Antonio Medina

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Coordinador y fundador de la agencia NotieSe

Telenovelas y la mala educación

Las telenovelas mexicanas son generadoras de sueños colectivos, reproducen estereotipos de género y esquemas de relaciones entre mujeres y hombres basadas en la inequidad, el chantaje emocional, la sumisión femenina y la supremacía masculina.

Al menos así lo demuestran la gran mayoría de telenovelas desde hace poco más de medio siglo que, bajo un esquema simple y repetitivo, siguen un obsesivo patrón discursivo que reafirma a la mujer como dependiente sentimental, sumisa y eterna enamorada; todo ello, la gran mayoría de las veces, en detrimento de sus derechos como ciudadana, su salud sexual y estado emocional.

En muchas telenovelas la violencia sexual es explícita y la trama casi siempre lleva a que la mujer, a pesar de resistirse al sometimiento, termine aceptando ser dominada.

El desenlace de las historias, por lo regular, lleva un mensaje moralista en el que la mujer, si es “mala”, es estigmatizada como puta, traicionera, mentirosa o madre irresponsable, y, si es “buena”, es víctima inocente de algún suceso donde intervino el deseo sexual, la avaricia o perversidad de un hombre “malo”; pero que al final resulta recompensada por el amor de los hijos, el amor del hombre “ideal” y respetada socialmente.

Ante esta vorágine de relatos alucinantes que favorecen el cursi discurso del amor platónico, se ha realizado un análisis sobre contenidos de algunas telenovelas en México, bajo la batuta del Consejo Ciudadano por la Equidad de Género en los Medios de Comunicación.

Esta organización ciudadana ha monitoreado algunos programas televisivos con el fin de identificar contenidos de corte sexista o que fomenten la violencia de género, para que -mediante una recomendación a la televisora correspondiente- dejen de ser transmitidos o sean modificados los contenidos.

En uno de los trabajos presentados por esta organización civil -informaron en conferencia de prensa el 27 de agosto*-, se realizó un monitoreo del 14 al 25 de julio a la telenovela Fuego en la Sangre, transmitida por Canal 2 de Televisa, de lunes a viernes en horario estelar de 21:30 a 22:30 horas, que, según datos de la misma televisora, alcanzó en esos días un rating de 36 puntos.

El consejo, conformado por activistas del movimiento feminista de México, encontró que dicha emisión, protagonizada por la actriz Adela Noriega y el actor Eduardo Yáñez, presenta escenas en las que se reproduce el machismo y un alto índice de violencia contra las mujeres, especialmente de corte psicoemocional, donde la mujer es vulnerable debido a sus sentimientos y el amor.

Para determinar lo que se entiende por violencia contra la mujer, el Consejo se basa en una serie de criterios que se encuentran en la Ley General de Acceso a una Vida Libre de Violencia en el Distrito Federal, que considera distintos tipos de violencia como la psicoemocional, física, patrimonial, económica, sexual, contra los derechos reproductivos y feminicida, y también tipifica la violencia de acuerdo al lugar donde ocurre la acción por lo que puede ser de corte familiar, laboral, docente o institucional.

Así pues, bajo esos criterios, encontraron que en la telenovela analizada tiene 498 escenas que reproducen y justifican el ejercicio de la violencia contra la mujer con un total de 313 actos de violencia psicoemocional, 66 de violencia física, 17 de violencia feminicida y cinco de violencia sexual. Todas estas acciones tienen una frecuencia de entre 33 y 70 actos por transmisión.

A este análisis se agrega que la telenovela de Televisa utiliza una concepción idealizada del amor que permite que se cometan actos que ponen en desventaja a las mujeres por su condición de género. “A la mujer se le presenta como receptora de violencia y ésta la asume como algo natural”, dijeron las feministas, tal como ya se había confirmado en 2007 en otra producción de Televisa: Destilando Amor, en donde se encontraron, bajo el mismo esquema de análisis de Fuego en la Sangre, 432 actos de violencia.

Tras presentar la recomendación correspondiente a la televisora y posteriormente reunirse con una ejecutiva de la empresa, se informó a las activistas que debido a la alta popularidad de los programas monitoreados era difícil el cambio de su contenido. También se les comentó que la empresa de Emilio Azcárraga posee un focal grup compuesto por hombres y mujeres que observan semanalmente la programación de la televisora y que en ningún caso alguna mujer había identificado actos de violencia dentro de las emisiones.

Lourdes Barbosa, de la organización civil Mujeres en Frecuencia, informó que también se han dirigido al Consejo Nacional de Radio y Televisión (CNRT) para dar a conocer las recomendaciones que emitieron sobre las telenovelas de Televisa, pero que hicieron caso omiso bajo el argumento que sólo la asociación A Favor de lo Mejor en los Medios de Comunicación está facultada para hacerlo.

Dicha organización está relacionada con grupos empresariales conservadores y con jerarcas religiosos, que son importantes anunciantes de los medios, Lejos de hacer propuestas para mejorar los contenidos en los medios desde una pedagogía comunicacional que reivindique valores democráticos, opta por la censura de todo aquello que consideran inmoral.

“Para erradicar este contenido de las emisiones es necesario que organismos como el CNRT dejen de ser serviciales a los intereses de las televisoras y radiodifusoras y que las mujeres tomen conciencia de que la violencia no es algo natural ni justificado”, fue el mensaje que emitió Barbosa al finalizar la reunión con los escasos medios que acudieron al llamado de las feministas.

Malas políticas públicas

No es nuevo que activistas, intelectuales, académicos y pensadores del quehacer educativo, denuncien la influencia negativa de los medios de comunicación que, como acto-reflejo de las malas políticas públicas, fomentan la desigualdad social, las diferencias de género y la discriminación hacia las personas por ser o parecer diferentes o pertenecen a minorías sociales.

Algunos han señalado particularmente a la televisión como destructora de lo que los niños aprenden con mucho esfuerzo en la educación formal, la cual pretende fomentar el reconocimiento a las diferencias y el respeto a la otredad, frente a los mensajes misóginos, racistas, homofóbicos, xenofóbicos y clasistas que repiten constantemente las telenovelas, programas de espectáculos, talk shows o programas de revista.

Todo se vale, hasta discriminar

Las telenovelas luchan constantemente por estar a la vanguardia, por elevar sus audiencias. Para ello se valen de lugares comunes con el propósito de posicionarse en la preferencia de los públicos. Recurren a frases, palabras e imágenes efectivas para colocar en el lenguaje coloquial expresiones populares o comunes con un solo propósito: impactar en el imaginario social y provocar dependencia, generar consumo, fascinación, y por consiguiente, rating.

Para llegar a ese punto apelan a los prejuicios y el moralismo social cuando de cosas “extrañas” se trata; el exhibicionismo y el morbo cuando a cuestiones de sexo se refieren; y la discriminación implícita cuando abordan temas referentes a personas o grupos sociales minoritarios o que salen de la norma: la criada, la fea, la chismosa, la pobre, la loca, la quedada, la alcohólica…

Esas representaciones femeninas en las telenovelas refuerzan la idea de la diferencia, frente a la bonita, la rica, la joven, la madre, la sumisa, la aguantadora y la que triunfa o asciende socialmente a través del hombre, sea el padre, el amigo, el hermano, los hijos o el esposo. Por tanto, quien no esté dentro de la “norma”, aunque parezca “normal”, será discriminada simbólicamente en las historias televisadas que cumplen con “entretener”, como decía el Tigre Azcárraga, pero que en el transfondo está el mensaje ideológico de un grupo social minoritario que detenta el poder mediático.

En este entramado, como sostienen diversas teorías de la comunicación, las representaciones sociales estigmatizadas que muestran los medios, refuerzan las ideologías de grupos de poder político, religioso o económico.

Héctor Islas Azaïs, autor del ensayo “Lenguaje y Discriminación”, editado por Conapred (2005), plantea que las etiquetas de identidad “son con frecuencia impuestas por ciertos grupos de poder”, y señala a los medios de comunicación como unos de los espacios donde se socializan tales actos a través de lenguajes excluyentes o estigmatizantes.

No es difícil ver que detrás de cada representación femenina, positiva a negativa, en una telenovela existen juicios de valor, prejuicios, mitos y tabúes que reflejan la mayoría de las veces un discurso moralista, en cuyo mensaje se antepone el “deber ser”, lo correcto. Ponen al descubierto la intolerancia al mostrar personajes banales hasta su máxima expresión. Son vulgares y no aportan nada positivo a quienes los ven. Tal pareciera que lo único que desean los dueños de los medios y los anunciantes que patrocinan las telenovelas, es mostrar lo grotesco y abyecto de los “seres fuera de lanorma”, los “disfuncionales sociales”, frente a lo que debe ser.

Así pues, las telenovelas dimensionan la manera como se percibe la realidad social y refuerzan la idea de diferencia entre las clases sociales y el deber ser de mujeres y hombres.

¿Y la responsabilidad social?

Es lamentable ver que mientras los spots corporativos de las dos principales cadenas televisivas instan a la convivencia democrática, solidaria y por un “México mejor”, los contenidos de las telenovelas, programas cómicos, de revista y noticiarios, refuerzan ideas contrarias a esos mensajes.

Si los dueños de los medios realmente tuvieran una responsabilidad social como vociferan los señores del Consejo de la Comunicación o las fundaciones de Televisa y TV Azteca, pugnarían realmente por eliminar programas que patrocinan las empresas involucradas, en donde todo el tiempo se emiten palabras, acciones y actitudes misóginas, homofóbicas y clasistas.

Tal vez si fueran congruentes responderían a los principios que contienen los códigos de ética que han colgado en sus portales de Internet y así realmente contribuir a formar consensos en torno a las ideas, conceptos y prácticas culturales de los diversos grupos sociales que conforman el tejido sociedad actual.

Si realmente los señores de los medios que hacen historias en la televisión quisieran a México, podrían ser facilitadores sociales para desmitificar estereotipos sociales y reforzar actitudes individuales y colectivas incluyentes, promover los derechos de las mujeres y todos los sectores vulnerabilizados por una cultura que no respeta la diferencia.

A pesar de este panorama desolador en las telenovelas, nadie podría dudar que puedan ser espacios de sensibilización sobre ciertos temas sociales.

Las telenovelas pueden contribuir a formar climas sociales favorables a la inclusión y el respeto, tal como lo ha demostrado un puñado de producciones, no sólo en México sino en algunos países de América Latina, en los últimos años. Pueden representar una visión más igualitaria de las relaciones entre hombres y mujeres y abordar problemáticas sociales con soluciones que no violenten los derechos de los personajes sociales que interpretan los artistas.

Lo que nos queda como sociedad es estar atentos a los contenidos de las telenovelas y apoyar aquellas producciones televisivas que se preocupan por difundir relaciones igualitarias entre los géneros y no discriminen a las personas que representan. No se trata de censura, sino de sentido común, respondiendo, claro está, a la lógica de contribuir desde los espacios mediáticos a la construcción de nuevos consensos sociales y un país democrático.

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