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Miguelángel Díaz Monges

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Sylvia Kristel, un enigma al desnudo

En 1974, Brigitte Bardot alcanzó los cuarenta años y seguía siendo un imán estético y erótico. La misma edad tenía Sophia Loren, suma de belleza rara, espectaculares curvas, una mirada con el poder de la Égida y un talento actoral para el que toda palabra es poca. Liz Taylor, con 42 años, aún deslumbraba a quien la viese, sobre todo si era alcanzado por el color violeta de sus ojos brujos. Raquel Welch, a sus 34, no renunciaba a ser una de las mujeres más hermosas del mundo. Catherine Deneuve ya había consolidado su talento y belleza con 31 primaveras. Tales eran las perlas que lucía por entonces la pantalla grande.

Dos años antes, en 1972, la actriz francesa Maria Schneider, tras un casting inmenso, había protagonizado “El último tango en París”, bajo la dirección de Bernardo Bertolucci, lo que se dice pronto, y junto a actores de la talla de Marlon Brando, para quien salen sobrando adjetivos, y Jean-Pierre Léaud, quien no de a gratis era el gran consentido de la Nouvelle Vague, especialmente de Truffaut y Godard, además de haber actuado para Pasolini y el propio Bertolucci. Esta película, como es sabido por cualquiera, dio un golpe en la mesa de la moral cinematográfica en boga, moral venérea, quiero decir, porque los asesinatos ya contaban con aceptación y eran bien recibidos en las mejores familias. Pese al éxito de la película y su gran fuerza erótica, la protagonista no brilló por sí misma: quizá había demasiado talento opacando su alegre e infantil belleza rebosante de sensualidad y sugestión erógena, o tal vez es que la película misma resultaba demasiado agresiva como para reparar en el deseo alegre del buen voyeur.

La protagonista, Maria Schneider, no era cualquier actriz y a partir de su trabajo al lado de Brando tuvo como compañeros protagónicos a Jack Nicholson, David Bowie, Marlene Dietrich y Gérard Depardieu. En 1979 compartió el set de “Calígula” con Malcolm McDowell y Peter O’Toole, pero tuvo que abandonar el rodaje para internarse en una clínica psiquiátrica.

En 1974, Maria Schneider cumplió 22 años. Exactamente los mismos que Sylvia Kristel, la peculiar belleza surgida de la nada para plasmarse indeleble en “Emmanuelle”. Con buena lógica, podría pensarse que la candidata natural para protagonizar cualquier película erótica que se hiciera por aquellos años sería la protagonista de “El último tango en París”, pero ni siquiera fue considerada. Su belleza era atípica, algo he comentado arriba, y no servía para una película destinada a embelesar a un público menos intenso y culto que del filme de Bertolucci. Y su sensualidad era ruda, un tanto salvaje. Se requería una mujer distinta, de aspecto más severo y maduro, con un cuerpo más perfecto y un rostro indiscutiblemente hermoso pero vivo y rezumante de deseo, y cuya sensualidad fuera aterciopelada. Hubo un gran casting del que no se obtuvo gran cosa. De pronto apareció la foto de un desnudo de Sylvia Kristel, que inmediatamente fue llamada para protagonizar “Emmanuelle”, película francesa dirigida por Just Jaeckin, quien también venía de la nada: ésta fue la opera prima de un director que nunca pasaría de mediocre, pese a obras como “Historia de O” y “El amante de Lady Chatterley”. Mediocre y millonario: supo tocar la tecla del éxito a punta de efectos oníricos y una estética delicada que seguía la ruta segura hallada por Hugh Hefner en Playboy. Las feministas, que siempre ayudan al éxito de aquello que reprueban, fueron de mucha ayuda en asuntos de taquilla.

Soy duro con Just Jaeckin, pero justo: hay que agradecerle dos nombres de mujer: Emmanuelle y Sylvia Kristel. También hay que agradecerle que delegara en Francis Giacobetti la dirección de dos de las tres secuelas en que participó Kristel. No es que sean mejores, es que son secuelas, oportunismo y ambición en detrimento del arte, aunque no siempre, por supuesto. Hay otras secuelas y variantes pero ni sale Sylvia Kristel ni hay nada que decir sobre ellas, salvo por que volvió a hacer de Emmanuelle en las siete películas para televisión que se hicieron en Estados Unidos durante 1993 y, ese mismo año, pero en Francia, en la película Emmanuelle en el séptimo cielo (“Emmanuelle 7”), todo esto dirigida por Francis Leroi, quien también había dirigido “Emmanuelle 4” -por lo que se le considera uno de los pioneros del cine erótico fuerte o soft porno- y era un hombre cercano a la Nouvelle Vague, especialmente a su creador, Claude Chabrol, de quien fue asistente en Landru, y a Godard, que le permitió realizar un cortometraje sobre el rodaje de “Alphaville”.

“El último tango en París”, con sus desnudos frontales, su escena de sodomía (propuesta por Brando, por cierto), sus coitos explícitos y demás agravantes que la pusieron en su tiempo dentro de la hardcore pornography, fue la poderosa cuña que se tuvo que abrir camino entre rocas con la fuerza de su calidad artística. “Emmanuelle” se aprovechó de eso -lo que no es criticable-, con su erotismo suave, siempre a unos pasos de la pornografía, de modo que es considerada la primera película erótica exhibida en salas decorosas del mundo entero, si bien encontró fuerte oposición en países especialmente moralistas y obtusos, como los Estados Unidos y México. Sylvia Kristel fue la primera mujer a la que el mundo entero pudo admirar abiertamente poniendo su excepcional belleza al servicio del erotismo.

Hay que considerar la época: los años setenta se distinguen por un cambio social muy importante que se cocinó durante las décadas anteriores. Se pone en boga el divorcio como parte esencial del matrimonio en los casos en que la infidelidad es más incómoda. Por otra parte, los reclamos homosexuales cobran cada vez mayor fuerza. El mundo se ha ampliado, la aviación comercial a desarrollado el Boeing 747 o Jumbo Jet, hay países exóticos a los que se puede viajar en pocas horas a cuerpo de rey. Los años setentas: los de las fantasías de ricos sin dinero. Para esas fantasías existen ciertas películas y series televisivas: Filmada en Tailandia y París, “Emmanuelle” no defrauda: la protagonista, casada con un diplomático millonario al que engaña a bordo de aviones que recorren el mundo, goza del sexo lésbico, goza en los paraísos de la infidelidad, acepta todos los placeres y se entrega extasiada. “Emmanuelle” no creó a su público, éste la esperaba con avidez. En cambio Sylvia Kristel sí creó a sus admiradores y se volvió el ensueño de millones de hombres en todo el mundo durante varias generaciones. Y lo hizo en un tiempo en que la belleza femenina en la pantalla grande estaba representada por las grandes actrices que mencioné al inicio.

Su filmografía es extensa y su fama imperecedera pero trágicamente ligada a su juventud, sin la cual no hizo nada digno de mención. En 1977, tres años después de la primera “Emmanuelle” fue llamada por el gran Chabrol para un rara avis de su abundante obra como director: “Alicia o la última fuga”, donde la protagonista, con el elocuente nombre Alice Carroll, vive experiencias extraordinarias tras huir de su marido. En esta película, Kristel pasó a segundo plano ante el director y su obra, tal como le había sucedido antes a Maria Schneider. Puede decirse que para ella, como actriz, eso fue todo.

La belleza de Sylvia Kristel era de una universalidad asombrosa. Derrochaba sensualidad en cada movimiento, en cada mirada o gesto. Cuando su cuerpo tocaba otro cuerpo la lubricidad se apoderaba del universo que testificaba esa llama. Era difícil no amarla, imposible no desearla. A su lado cualquiera sería feliz, abrevaría de su dicha sensual.

El cine es un artilugio y una máquina de fabricar mentiras a las que uno quisiera aferrarse.

Este mes de septiembre cumpliría 62 años la actriz, modelo y cantante neerlandesa Sylvia Maria Kristel. Que la vida es breve ya se sabe; también se sabe, pero se dice menos, algo más triste: que unas cuantas palabras bastan para decir cómo fue una vida. Nació en Utrecht el 28 de septiembre de 1952. Cuando tenía nueve años fue víctima de abusos sexuales de los que no hablaba salvo para decir que el culpable fue un cliente del hotel que administraban sus padres. A los 11 años empezó a fumar. A los 15 años su padre se fue con una amante y vino el divorcio. A los 17 años empezó a trabajar como modelo, se presume que haciendo desnudos. A los 21 años ganó el concurso Miss TV Europa. Para entonces hablaba cinco idiomas: neerlandés, inglés, francés, alemán e italiano. De esa talla es el enigma que con 22 años erotizó al mundo, Sylvia Kristel. Entonces vinieron la fama y el éxito. También los hombres mucho mayores que ella, buscadora de la figura paterna que padecía a sus amantes. A los 24 años tuvo un hijo, Arthur; poco después perdería otro de distinto padre. Después vinieron el alcohol y las drogas. La cocaína devoraba sus finanzas y la devoraba a ella. En 2001, con 49 años, sobrevivió a un cáncer de garganta mediante quimioterapias. En 2006 fue entrevistada para el documental “Hunting Emmanuelle” donde adelantó algunas notas de su autobiografía que publicaría ese mismo año bajo el título Nue: no son memorias alegres. El cáncer regresó, primero en un pulmón para apoderarse del otro, de todo el sistema respiratorio y del esófago. En 2012 fue hospitalizada por un problema cardiaco. Sobrevivió otra vez. Pero no hay fuerza que lo soporte todo y con los sobrevivientes obstinados la muerte suele ser tan cruel como piadosa: Murió dormida la noche del 17 de octubre de 2012, a los 60 años, en Ámsterdam.

Murió joven, vivió a toda marcha. No fue una actriz importante ni destacada, no fue una persona distinguida por sus gestos públicos y no fue feliz. Fue osada, sensual y hermosa, paralizó al mundo con esas tres cualidades. De sus emociones se sabe muy poco, a su cuerpo se le conoce muy bien. Los sobrevivientes nunca mueren del todo, le sobrevive “Emmanuelle”.

A veces pareciera que el cine es un voraz recolector de vidas destrozadas, encargado de triturar sus restos. Quizá solo imita a la vida misma. Quizá hay de todo, como en todo.

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