Felipe Chao Ebergenyi

Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y director general de Comunicación Social del IFAI.

Del espionaje al Panóptico de Foucault

En los primeros días de septiembre de 2016 fue retoma-da por algunos medios de nuestro país la siguiente nota: “Pagó México 15 mdd por espionaje: NYT”. La in-formación hacía referencia a que en el año 2013 el gobierno de México contrató a la firma NSO Group para espiar a un periodista mexicano. A casi un año de distancia, el mismo diario, la misma firma, la misma historia con las mismas carencias.

Los servicios de inteligencia de los gobiernos, los think thank, los centros de investigación, fundaciones y muchos otros organismos financieros, empresariales e industriales, así como consultorías de toda índole, funcionan de la misma manera: recaban información, la procesan, analizan y formulan alternativas para la toma de decisiones.

Para recabar información se utilizan las formas más impensables y en muchas ocasiones hasta ridículas, que van desde la siembra de micrófonos, infiltrados y agentes encubiertos, pinchar teléfonos, la compra de documentos confidenciales, la utilización de las leyes de acceso a la información, lo difundido por medios de comunicación y en redes sociales, la utilización de software que pueden ser adquiridos no solo por gobiernos (aunque se empeñen en decir lo contrario) pasando, claro está, por la asistencia a eventos en apariencia altruistas, hasta llegar a las reuniones del Club Bilderberg. La película alemana “La vida de los otros” de Florian Henckel (2006) que muestra el espionaje sobre los círculos intelectuales realizado por la Stasi, es un buen ejemplo de lo anterior.

Sin embargo, si del procedimiento de recabar, analizar y procesar información no se desprenden decisiones, dicha actividad se realiza para intimidar y por el placer perverso de violentar la intimidad de las personas. Placer no menor, de condición humana dirían algunos, que consiste en observar –espiar– a los demás sin ser vistos. Baste leer el libro El Motel del Voyeur de Gay Talese, o bien recodar las grabaciones de José Cordoba Montoya con Marcela Bodenstedt, las del exgobernador Mario Marín, las de Luis

Téllez; Pedro Ferriz de Con o la muy famosa a Joséfina Váz-quez Mota con el inolvidable: “Pinche Sota”.

El espionaje denunciado en nuestro país en días pasados, por periodistas y activistas, apunta, hasta el momento, a que no se han tomado decisiones en función de lo recabado y, pareciera ser, que solo se realiza por el placer morboso e intimidatorio de hacernos saber que forman parte de “la vida de los otros”. La intimidación, tiene como fin inhibir la acción a realizar y mal haríamos en espantarnos o dejar de actuar ante la posibilidad de ser espiados.

Al igual que muchas otras actividades, el espionaje (sin autorización de un juez) es ilegal y moralmente condenable, pero lo cierto es que existe y ni las penas jurídicas ni las condenas morales han impedido que tan ruin actividad se siga realizando desde los más disímbolos e impensables organismos, instituciones e incluso, toca a los amantes despechados.

El agravio y la indignación no debe de ser por ser espiado, sino por ser ignorado, pues equivale a decir que lo que realizas no tiene relevancia para los poderes formales y fácticos. No se trata de resignarnos a la idea de vivir bajo el Panóptico de Foucault, sino de aprender, sea quien sea y provenga de donde provenga, a burlarnos del vigía.

Se presagia tormenta y desde lo alto de la atalaya, la serpiente vigila.

 

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