Cinque Terre

Mariano Yberry

[email protected]

Periodista.

“Sólo dios puede contra la naturaleza”

“Sólo dios puede contra la naturaleza”, sentencia un taxista que, a las dos de la mañana, pasa muy cerca de uno de los edificios derrumbados en División del Norte, en la colonia Del Valle.

Ya es el 20 de septiembre. 32 años después, el conductor recorre nuevamente esta ciudad rota como si hubiera simulacro previo al desastre. No importa que todo Eje Central sea un sendero oscuro, que pocas personas sepan algo de Xochimilco o Tlalpan; para él, es un día más de tráfico provocado por la tragedia.

Doce horas antes todo era incertidumbre. Decenas de reportes de edificios caídos, personas desaparecidas, los servicios de transporte público totalmente paralizados y un grupo de helicópteros que en todo el día no dejaron de sobrevolar la capital del país que otra vez, de forma mística, había sido sacudida brutalmente un 19 de septiembre.

Con la mayoría de las comunicaciones caídas, lo único que podía hacer la gente era voltear a sus alrededores, caminar un par de cuadras y ver las casas con vidrios rotos, los semáforos apagados y, en las avenidas principales, observar el viacrucis de los oficinistas que buscaban una manera de llegar a casa para saber quién de su familia estaba a salvo, todo en medio de información inexacta y de una autoridad que, en los primeros minutos, dijo que no se reportaban daños graves aunque su población observaba el desgajado edificio del Servicio Nacional del Empleo, a las afueras del Metro Etiopía.

A unos metros de ahí, en Torreón y Viaducto, ya había una fila de personas (jóvenes, viejos, expertos, novatos, torpes, astutos, atléticos y blandengues) moviendo las grandes piedras de los restos de un edificio que yacía bajo un espectacular. Acercarse al perímetro más cercano implicaba la responsabilidad de usar las manos para mover lo que sea, obligaba a descifrar en segundos las señales de puño arriba, el mutismo del rescate, la materialización de la esperanza en forma de decenas de personas en silencio y totalmente quietas.

¿De dónde salieron los cubrebocas? Es un misterio. Las cubetas, botes y palas también salieron de la tierra cuando ésta decidió quebrarse. No hay tiempo para pensar, pero hay que actuar con la precisión de un cirujano; remover una piedra incorrecta ocasionaría un Jenga fatal en el que los perdedores serán las personas enterradas entre los escombros que, si están conscientes, usarán toda su fuerza para hacer cualquier mínimo ruido que en lo pragmático se interpreta como: “No me olviden, sigo vivo y aquí abajo”.

Las plegarias no faltan. Porque la creencia de que sólo dios puede contra la naturaleza no es exclusiva del taxista que ahora circula por avenida Cuauhtémoc ante la imposibilidad de circular por otras avenidas para llegar a Taxqueña. Sin embargo, no es tiempo de teología, sino de acción, acción real que no permite revisar con calma el teléfono en el que se espera el mensaje de la madre, del hijo, del abuelo, del novio, de quien sea que sepa que está pasando en esta ciudad que dos horas antes realizaba un macrosimulacro como parte de un aniversario más de una tragedia que parece reversionarse 32 años después.

En el Hospital Siglo XXI los pacientes han sido desalojados. En cuestión de minutos, la orden de las autoridades cambió: todos los hospitales deben desalojar a los pacientes; se suspenden de manera inmediata las clases en todos los niveles y, para abonar al caos, Protección Civil hace un par de recomendaciones generales: nadie regrese a los edificios y nadie debe fumar en la calle porque se desconoce en qué partes de la ciudad hay fugas de gas. Es un viacrucis en Cuauhtémoc, a eso de las 15:00 horas, todos huyendo de la avenida Álvaro Obregón, la Condesa y la Roma donde, al parecer, se han registrado los mayores daños (en cuestión de horas se confirmaría). En las tiendas se compran aguas por montones, y entre más entra uno a la zona más dañada, la señal telefónica agoniza, la comunicación es prácticamente nula.

Durante el recorrido, uno observa las grietas en el Hotel Fleming, las ventanas rotas en el Benidorm y, justo al lado del hotel, en una pensión de carros, cinco policías observan como un techo destrozó uno de los vehículos. Lo miran en silencio, como resolviendo la ecuación invisible que yace en el estructura y que les dará la solución para levantar lo que parece un edificio caído.

Al llegar a Álvaro Obregón, la gente está en silencio. Sentada en el camellón, observando a la nada, pensando. Lo que era una de las avenidas más concurridas por la juventud hoy es un nido de ambulancias, de patrullas, de bicicletas yendo de aquí para allá. Pero el peor escenario espera cruzando Insurgentes, donde el tráfico ha sido detenido y ríos de gente vienen del sur como si hubiera empezado un apocalipsis zombie.

Xalapa y Álvaro Obregón ahora es una zona de desastre. Hay militares y personal de Protección Civil que coordinan la sinfonía de picos y palas que buscan a un número indeterminado de personas (algunas, de forma tétrica, lograron comunicarse con alguien con sus celulares para decirles que estaban atrapados, que mandaran ayuda).

Álvaro Obregón 286 será un número que muchos no olvidarán. Porque fue uno de los lugares donde los mexicanos depositaron casi toda su confianza. El Colegio Enrique Rébsamen y la niña que nunca fue pero en la que también esperábamos un milagro; División del Norte y Zapata; División del Norte y Petén, Coquimbo y Lindavista; el multifamiliar Tlalpan; Chimalpopoca y Bolívar, otras costureras que vieron caer en segundos la fábrica donde trabajan; y cientos de puntos más empezaron a convocar manos, comida, agua, plegarias, palas, picos, botes, lo que fuera. Todo conforme regresaban las comunicaciones que sólo permitían empezar a vislumbrar una ciudad en ruinas, gente en histeria y autoridades que mandaron a cientos de militares a las calles como parte del plan D-NIII pero que, a su vez, dejaban claro que ningún político puede cargar sobre sí las soluciones para todo cuando la realidad se impone.

Insurgentes se volvió un caminero ante la suspensión de labores del Metrobús. Aunque el Metro seguía operando, pocos se atrevieron a entrar bajo tierra ante el miedo de una réplica. Todos los restaurantes y bares cerrados. A la altura de Sonora, un escaparate de vestidos de novia deja a la intemperie un vestido rosa pensado para una prometida que caminará hacia el altar bajo un manto de pétalos; hoy tiene bajo sí vidrios rotos; hoy está la duda de si la pareja sigue viva y la boda sigue en pie.

Y es aquí cuando la imaginación se vuelca en una pesadilla, se vuelve el peor enemigo, ante el silencio, ante una ciudad nueva y desconocida, paralizada por un temblor, organizada en ese pacto secreto de saber lo que ocurre aunque no se tengan las dimensiones precisas.

Al pasar el Estadio Azul, algunas personas ya comen salchichas y beben cerveza. Están impávidas ante su comida o ante el televisor que no deja de mostrar lo que los usuarios lograron captar del terremoto. Cada que los dispositivos móviles agarran un poco de señal, alguien tiene una actualización nueva: cae un puente, hay niños debajo de una escuela, no hay luz en la parte sur de la ciudad, hay edificios a punto de ceder ante la naturaleza que combate a dios.

Parecen que ignoran que del otro lado de la ciudad, casi en el centro, ladrones aprovechan el caos para asaltar a los confundidos y asustados transeúntes. Lo mismo en Santa Fe cuyo embotellamiento cotidiano esta vez es cómplice en la tragedia.

Fotografías /Mariano Yberry

Y, sin embargo, a pesar de la rapiña y los asaltos, a pesar de que la colonia Roma se ilumina apenas con pequeñas lámparas solitarias, en la noche miles de jóvenes salen a las calles a brindar una mano, con chaleco, casco y cubrebocas; avanzan por Monterrey entre las oscuras calles y las personas que, temerosas de otra réplica, ponen sillas y mesas en la banqueta para pasar la noche musicalizada por las sirenas y el noticiero que se prolonga y prolonga por horas.

Las cuadrillas de motociclistas, cinco o seis por grupo, llevan víveres, abren paso a los servicios de emergencia, transportan a paramédicos a donde se necesiten; los ciclistas, que ayer eran para muchos un imprudente estorbo en las calles, hoy corren a una velocidad impresionante, esquivando carros, volando topes, aprovechando cualquier mínimo espacio para avanzar y llevar paquetes de un lado a otro.

Camionetas de familias enteras llevan litros y litros de agua, suben a extraños que llevan dos paquetes de pan Bimbo llenos de sandwiches que nadie está seguro de quién los comerá; cargan atún, refrescos, dulces, sueros, bebidas energizantes y chocolates, cualquier fuente mínima de energía para que los trabajos de búsqueda y rescate no se frenen ni un segundo, si es posible.

Imágenes así se repetirán días después, probablemente semanas, en menor cantidad pero constantes en la Fuente de Cibeles y Parque México, que pasaron de ser sedes de reunión de los otrora apáticos y egoístas millennials a centros de acopio perfectamente organizados en donde predomina el ánimo y la esperanza, los chilaquiles gratis, las conexiones de Internet abiertas, los enchufes para que los extraños carguen su celular y los perros perdidos que cuentan con varios cientos de kilos de croquetas donados por familias enteras.

La prensa y las redes sociales erigen a nuevos símbolos de lucha: una perrita rescatista llamada Frida, que conquista el Internet con sus gogles y sus botitas; los taqueros que donan un trompo de pastor a voluntarios y rescatistas; la lata de atún donada desde el norte que nos recuerda la eterna polémica: ¿las quesadillas van con queso o no? (circulan memes que otorgan a los capitalinos la licencia de ponerle lo que “su chingada se les dé” por el esfuerzo mostrado), y por supuesto, los héroes anónimos que levantan escombros desde su silla de ruedas, apoyándose en su muletas, a pesar de su vejez, a pesar de su ignorancia, o haciendo filas para mover víveres bajo la lluvia que tampoco perdonó a la capital.

Pero sin importar que la humanidad se manifiesta de esta forma, el taxista cree que sólo dios puede contra la naturaleza, aun cuando a su lado, en el Parque de los Venados, tiene el ejemplo perfecto de que lo que se cae por gracia del planeta, las personas lo levantamos dos veces, en una especie de flash back que expone lo que hemos aprendido y las lecciones venideras.

“Sólo dios puede contra la naturaleza”, dice ufano el taxista, como si hubiese encontrado todas las respuestas en un libro. Y aunque se pudiera rebatir con él, molesto y totalmente indignado, es preferible quedarse callado porque el conductor que irá a abrazar a su familia en la noche ha puesto su vida a disposición de la misma fuerza que los habitantes de esta ciudad rota: la fe, la esperanza. No importa que vayamos por caminos distintos, quizá hace 12 horas se habría discutido con él por quitarle mérito al ciudadano y otorgárselo a un demiurgo, que de existir, sería un ser cruel y caprichoso. Poco importa ahora, porque después del 19 de septiembre de 2017 no debemos olvidar que sin importar lo que acontezca o cómo acontezca, lo que nos mueve ante la tragedia es la fe de sacar a alguien de los escombros, la fe de alimentar al héroes hambiento, la fe de reconstruir nuestra ciudad, la fe de que, a pesar de todo y del paso del tiempo, aún somos capaces de vernos como hermanos.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password