Jesús Olguín

[email protected]

Médico cirujano

SIDA: la ganancia y la pérdida

El siglo XX marcó nuestra forma de vida por infinidad de circunstancias; en esa centuria hubo parteaguas que simbolizaron ideologías, identidades nacionales, hábitos y estilos de vida. También afianzó estigmas y prejuicios múltiples como el de la discriminación y éste ha tenido uno de sus momentos cúspide frente l Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

El SIDA surgió en el último cuarto del siglo XX. Apareció como de la nada y sin duda suscitó una de las mayores zozobras que, hasta entonces, se hubieran registrado en el mundo. En esa mezcla de incertidumbre, miedo y, sobre todo, falta de información, inició un pavoroso despliegue de actitudes y consignas en contra de los portadores del VIH. Hasta donde se sabe, el letal virus lo incubó un primate originario de África y su despliegue fue impetuoso en todo el orbe; no hubo forma de detener su ataque y, menos, con las supercherías que lo acompañaron. Su trasmisión se asoció a prácticas homosexuales, al empleo de prostitutas y a la adicción a las drogas administradas por agujas que compartían los adictos. En fin, a todas aquellas prácticas atentatorias contra la moral, como si el SIDA fuera un castigo divino o una forma de selección de la propia naturaleza. El SIDA se convirtió en un símbolo de decadencia social que ponía en evidencia a sus participantes y los exhibía de modo contundente.

Antes de entender la importancia epidemiológica del caso, se instaló una guerra abierta hacia las personas portadoras del virus con argumentos que iban desde venganzas de la naturaleza hasta castigos divinos, al menos en muchas de las culturas occidentales, incluida la nuestra. La “sobrevida” a la enfermedad era de alrededor de cinco años antes de la aparición de los retrovirales. Previo a eso, se corrió la consigna de no acercarse a portador alguno, ya que se manejaba que hasta el sudor, la saliva y las lágrimas podían transportar al virus (por no hablar de los piquetes de mosco).

Fue así como los enfermos de SIDA tuvieron que padecer, además del impacto emocional del diagnóstico y su tratamiento médico, un confinamiento social tan implacable como el mismo padecimiento: el rechazo los etiquetaba como poco confiables, pues o eran homosexuales, adictos a drogas o infieles con hábitos cuestionables. Al respecto, en una ocasión me tocó atender a un joven homosexual con los párpados llenos de pus, infección secundaria a una conjuntivitis. Había recorrido, acompañado de su hermana, todas las dependencias de salud pública que se le ocurrió, pero fue rechazado en todas ellas por miedo al contagio.

Lleno de rabia, contó que un médico le dijo “ahora te aguantas por puto”. Después de muchas versiones como ésta, hubo que trabajar en serio ante un problema de salud público mundial. Se crearon grupos especializados para la atención del SIDA, se formalizaron los tratamientos contra las adicciones tanto en clínicas especializadas como en grupos de autoayuda, se elaboraron protocolos de control de transfusiones sanguíneas, lo que ha llevado a prácticamente eliminar el contagio en ellas. La investigación científica del SIDA ha dado resultados realmente importantes, además del control de la enfermedad, pues ya no termina con la vida en sólo cinco años. Y, esto, por cierto, generó otro símbolo que se sobrepuso a la discriminación y a los prejuicios; se llama condón.

La difusión de medidas preventivas en los medios de comunicación, en los programas escolares, y la posibilidad de hablar abiertamente de temas que en aquel entonces eran innombrables, ha dado por resultado que desde temprana edad se tenga información más clara y real de los métodos de protección, lo que a su vez disminuyó hasta las enfermedades venéreas y los embarazos no deseados. El SIDA, un símbolo de decadencia social en su momento, es el ejemplo claro de “la ganancia de la pérdida”.

El condón, seguridad milenaria

La primera evidencia del uso del condón es una escena pintada en la cueva de Combarelles en Francia, cuya existencia data de entre los años 100 aC y 200 dC. Otros aseguran que en la antigua Roma se hacían preservativos con el tejido muscular de guerreros. En cualquiera de los casos, es imposible conocer si tenía fines de control reproductivo, si su uso se debía a una creencia religiosa, si era un método para prevenir enfermedades, etcétera. La primera referencia alusiva al uso del condón como método anticonceptivo, data del año 1600, cuando el Rey Carlos II, preocupado por procrear hijos bastardos con sus concubinas, solicitó al Dr. Condón o Conton que buscara una solución a su problema. A partir de entonces la imagen del condón se asoció con la idea del control de la natalidad. Sin embargo, la prenda adquiriría otro significado a partir de los 80, cuando se documentó que el SIDA era una enfermedad de transmisión sexual. Desde entonces, también se le asoció con la idea de sexo seguro.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password