Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

Te odio, Denisse de Kalafe

Pero la culpa no la tiene el indio, sino el que lo hace su compadre, su esposa, o suegra, reza un clásico de banqueta.

Basta con aplastarse frente a cualquier película de Sara García o de Marga López para entender el arraigo del fenómeno. Es increíble que discursos diseñados para guiones fílmicos escritos más de medio siglo atrás, sigan retumbando por los pasillos de nuestro hogar. Hace años que no veo telenovelas, pero podría apostar mi mano izquierda, a que las actrices que representan a las madres de las protagonistas buenonas, siguen mirando al cielo con ojos de huevo cocido, a la par de sus ojos humedecidos gritando a reclamo pelado: “pero madre sólo hay una, y síguele buscando ruido al chicharrón, porque un día de estos se te va romper”.

 

La hija, la mirará con hueva infinita antes de empacar su maleta para escapar de esa cochina vecindad en el auto deportivo del galancete de feria que se ligó en un antro de la Colonia Educación y que le ha prometido cambiarle la vida. Aunque dos capítulos antes del final, la veremos regresando con dos mocosos desarrapados, para pedir perdón ante el lecho agonizante (a la que haciendo un ejercicio lúdico, bien podría ser Aurorita Molina), quien con sus ojillos de cantonés, contestará. “¿Qué acaso no soy tu madre y estoy aquí para perdonarte?”. Si estos hipotéticos diálogos han dejado de contemplarse en nuestras telenovelas-, pido anticipadas disculpas. Pero reitero mi compromiso de apostar mis valiosas extremidades.

Socialmente hablando, ser madre es una distinción divina, un galardón sin recompensa, un sufrimiento eterno, y una inagotable fuente de perdón hacia sus sucios vástagos. El SSS obliga desde tiempos remotos a que las mujeres portemos a modo de estrella de David zurcida en nuestro brazo izquierdo, el título de mártir. Es menester confiar, apoyar, entender, sacrificar cualquier sueño, aspiración personal, pasional y cualquier acto egoísta, en pos del bienestar de nuestras criaturas. Es un círculo vicioso interesante, porque las mujeres que no se sometan a este canon, son marcadas con la letra escarlata de hienas.

Sin embargo, el SSS ataca con puntería de Robin Hood al subconsciente de los hijos, todos y cada uno de los sacrificios cometidos en su nombre y representación. Las madres que han hecho de la renuncia y el sufrimiento un estilo de vida, no pierden la oportunidad de escupirlo al rostro de su descendencia a mansalva. Lo reprochan veladamente todo el tiempo y usan el lenguaje cifrado del chantaje emocional para hacerlo. Son cabronas, imperfectas, entonces, si lo son, ¿por qué elevar a rango divino a una mujer terrenal con más defectos que virtudes, como cualquier ser humano? La capacidad reproductiva no nos convierte per se en semidiosas. Es demasiada responsabilidad para nuestro género.

¿Cuántas madres conocen que les dejan a sus hijos al exmarido para que ellos se hagan cargo mientras dedican un año sabático a terminar la carrera que dejaron trunca porque se embarazaron en 4º semestre? Podría apostar que las mujeres que hacen esto, lo consiguen incluso sin ayuda del exmarido: trabajan, estudian, mantienen y subsisten con sobrada dignidad.

Lo críptico, es que las principales manos que moldean a las hordas de machos insufribles, somos precisamente nosotras, las madres abnegadas que sufrimos un calvario para hacerlos unos hombres de bien. Nosotras somos los que les enseñamos el modelo a seguir. No podemos arrepentirnos de traerlos al mundo, porque eso nos convertiría en una arpía no digna de nuestra noble investidura.

Los poemas, las películas, las telenovelas nos enseñan sistemáticamente que una madre debe perdonar lo inadmisible, pero ninguna habla de que a la madre deba perdonársele todo. Una madre no puede equivocarse, elegir mal, provocarse un aborto, abandonar a sus hijos. Estamos diseñadas con material irrompible e incorruptible, las defectuosas no merecen un lugar en la escala de valores que sonríen en los comerciales del Canal de las Estrellas. Esas mujeres son parias sociales y nadie habla de ellas en voz alta. Nadie las festeja.

Cuando terminó el festival de la criatura celestial, la directora nos sugirió al micrófono que compartiéramos con los miembros de nuestro hogar el material literario que se había leído ese día. Que todos en casa leyeran y meditaran en el precio incalculable de la maternidad. Saliendo del colegio, tiré a la basura aquel ignomioso material.

Abracé a mi pequeño y lo felicité por su participación, se había esforzado tanto por aprenderse “Woman” de John Lennon. Me hizo prometerle que jamás lo dejaría participar en otro festival. Lo tomé de la mano y mientras caminábamos regreso a casa, pasamos por el mismo lugar donde 25 años atrás, mi perro había destrozado aquel célebre vestido de tehuana. Le enseñé también la cicatriz que aún alcanza a distinguirse. Rió como poseído por Satán cuando le conté de la aparición de la Carrie de Ecatepec en el resquicio de la puerta e imité la cara que hizo su abuelo al mirarme.

“¡Otra vez mamá, otra vez… ¿qué cara puso Víctor?”

Volví a imitar a mi padre, por horas. ¿Qué acaso no soy yo su madre para hacerlo feliz cada día de su vida?

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