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Suspiros digitales

“A veces, cuando la nostalgia ataranta nos hace decir que todos los tiempos pasados fueron mejores”, digo en voz alta al entrar en la cava de los recuerdos mientras les despejo varias telarañas.

Estoy a fines de los setenta y principios de los ochenta frente a una pantalla de computadora en blanco. Tengo la tentación de escribir de “El Santo vs las lobas” y reflexionar sobre la belleza de Gloria Mayo o transitar sobre “Santo en el misterio de la perla negra”. Desisto, sin embargo, no sólo porque no viene al caso sino porque “Piratas del Caribe: la maldición del perla negra” que podría recordarme algún muchacho de hoy me arrojaría al ring sin cuenta de protección siquiera. En este encordado sólo concluyo que la calidad tecnológica del cine moderno es lo mejor que hemos tenido en la historia y, para lo que haya lugar, firmo las tremendas palabras de Peppy Miller dichas en el filme extraordinario El Artista: “La gente está cansada de viejos actores haciendo muecas para ser entendidos”.

De pronto me llega la imagen espantosa de ciertos pantalones Yale de tela de cartón que tenían colores de salón de fiestas infantiles y remate de campana que muchos combinaban con la réplica del fajo de Santa Claus para anudar un costal de papas lleno de triángulos y cuadrados de la cintura para arriba; lo hacían por el mandato de la moda signada en la promesa de elegancia y confort: “Hasta que usé una Manchester me sentí a gusto”, decía Mauricio Garcés de tales camisas en esa etapa que considero pionera de las botargas del Doctor Simi.

No hablemos de los casimires Soria o los trajes Cavaliere, se los suplico, ni de los zapatos de tacón para hombres y mujeres con frente de delfín o de los famosos Crayons que llegarón después ni de toda la gama de calzados Canadá. En todo caso, y nada más para situarnos en los años, usemos calcetines Donelli y embadurnemos el cabello de Wildroot para ponerlo tieso porque lo acondiciona “y le da una apariencia natural, de hombre moderno. Hoy, los triunfadores usan Wildroot“. Incluso si usted apatece sintonicemos la Amplitud Modulada de Radio Variedades y escuchemos “Mary es mi amor”. Yo por mi parte, después de escuchar esterorey en la Frecuencia Modulada, oigo “Un gato en la oscuridad” en Radio Joya.

Vuelven los clásicos

Con ese tipo de ropas muchos fumaban Winston, Kent o Salem; estos últimos sabían a sosa caústica y menta y eran encendidos con una de las pocas cosas prácticas de la época, los encendedores Bic que según el promocional “No saben fallar”, aunque yo me quedo con los Zippo, creados en los treinta del siglo pasado, y la seguridad de que nunca nadie los va a mejorar. Por eso existen los clásicos y no pienso claro, en los esperpentos del automovilismo llamados Brasilia o en la carroza esa de nombre LTD, sino en el Mercedes o el Mustang. Imagino también los tragos: nadie podrá negar que el Cutty Sark fue un aguarrás al que apodaban Whisky y que nada tiene que ver con el venerable Johnnie Walker. A propósito, no sé si recuerdan uno de los promocionales de televisión donde aparece una bellisima mujer de pelo marrón y vestido azul entallado cantando “Johnnie-Walker, lalá, lalá, lá, Johnnie…” (Alguien me dijo que era la esposa de Jimmy Conors, un gran tenista de entonces, pero no lo pude verificar). El punto es que lo considero uno de los mejores comerciales de alcohol de todos los tiempos aunque la letra de la canción no sea tan profunda.

Repito: los clásicos transgreden al calendario. Por eso nunca podrá compararse a Marlboro y Camel con Baronet o Fiesta y al Mercedes Benz con lo que ustedes gusten y manden entre los autos que ahora circulan. Para decirlo de otro modo, el Mustang es a las fragancias Pierre Cardin lo que el Mazda a las lociones Brut o Patrick, tan en voga durante los años de estos vericuetos. Eso explica que ahora nadie tiene en la mente el Caprice, y les juro que no fue un shampoo, en tanto que al Volkswagen cualquier niño ahora mismo le podría decir “Vocho” o su diminutivo con cariño. Lo mismo pasa con la cinta “Un vaquero en la ciudad” y reto a que alguien me diga quién es el director, a diferencia de “Cara de Guerra” que ahora mismo el lector balbucea. Con esos lentes aunque sean Ray-ban, podemos decir, nos guste o no y a mí me gusta, que los Bee Gees son un clásico pero no lo son las consolas de pocos años antes de tal fiebre del sábado por la noche ni aquélllos grandes estéreos Gradiente, Sony o Panasonic. Discúlpenme pero no es igual oír esas rolas en los acetatos de vinil que en cds, como no es lo mismo ver “Fantasy” en VHS que en Blu-ray, aunque nos demos el mismo toque. Aceptemos que ahora lo disfrutamos mejor.

Otro asunto es echar lágrima, añorar la juventud perdida y beber Ron Potosí; en esas, hasta Rigo Tovar, Los Angeles Negros o Menudo nos parecerán mejores que Justin Bieber o Lady Gaga. Podríamos añadir que era más lindo o qué sé yo, escribir en una Remington del siglo antepasado o en una Lettera de los setentas que en una poderosa computadora de la marca que sea. Incluso, junto con Carlos Castillo López y un Old Parr entre nosotros podría poner el puño en alto y exigir a su lado el regreso del Walkman y el Pacman y, si él me apoya, añadir en el pliego petitorio a Ultramán, los Picapiedra en las corcholatas de Pepsi y los jeans Edoardos de terciopelo rojo o azul para las damas. No obstante, advierto que me levanto de la mesa si Carlos comenta que son mejores los televisores de la época de Travolta que las pantallas de plasma en tercera dimensión de los días de Katy Perry, o que los telefonos fijos de gorro de torero son más bonitos o mejores que los de ahora. Pero sobre todo, seguro esta vez no llegaríamos a la madrugada si buscara pelear por el caset contra YouTube. Una cosa es que seamos amigos de causas perdidas y otra chingaderas como ésas que significan algo así como creer que es mejor el molcajete a la licuadora o el balero al Nintendo en cualquiera de sus versiones.

Paño de lágrimas

Hay quienes aseguran que la nostalgia es un sentimiento que llega con la edad y que es algo parecido a reconciliarnos con nosotros mismos al darnos cuenta de que fuimos felices sin percatarnos y entonces reparamos el asunto (o sea, somos felices) a través de la memoria. Quién sabe. Como sea, para mí el destino de los siguientes párrafos sería menos incierto si usara un GPS en el móvil o en el auto.

Yo por ejemplo, por un lado sé que son muy inferiores las ediciones de Playboy de estos días a cualquier número que usted me ponga de las revistas él o Caballero, Yo y Su otro yo, y no hablo de las opulentas ninfas de antaño (cuyas turgencias prefiero a los modelos de hogaño), sino a los contenidos, porque gracias a esas aventuras culturales leímos a Borges o a varios grandes literatos extranjeros y mexicanos. Sin embargo, al instante de escribir esto debo citar a Letras Libres que considero la mejor revista cultural de nuestro país y también a autores de la talla de Norma Lazo, Carmen Boullosa, Julio Patán y Juan Villoro, entre varios más.

Y así otras evocaciones, conmigo tienen desenlaces similares a los antedichos. Pongamos el caso de la infancia y esa tabla de madera de ruedas que en los setentas cobró fama con el nombre de “Avalancha” lo mismo que la bicicleta “Vagabundo”. La lista puede ser larga pero la interrumpo y digo que yo, sin duda, cambiaría todo eso, y hasta el “Chutagol”, señores, “el Chutagol”, por el teléfono más moderno, el iPhone o alguna de esas tabletas de ensueño. Sí, prefieriría los videojuegos a las canicas o el yo-yo; saldría con Cammy y no con la Señorita Cometa, la fresa de Heidi o la Princesa Amanecer y me gustan muchísimo más las cámaras digitales a cualquier otra, ya no digamos Kodak sino Canon,Nikon F2A o la que ustedes ordenen. Y no dudo en tener un Wii a cambio de las damas chinas o las inglesas (y al que sólo cambiaría ocasionalmente por jugar a la botella). Ah, y que alguien me explique por qué dá ternura una persona dormida con un osito de peluche en el brazo y no con la Black berry curve.

Viejos los cerros y reverdecen, se díce, y ahí están de los ochenta Dragón Ball y Dragón Ball Z o la cámara de video con adaptaciones permanentes, pero nunca sucederá lo mismo con las grabadoras para la fiesta ambulante de la música disco o el punk, así como el fax, que pronto será igual de vetusto que las señales de humo. De entre las series de televisión rescato a “Los años maravillosos” pero sólo para registrar que series lo que se dice series, a partir de 2000 y si no comparen cualesquiera de ese tiempo con las de ahora.

En mi hipotética juventud habría optado por el e-mail a las cartas escritas a mano igual que por los devaneos eróticos o amorosos que arden en el ciberespacio en vez de los besos que al transitar tiempo y espacio corren el riesgo del olvido. Con Gaby, mi novia de los ochentas, elegiría el romance del chat, incluso con ella enfrente para decirle al instante lo que sea desde el teléfono: nadie me quita de la cabeza que el fragor físico siempre será más lúbrico después del sexting, y es que hasta las relaciones sexuales ha modificado la tecnología. Para acabar pronto, nadie puede abstraerse de esto, ni siquiera Batman.

Tengo la impresión de que los enemigos de Internet no sólo son quienes buscan censurar sus contenidos sino los que se espantan y enojan como antes hicieron otros frente a los libros, la radio, el cine y la televisión; hablo tanto de mi abuelita como de Giovanni Sartori, con la sutil diferencia de que al intelectual italiano lo conoce medio mundo (entre otras cosas gracias a la web) y a doña Gloria apenas dios padre. No creo que Internet altere la capacidad cognocitiva del ser humano sino que, al contrario, con Umberto Eco pienso que amplió las posibilidades de la lectura y sus alternativas y ya ni entrar a las herramientas que ofrece para la educación porque para eso está un señor que se llama Alejandro Piscitelli cuya exposición, por cierto, me suscita una enorme envidia por los nativos digitales.

Además, ahí están las redes sociales y sus asombrosas posibilidades para la comunicación inmediata y simultánea pero no me extiendo porque cada mes en etcétera nos enseñan de esto José Luis Peralta y Sergio Octavio Contreras, entre otros. Nada más digo que la red no sólo no representa riesgo para la convivencia humana sino que posibilita mejores formas de relacionarnos. Entre todas ellas, por cierto, me alegran las tertulias donde los jóvenes usan el móvil para enviar y recibir mensajes con ese lenguaje tan singular que a muchos estremece debido a lo que consideran como atentatorio contra la ortografia y las buenas costumbres. A mi entender eso nada más trata de un código singular para los nuevos vasos comunicantes y nada pasa si escribimos: Ntp sbs q t amo k a mi vda

Me remito a otra instantánea de los setentas y a la lectura reposada de los diarios, a la mesa café y un cigarro o lo que usted imagine. Advierto que ni antes ni ahora me habría suscrito a Novedades o El Heraldo de Mexico sino a El Día aunque para el caso puede ser cualquier periódico. Aplaudo la ventaja de leerlos en Internet. Es mucho más práctico que las hojas apiladas y los dedos manchados. Paso por alto lo económico dado que creo que pronto el acceso a la información se cobrara aunque ahora mismo es más barato verlos en la web que suscribirse, y entonces digo lo obvio: que gracias a la computadora puede almacenarse el cúmulo de datos e información que sea sin ocupar espacio. Así, aunque el olor a tinta genere suspiros me quedo con la ventaja de las imágenes digitales y los textos ordenados en los diferentes tipos de archivos electrónicos que hay. Y no me cabe duda: todas las hemerotecas decentes serán digitales. Lo electrónico, señoras y señores, es lo de hoy y lo de mañana tambíen.

Final alternativo

El vértigo de nuestros días impide la dispersión y el implacable cierre editorial me apresura a entregar mi texto. Dejo entonces el “Fibra América” encima del viejo libro de Los Miserables. Hago girar el acetato y con los acordes de guitarra dibujados por el gis abro el estuche de la Lettera Olivetti y enrrollo la hoja con el corrector a la mano. Luego verifico la cinta negra y roja y enciendo un Camel pero algo extraño me detiene, es algo así como una opresión en el pecho que me hace cantar a Roberto Carlos mientras siento nostalgia por el futuro.

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