Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Hiroshima, 72 años después

Hiroshima, Japón, 6 de agosto. Son las 8:15 de la mañana y la temperatura ronda los 29 grados. En el centro de la ciudad se congregan el primer ministro, embajadores de la comunidad internacional, sobrevivientes y familiares de las víctimas fatales de hace 72 años que, aquí, en este lugar y a esta hora, escucharon el estruendo de la primera bomba atómica lanzada en la historia de la humanidad.

Fotografía – MLT

En esa ocasión, la bomba cayó a un lado del puente Aioi-bashi que es donde originalmente había planeado el bombardero norteamericano B-29 (llamado Enola Gay), a unos 200 metros donde ahora se halla un hotel.

Centenas de personas de todas las nacionalidades estamos en el centro de la urbe, es la región de Chugoku situada al oeste de Japón, recordando que la bomba, bautizada por el piloto, teniente coronel Paul Tibbets, como la “Little Boy”, mató a 140 mil personas de inmediato y, durante los siguientes cinco años, a 65 mil más por las secuelas del ataque. Se recuerda de diferentes formas, en silencio, leyendo poesía o pasando lista en voz alta de quienes murieron. Orando también.

La “Little Boy” mató a más de la mitad de la población de Hiroshima, un sitio donde hay más dioses que seres humanos, ocho millones sobre los dos millones de personas que ahora habitan la metrópoli. Puede entenderse, según sus creencias, los muertos que lo merecen se vuelven dioses. Y la región ha tenido muchos muertos en su historia.

En Hiroshima predomina el sintoísmo, una religión que implica al hombre en la construcción permanente de las cosas nuevas, por eso sus templos cambian cada 40 años. Así, no es exagerado imaginar a Hiroshima como un templo devastado que debió reconstruirse y renovar sus creencias y su esperanza, incluso sobre la rendición sin condiciones de Japón ante el ataque estadounidense y luego de una segunda, devastadora, bomba atómica en Nagasaki.

Fotografía – MLT

Sí, a esta hora aquí, a las 8:15 de la mañana, hace 72 años, se escuchó una gran detonación que expandió la radiactividad a cuatro kilómetros a la redonda pero, sobre todo, expandió decenas de miles de gritos de dolor, de súplicas de ayuda y prolongadas agonías. Ese día en la tarde llovió en Hiroshima y en otras partes del oeste, la gente más vieja recuerda no sólo que así se expandió aún más la radioactividad sino que el agua que caía era negra. Aún les duele, y a sus familiares también. Más aún cuando recuerdan a las personas encendidas por el fuego −adultos, viejos, niños, niñas− que se lanzaban a los ríos que bifurcan frente al almacén que ahora en su esqueleto queda como recuerdo de la desolación, son los ríos Ohta-gava y Motoyasu-gava, donde se sumergían decenas de seres para atenuar los ardores de sus cuerpos y así contaminaban el agua. Los viejos recuerdan conmovidos cómo es que por ello no podían dar agua a quienes la suplicaban porque eso implicaba matarlos. Esa es la razón por la que en el camino, hoy 72 años después, hay varias ofrendas con botellas de agua, mucha agua, caudales, la que no se pudieron proveer entre los mismos japoneses.

Estoy seguro que al mundo esto debiera conmoverle, la memoria opera como acicate para deplorar las acciones de guerra y exhibir quienes están dispuestos a la destrucción del otro aunque ello implique la aniquilación de ellos mismos.

Estamos en Hiroshima y, como en aquel entonces, también amenaza un tifón, sólo que hace 72 años ese fenómeno meteorológico sí destruyó definitivamente la ciudad.

Ahora, las razones son claras, Hiroshima es una ciudad nueva e incluso moderna, una región portuaria donde la producción de ostras es una de las principales actividades, sobre todo allá fuera de la urbe donde un Tory de 60 toneladas se yergue en el mar interior o, como le llaman los japoneses, su pequeño mar mediterráneo.

En estos momentos estoy en el epicentro en el que se formó el hongo de 180 metros, donde ahora hay un museo en favor de la paz y centenas de grullas para dejar patente el deseo de que eso no vuelva a ocurrir: la grulla o pajarita es ahora un símbolo de la paz, una ofrenda a los muertos y, vaya ironía, un testimonio de la estupidez. También de esperanza, aquí murió Sadako de leucemia, aunque la niña de 12 años hizo dos mil grullas de papel porque estaba segura de que así podría curarse.

Hoy, 72 años después de la bomba, hay decenas de miles de trenzas que hacen la grulla y un monumento de nueve metros donde está esa niña con una pajarita grande, inmortalizada por los habitantes de esta región como un homenaje y para mantener la esperanza. Por eso es que no guardo conmigo la pajarita de papel que me dieron para depositarla en ese monumento, porque pertenece a esa niña, no a mí, a Sadako Sasaki. Al símbolo de la esperanza y al esparcimiento de las lágrimas de dolor 72 años después.

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