Cinque Terre

Federico Cendejas Corzo

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Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea, académico y comunicólogo

El silencio del salón de belleza, de Mario Bellatin

Callando, aunque el silencio
alargue la calle endurecida.
Caminar, sin que el eco
grabe el oculto disco de mi voz.
Xavier Villaurrutia

Salón de belleza es una novela corta publicada por primera vez en 1994, de la autoría del mexicano Mario Bellatin. Ha sido reeditada en numerosas ocasiones y también incluida en el primer tomo de la Obra reunida del autor en 2006, así como celebrada en 2014 con una edición especial por el 20 aniversario del relato. El texto ha sido traducido a numerosas lenguas y ha tenido buena recepción por parte de la crítica literaria especializada desde su lanzamiento y hasta nuestros días.

La historia narra las terribles vicisitudes de un estilista travesti amante de los peces, que convierte su salón de belleza en un moridero para aquellos hombres que han contraído una extraña e incurable enfermedad. A través de imágenes muy crudas y de un ambiente desesperanzador, el autor construye una historia conmovedora y atroz donde el silencio es un elemento en el que vale la pena profundizar.

Los estudiosos de la comunicación y la psicología han coincidido en que el silencio es capaz de comunicar; sostienen que, a través del silencio, los seres humanos, los animales y los entornos mismos transmiten sentidos, dicen algo, a pesar de que al oído o a los ojos no les digan nada:

Nos enseñaron que para comunicarnos es imprescindible hablar, y nos empujan a hacerlo. Pero se olvidaron de decirnos que también los silencios comunican. Los signos de nuestro lenguaje, además de letras, son el punto, la coma y el espacio. Ese espacio que da sentido a las palabras (Moreschi, 2010).

Desde esta perspectiva, la novela de Bellatin es un texto en que el silencio es uno de los principales productores de sentido para la experiencia estética de los lectores, pues es a través de lo que se calla, y de todo aquello que no habla, que no dice, que se construye una concepción de lo terrible: el silencio es la devastación.

Ese espacio de lo negado, de lo no dicho, es también el que permite alargar el significado hasta sus últimas consecuencias, pues deja al lector llenar ese “vacío” que otorga el autor como un regalo para que participe de la obra.

Esas voces ocultas en el texto de Bellatin se pueden identificar en tres grandes grupos que, sin el afán de hacer reduccionismos y desde la perspectiva de que un texto literario nunca brinda verdades y no está acabado, me atrevo a enumerar: el silencio de los peces, el silencio del nombre y el silencio de dios.

El silencio de los peces

Los acuarios son presencias fundamentales en la novela pues, además de su carga simbólica indudable, son sus habitantes, los peces, quienes desde su silencio, desde su carencia de voz nos dicen, hablan sin hablar:

Allí donde no habla, ya habla; cuando cesa, persevera. No es silencioso porque, precisamente en él, el silencio se habla. Lo propio de la palabra habitual es que la comprensión forma parte de su naturaleza (Blanchot, 2002: 43).

Ese espacio del que habla Blanchot es el acuario de Bellatin, pues “es curioso ver cómo los peces pueden influir en el ánimo de las personas” (Bellatin, 1999, p. 14), y también existe un efecto inverso: el ánimo de los peces es influenciado por el de las personas: “Curiosamente, con el muchacho perecieron tres peces al mismo tiempo […] Después de su muerte, con los peces ya lejos de su lado, encontré tres Monjitas rígidas en el fondo” (p. 28). Esos peces sin voz, pero con significados, se convierten en el reflejo de lo que pasa en el exterior de la pecera; mudos, encuentran la manera de expresar todo el horror del salón.

Existen peces peculiarmente tranquilos y sensibles, como las Monjitas y otros particularmente terribles y feroces, como los mismos seres humanos:

Aunque da la casualidad que apenas dejé el acuario, los Axolotes se lanzaron a devorar a los Peces Basureros. […] Pocos días después terminaron despedazándose uno al otro. […] Pero lo desconcertante de los Axolotes era su estilo repudiable que, aunado a su desagradable aspecto, daba al asunto de criar peces un carácter diabólico (p. 57).

Esos Axolotes son lo oculto a la mirada, pues mientras están expuestos a la vista del otro, de alguien externo al acuario, se comportan inmutables; pero al no ser vistos cometen atrocidades: su maldad se desencadena, su odio surge, los consume y los lleva a su perdición.

Estos extraños seres acuáticos son un reflejo de la vida misma del protagonista de la historia, pues lo que hace en los baños, fuera de la vista de los otros, es algo que no debe ser hablado, no puede ser visto por nadie que esté fuera de esa gran pecera, o a lo que se dedica en las noches mientras todos duermen. Esas actividades calladas, veladas a los ojos de los demás, son las que lo llevan a contraer la enfermedad incurable y a morir; igual que los Axolotes, eso que oculta es su propia perdición.

Por otro lado, la enfermedad no sólo ataca a los humanos, sino también a los peces, que sufren la misma suerte del “infectado”, del “apestado”, pues igual que nadie se atreve a ayudar o a tocar a esos hombres contaminados por el mal, los peces son despreciados por sus compañeros de acuario: “En más de una ocasión había realizado cierta prueba, donde quedaba claro cómo los peces atacados por los hongos se volvían sagrados e intocables” (p. 62). Lo sagrado que no se toca por miedo, eso que los peces no dicen pero demuestran, es que el enfermo ha sido elegido por la muerte, y el miedo a que esa elección se propague en los demás es lo que le da a quien padece la condición de intocable.

De este modo, esos peces que se devoran entre sí, que comen cadáveres y basura y que al mismo tiempo adornan y le dan al salón de belleza un toque muy especial, nos dicen que la condición humana puede ser muy parecida, en ocasiones, a la animal.

El silencio del nombre

El nombre nos define, nos identifica y nos construye; también es responsabilidad y poder: quien tiene un nombre es capaz de responder por sus actos, pero también lo convierte en objeto de posible castigo como consecuencia de su accionar.

En Salón de belleza nada ni nadie tiene nombre, ni siquiera la terrible enfermedad que aqueja a los habitantes del moridero. Nunca hay mención de un nombre propio: aunque Bellatin usa las mayúsculas para hablar de las especies de los peces o del mismo salón de belleza, jamás otorga el don del nombre.

Ese silencio del nombre es, pues, como un eco, un murmullo, pues; sabemos que todo y todos tenemos un nombre: para los seres humanos, nombrar brinda la posibilidad de conocer la realidad que nos rodea. Entonces, como diría Blanchot, callar el nombre…

Se parece al eco, cuando el eco no sólo dice fuerte lo que primero fue murmurado, sino que se confunde con la inmensidad murmuradora, es el silencio transformado en el espacio resonante, el afuera de toda palabra. Sólo que, aquí, el afuera es vacío, y el eco repite por anticipado, “profético en la ausencia de tiempo” (Blanchot, 2002, p 43).

La ausencia del nombre nos lleva a otras ausencias, como la del tiempo o la del espacio, pues, al carecer de nombre, el texto nos oculta la ciudad en que está ubicado el salón de belleza, y esa carencia de lugar exacto nos precipita a la carencia de fecha precisa.

No decir el nombre nos dice algo, pues el anonimato es la falta de personalidad: alguien sin nombre no puede ser encontrado, culpado o castigado; al no saber quién es, queda fuera de todo parámetro de conocimiento, incluso fuera de la misma condición humana.

El silencio de dios

El moridero tiene una función clara: permitir a los enfermos morir bajo un techo de la forma más rápida posible; es decir, es un lugar en el que no existe esperanza alguna. El salón de belleza no es un refugio ni mucho menos un consuelo; por el contrario, es un lugar para vivir la soledad de la enfermedad, una extraña soledad acompañada de otras soledades. En un espacio como ese, dios no tiene cabida.

Como sabemos, en la negación de algo se afirma su presencia, la existencia que es negada existe en la negación y, por el contrario del nombre, la palabra dios, con mayúscula, sí aparece en el texto: “Los peces quedarán a la mano de Dios” (p. 70). Cuando falte el protagonista, los peces serán abandonados a la voluntad divina; dios existe, pero no dentro del moridero: “Hay otra regla, que no he mencionado por temor a que me censuren, y es que en el Moridero están prohibidos los crucifijos, las estampas y las oraciones de cualquier tipo” (p. 61).

Al silenciar a dios, el salón de belleza sitúa a sus habitantes en la más terrible de las desolaciones; es la misma visión bíblica que, al negar, afirma:

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?,
¿por qué no vienes a salvarme?,
¿por qué no atiendes a mis lamentos?
Salmo 21:1

Es esa desesperación bíblica de quien ha sido dejado: dios calla y, en su silencio, comunica el vacío total. Ahora no existe, verdaderamente, ninguna esperanza; a quien dios le oculta la voz le falta todo, está perdido.

Entonces, si dios no existiera, ¿por qué habría que silenciarlo? El protagonista del relato que lleva el moridero sabe que, de algún modo, en los sentimientos religiosos puede vivir una esperanza, y por eso hay que aniquilarlos, por eso hay que arrebatar a dios del pensamiento de los huéspedes. De esa manera no tendrán a qué aferrarse; de ese modo morirán más rápido, pues tendrán la certeza de que todo está perdido.

El silencio de dios, traducido en la absoluta desolación, no puede considerarse un acto cruel, pero tampoco piadoso: simplemente es parte de la misión del Moridero.

Conclusiones

El silencio, que por supuesto comunica y es productor de sentido, también es el espacio de la incertidumbre pues, al no existir palabras que nombren la realidad de su ser, invita a la confusión, al desconocimiento, al anonimato.

Lo que se calla existe, lo que no se nombra es también una realidad; pero el silencio, arma poderosa, oculta esas realidades indeseables y las aleja del pensamiento
y comprensión humana.

Es mejor callar lo que duele para que duela menos, como el nombre de la enfermedad o el de quien narra la terrible historia; sin nombre no hay castigo, no hay responsabilidad, no hay verdad.

Es necesario callar a dios para quitar toda esperanza; la muerte, esa “soledad que se aproxima” (p. 73), es lo único permitido en el pensamiento, y no existe mayor soledad que la de quien no es escuchado y, sobre todo, la de quien, al clamar, no recibe una respuesta. El silencio de dios es la desolación, la desesperanza.

Es fuerte el silencio de los peces, pues no recriminan las conductas humanas con palabras; esos animales hacen reflexionar a las personas, les sirven como un espejo que no miente, son una imagen callada que revela la realidad profunda y terrible de la bestialidad humana.

Finalmente, el silencio permite al lector llenar el espacio vacío y le da a la obra, que, sin duda, calla tanto y dice tanto en tan breve extensión, la característica de ser una novela del silencio, que es, precisamente, el que la construye y brinda una cantidad infinita de sentido, pues la palabra tiene principio y fin, pero el silencio no. Lo que se calla es lo ambiguo, el silencio es la inestabilidad, la desesperación, la confusión. En este sentido, el silencio es el vacío existencial de la propia condición humana, como bien lo refleja Salón de belleza.


Referencias

Bellatin, M., Salón de belleza, México, Tusquets Editores, 1999.
Blanchot, M., El espacio literario, Madrid, Editorial Nacional, 2002.
Moreschi, G., “El silencio también comunica” (2010), consultado en septiembre de 2018 en: http://gracielamoreschi.com.ar/el-silenciotambien- comunica/

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