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Taras periodísticas

Hay periodistas que difunden las pistas que tienen las autoridades para atrapar a un criminal aunque ello alerte precisamente al criminal para huir.

También hay medios de comunicación que, en sus decididos cuestionamientos al gobierno federal, se convierten en voceros de delincuentes e incluso de narcotraficantes.

En otra esfera se encuentran las empresas mediáticas que hacen cuanto les es posible por congraciarse con el gobierno federal (o los mandatarios de los estados) sobre todo, con la mira de ser recompensados con anuncios de publicidad.

Ahora que hablamos de la publicidad, otra tara periodística tiene registro cuando los medios difunden propaganda como si fuera información; son las famosas gacetillas que, en realidad, a nadie engañan y que significan un dispendio del erario enorme. (Por ello es casi imposible que en esos medios, tanto en la radio, como en la televisión y la prensa, surja la crítica a ese tipo de gastos exhorbitantes).

Una actitud generalizada es que, salvo situaciones deveras extraordinarias, los medios y los periodistas no reconocen equivocación alguna (aunque buena parte de estos emplean sus esfuerzos para que los otros sean pillados en pifias o errores).

Además se hallan los periodistas que, erigidos en jueces, convierten presunciones en hechos sino es que, orientados en el llamado “derecho a la suspicacia”, funden y confunden sus dichos con la noticia y, así, ellos se convierten en la noticia (son los llamados periodistas estrella o los que sostienen la voz cantante de los noticieros).

Entre otras taras relevantes ubico aquella bandera de la libertad de expresión erigida para calumniar al otro con el cinismo de llamarle a eso periodismo independiente y que se asienta en el fango de términos como “se dice”, “vinculan a…”, “según testimonios de…”, “podría ser que…”, etcétera.

Otra veta, ésta con tintes de comicidad, está en aquellos columnistas que opinan de todo, y todo es todo: política, economía, deportes, ciencia, filosofía, música, arte y entretenimiento más los temas que se acumulen en el día a día.

Si los medios de comunicación y los periodistas no son proclives a la autocrítica menos a la critica que otros les hagan. Por lo regular, ésta última la ignoran si no es que le adocenan cualquier suerte de conjura en su contra para acallarlos en su “libre e independiente” ejercicio del periodismo.

Una asidua infracción a la ética y al profesionalismo sucede cuando los medios difunden noticias (sobre todo internacionales) que fueron registradas por otros, incluso hasta con tres o cuatro días de anticipación, sin dar el crédito respectivo, o sea que presentan las noticias como si fueran suyas y a veces, aunque usted no lo crea, como “investigaciones especiales”.

Hay un vicio de data más o menos reciente, implica a la imagen o la gráfica como sustitución de contenidos y con ello el desdén por la noticia que integra los qué, cómo, cuándo y dónde. Es decir, la imagen que releva a los medios del compromiso de registrar la información en sus complejas aristas para facilitar la comprensión de sus causas y sus consecuencias. Esa es una de las formas más cuestionables con la que se ha prentendido enfrentar las formas y las herramientas del ciberespacio así como el gradual abandono de la lectura rigurosa. Para decirlo de otro modo, buena parte de los medios sucumben a su función central por razones de mercado y de ningún modo proponen a sus audiencias o lectores el esfuerzo de informarse. Las noticias cocinadas son más rentables.

Quizá la tara periodística más relevante sea que los medios de comunicación mexicanos no informan a sus audiencias o lectores la línea editorial que los conduce a determinar sus contenidos.

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