrados (RDSI), a 1,5 ó 2,0 megabits por segundo (Mbits)” (UIT, www). En tal entorno, como se precisa en el cuadro, la gran mayoría de las suscripciones de acceso a Internet que se numeran en el mercado nacional pueden considerarse de banda ancha.

Las categorías de análisis que se han utilizado son las habituales para un análisis comparativo. En cuanto al desarrollo de las dos opciones, resalta como distintivo básico la gran evolución tecnológica que se presenta en las telecomunicaciones, y que al combinarse con la radiodifusión, permite que la televisión adopte los nuevos esquemas para difundir sus contenidos. Es relevante acotar que el servicio televisivo se ha desarrollado en un lapso de 60 años en cuanto a sus formatos propios. La banda ancha es una plataforma que no debuta antes del año 2000 y para la presente década registra grandes innovaciones. El periodo de madurez de uno y otro es así radicalmente distinto.

Casi como en la totalidad de países, la televisión logra en México una gran penetración social. En esta categoría se destaca sin embargo la escasa cobertura que logran los servicios restringidos -no más de 30% del total nacional de hogares- y el despliegue muy lento de los receptores televisivos digitales. Incentivar ese desarrollo es, desde luego, una de las medidas más urgentes, necesidad que también surge en las plataformas de banda ancha. En este terreno es de destacarse la rápida transición hacia formas de acceso superiores al dial up inicial, como se observa en la estadística respectiva.

Una característica esencial de la radiodifusión es el carácter gratuito en su prestación a la población. El esquema con el que se financia la televisión comercial es a través de otros usuarios de este servicio interesados en la transmisión a este público de anuncios y mensajes comerciales. Aquí radica la explotación de la radiodifusión, las transmisiones de publicidad son remuneradas, lo que permite que una estación de televisión tenga viabilidad financiera. Para las demás estaciones de televisión con fines no comerciales allegarse recursos económicos representa una dificultad que puede obstaculizar su operación, aunque algunas de ellas son destinatarias de presupuestos oficiales. En este modelo de negocios es quizá donde se plantean los cambios mayores no sólo respecto al sistema abierto de televisión sino también entre las plataformas consideradas. Nuestro sistema televisivo ha recurrido a las dos fórmulas de financiamiento señaladas, y como se aprecia en el Cuadro 2, la televisión abierta es con mucho el destino principal de la inversión publicitaria. Sin embargo, como igual se evidencia, el porcentaje que la televisión abierta ha concentrado tiende a disminuir en beneficio de otras opciones publicitarias. Los medios tradicionales han resentido en efecto la contracción de los presupuestos dedicados, no obstante que el total invertido ha crecido de los 50 mil millones de pesos a los 57 mil entre 2006 y 2009 (Cifras a precios corrientes). En cuanto a porcentajes, las televisoras del sistema abierto han perdido 3 puntos en el período señalado. La radio, los periódicos y revistas y el cine siguen esa tendencia, y el servicio radiofónico representa al medio donde ese impacto ha sido mayor; el cine mantiene su participación, por sencilla que sea.

Es representativo que de los tres medios que han aumentado su participación en el total publicitario, dos de ellos se relacionen directamente con las telecomunicaciones y las TIC en lo general. La televisión de paga e Internet representan en efecto los medios de mayor crecimiento, y en ambos casos se observa que su porcentaje de participación se duplica en el quinquenio considerado. La inversión publicitaria en Internet ha crecido así de un modesto global de 665 millones de pesos que obtuvo en 2006 a casi 2 mil millones de pesos logrados en 2009. La explicación que otorgan los analistas a este despliegue es representativa de la conformación de la red de redes como espacio publicitario. “…;Es una tendencia esperada el hecho de que se incrementará la contratación en beneficio de vías de difusión como Internet y los exteriores, ya que el público cada día pasa más tiempo en la búsqueda de información y entretenimiento en la red, o simplemente fuera de su casa, porque las condiciones de vida del adulto contemporáneo así lo demandan” (Fuentes, 2006:18). Estas previsiones se efectuaron en 2006. Como demuestra la evolución del gasto, la tendencia anunciada se confirma y habrá de mantenerse en el corto y mediano plazos.

El desarrollo y tránsito del modelo de negocios es pues una condición fundamental para las televisoras tradicionales. Como instancias económicas, su reestructuración es inevitable ya que pueden ser desplazadas del mercado si no adoptan y adaptan la vanguardia tecnológica que soporta la relación interactiva y las necesidades y requerimientos del ciudadano. Como resulta evidente al observar las nuevas opciones de servicio y de programación que surgen en los formatos tecnológicos emergentes, el posicionamiento de las empresas televisivas como carriers en el sentido tradicional -esto es, como instancias portadoras, para transportar las señales- y como operadores de servicios y de oferta de sus propios contenidos, habrá de sustentar sus opciones de negocio. Y en este tránsito las ventajas que ofrece la banda ancha son innegables. Puede afirmarse que estamos en presencia de una relación simbiótica entre los dispositivos de comunicación y el uso de banda ancha para el acceso a Internet. Y ésta perderá su potencial transformador de la sociedad si la población no dispone de los equipos electrónicos idóneos que le permitan aprovechar adecuadamente el contenido que se transmite a través de la red. En su momento, y con el impulso de ambas, la población podrá disponer de todos los contenidos disponibles en cualquier formato y en todo momento. Es importante apuntar que hasta hace algunos años las transmisiones de video por Internet representaban un porcentaje menor del tráfico total que se cursaba por la red. En forma sorpresiva, en pocos años esa aplicación adquirió una relevancia cuantitativa singular dado que en la actualidad esas transmisiones rondan 90% del tráfico total de la red de redes. En este sentido, como se expresó en el artículo del número anterior, es imperioso establecer políticas y directrices que atiendan la demanda creciente de banda ancha, para mejorar la velocidad de conexión en la red.

La prestación económica por las transmisiones que se reciben, por su parte, se genera en los esquemas de acceso restringido, lo que significa que el usuario destinatario recibe el envío de información en dispositivo electrónico a cambio de una contraprestación económica. En oposición a esta fórmula, funciona también el esquema abierto o libre, por el cual un usuario recibe las señales del transmisor en forma gratuita, sin condicionamiento alguno. Ambos esquemas evidentemente pueden presentarse tanto en la televisión digital como en los servicios de banda ancha, dependerá de la conveniencia de cada operador el optar por uno de ellos de acuerdo a su modelo comercial.

Ante el panorama descrito se debe tener una política pública de largo plazo, con visión estratégica que anticipe las necesidades futuras de la población en la prestación de servicios de telecomunicaciones, en la que queda comprendida técnica y jurídicamente la radiodifusión. Ante la necesidad de priorizar entre diversas alternativas y acciones que no pueden del todo ser concurrentes o paralelas, debe considerarse como uno de sus ejes rectores el desarrollo de un plan de banda ancha, lo que exigiría inevitablemente destinar determinadas bandas de frecuencia actualmente atribuidas al servicio de radiodifusión para el desarrollo de servicios de banda ancha que satisfagan las necesidades o funciones tanto colectivas como individuales de comunicación e información. En este sentido, resulta válido reflexionar sobre la importancia y/o necesidad de licitar nuevos canales de televisión digital y determinar si con esta decisión México le apuesta a la mejor alternativa de acceso a contenidos.

Es necesario precisar que no se pretende desconocer el objetivo y la función social de la radiodifusión. Se le reconoce su relevancia trascendental para la sociedad de nuestro país y se tiene presente que la radiodifusión constituye un medio de comunicación, entretenimiento, esparcimiento, etc., que a su vez representa un medio para el ejercicio de otros derechos ciudadanos para la población. La radiodifusión es un instrumento de transmisión masivo de educación y cultura que contribuye a la integración social, es portadora de valores y mensajes para la participación informada de la ciudadanía en la vida democrática del país.

No obstante, ante estas dos alternativas en las que cada una se podría justificar por sí misma con objetivos precisos y finalidades deseables para la población, es necesario ponderar cuál de ellas trae consigo mayores beneficios para el desarrollo económico y para alcanzar mejores niveles de vida de la población, en el entendido de que la finalidad programática última es llevar información a las personas de cualquier lugar del territorio nacional, en especial, para aquellos menos privilegiados.

Quizá sea momento de desarrollar, pensar y revalorar la importancia que tiene para la población el acceso a servicios de banda ancha. En el caso de la radiodifusión se suscribe su función social y la relevancia que tiene como instrumento para la democratización en las decisiones de la vida en sociedad. Sin embargo, puede afirmarse que el acceso a banda ancha también cumple hoy, y cada vez con mayor intensidad, una función social en la medida que proporciona a la población información, esparcimiento y entretenimiento; con el potencial, sino es que ya lo cumple, para transmitir masivamente educación y cultura para la integración y cohesión social. El derecho a la información y a la comunicación encuentra una plataforma tecnológica idónea a través del servicio de banda ancha. En lo que hace a la pluralidad de acciones que podrían realizarse desde la vida institucional para fomentar una ciudadanía participativa en las decisiones de la vida pública, se podrían emplear para la prestación de servicios tales como educación, salud, trabajo, gestión pública, información para la toma de decisiones, activismo digital, etc. Es decir, la ciudadanía hoy por hoy, requiere y exige, tener mayor interacción en los procesos de toma de decisiones que impactan la vida diaria

Bibliografía:

Fundación Telefónica (2011). La televisión etiquetada. Barcelona, editorial Ariel-Fundación Telefónica.

Galperin, H. (2004). “Comunicación e integración en la era digital: un balance de la transición hacia la TV digital en Brasil y Argentina”. En: Comunicación y Sociedad. No 001; Ene-Jun; 29-50pp. Lara, T. (2005). “Hacia una televisión más participativa”. En: Comunicar, No 025.

Luna, P. (2007). “Inversión en medios. Del manjar a la dieta”. En: Merca2.0. No. 60; abril, 53pp.

Millán, T. (2001). De la televisión al negocio multimedia: las nuevas opciones digitales. En:

http://www.fisec-estrategias.com.ar/1/fec_01_com_millan.pdf. Consultado el 10 de agosto de 2011.

Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). http://www.itu.int/osg/spu/publications/birthofbroadband/faq-es.html, Consultado el 11 de agosto de 2011.

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