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Diosas mexicanas

Isela Vega

Acompáñeme a mirar la huella dejada por varias mujeres mexicanas que fundieron el arte con el cuerpo y la desnudez. No es un ejercicio exhaustivo, como no lo fue el anterior, sino lúdico, que no depende de la precisión del especialista sino del rigor de la memoria. Es, en cualquier caso, un cuadro disperso de anhelos.

1. Un prado en el cielo

A finales de los 40 una escultura michoacana tallada en piel morena desafió a las expertas del gesto desdeñoso y la ceja alzada, que es como caracterizó José de la Colina a Dolores del Río y María Felix para expresar su gusto que es también el mío, por Lilia Prado, su “favorita presencia femenina del cine mexicano” de aquel tiempo. En este caso creo que sí hay que definir preferencias mediante el deslinde y decir que no es la cara perfecta pero sí es de las más intensas, no es emblema de la mujer fatal o vampiresa, tiene la sensualidad rumbera y la procacidad del barrio además de la perversidad que incita, excita y burla con sonoras carcajadas el deseo de los hombres. Y hay que reconocerla: Lilia Prado optó por envolverse en el arte innato de su dramatismo y no en el fácil celofán de “la levantada región posterior de perfectas semiesferas firmes” a que aludió Colina, ni a la increíble angostura del talle como dijo también, ni a las piernas de ensueño, agrego, que muchos signan como símbolo de la ilusión que viaja en tranvía. Puestos así los términos, la conclusión es sencilla y contundente como lo fue para uno de los mejores directores de cine de nuestra historia, Luis Buñuel: fue una mujer inquietante por sus atributos físicos (capaz de levantar una mochila sin sujetarla con las correas, dijo de ella Buñuel) pero, sobre todo, una actriz en la extensión de la palabra y por ello para mí el más grande icono de la época de oro.

Meche Carreño

2. Nació jarocha

Intuyo que estamos de acuerdo en que un señor que se llamó Emilio, le decían “El Indio” y se apellidó Fernández, está entre los mejores directores de cine que ha tenido el país, y que “La Choca” (1974) es una de sus cintas más emblemáticas. Si todo esto es así el acuerdo será unánime: el desnudo de la veracruzana Meche Carreño en la cinta es de los más recordados del celuloide mexicano.

3. Loba

Sospecho que pocos sabrán quién fue María Cristina Guadalupe Vega Hoyo, pero creo que si digo Kitty de Hoyos podemos entrar en ambiente y subrayar que a esa mujer de la ciudad de México le debemos los primeros desnudos parciales de la pantalla grande, como pasó en 1954 con “Esposas infieles” (“parcial”, me aclara el reportero Jaime Contreras, porque hay escenas censuradas). Luego, once años después participó en la muy recordada “La Loba” (1965), donde actuó con Joaquín Cordero.

4. La fuerza del deseo

Como algo me dice que le faltan consensos al país, propongo el homenaje colectivo de uno de los más jugosos frutos del cine de los 50: la queretana Ana Luisa Peluffo; lo merecen su belleza elegante, los dotes histriónicos de su prolífica trayectoria fílmica y también el ser la primera mujer que, en México, mostró el cuerpo totalmente desnudo en “La fuerza del deseo” (1955), lo que le originó intensas críticas de amplios circuitos conservadores que ella afrontó con carácter.

5. Bruja y vampiro

El cine fantástico tiene princesas como Gina Moret o Noelia Noel, pero solo una reina que nació en la ciudad de México en 1937: María de la Concepción Lorena Villar Dondé o Lorena Velázquez, como quieran. No hay registro en la claqueta de su desnudez a diferencia de los malvados senos de Gina y Noelia contra los que luchó Santo, pero eso nada importa. Eran hermosos el cuerpo esbelto y la imperativa expresión del rostro que, junto a su capacidad de actriz y versatilidad, la convirtieron en el mayor icono femenino de esas hechuras surrealistas de los 60, admiradas hasta por los mismísimos Stanley Kubrick y Pedro Almodóvar. Es ella una impronta imborrable del cine mexicano sea como víctima potencial de los monstruos, luchadora del ring contra la Momia o el Médico asesino y sobre todo al menos para mí, bruja, loba y murciélago, papel que la consagró en “Santo contra las mujeres vampiro” (1962).

6. Salvaje

Casi 20 años después del atrevimiento de Ana Luisa Peluffo, hubo otro espectacular: la salvaje desnudez de una sonorense de 35 años llamada Isela Vega, retratada para la versión estadounidense de Playboy, que hasta 1974 no había integrado mujeres latino americanas, lo cual implicó algo más que retratar formas concupiscentes, fue el reconocimiento de una de las más completas profesionales de finales de los 60 al incursionar en el modelaje, en la radio y la televisión, el teatro y el cine en donde compartió créditos con Pedro Armendariz y Mauricio Garcés, por ejemplo; incluso fue nominada al Ariel como mejor actriz en “Las reglas del juego”, entre los pocos largometrajes de calidad de inicios de los 70 (junto con las todavía mejores “Canoa”, “El apando” y “Las Poquianchis”)

7. Misteriosa

Hay bellezas místicas que pertenecen a otros mundos, como Rarotonga, símbolo sexual del cómic de los 50 y 60 cincelado por Yolanda Vargas Dulche y Guillermo de la Parra para la serie “Lágrimas, Risas y Amor” de Grupo Editorial Vid. La figura turgente color palo de rosa, el cabello ensortijado y la mirada incandescente fueron varios de los sortilegios que, “cada martes para hacerla suya”, embrujaron a docenas de miles de lectores, incluso de Latinoamérica. Entre la nostalgia y la evocación vale la pena acudir al melodrama, admirar su baile, adivinar o inventar sus deseos y someternos, divertidos y advertidos de que ella no es terrenal, como muestran los malogrados conjuros de Café Tacuba (2007), la prescindible actuación de Gloriella que la quiso encarnar en 1978 o el cuento aquel de la reedición de hace poco más de 10 años.

8. Las hijas de la noche

Me pregunto si en el templete de los recuerdos bailarán las vedettes. Estoy en problemas y no por una súbita corrección política; soy hijo de la noche.

Sucede que de los años 20 no me convencen Amparo Arozamena o Mimi Derba y de los 30 y 40 no hallo registro espectacular del alguna doncella sino hasta la década siguiente, pero no nacieron en México: por ejemplo Rosita Fornés y Yolanda Montes Tongolele. En los 60, claro, se encuentra Ana Bertha Lepe pero dudo que sea vedette en la extensión de la palabra además de que su mejor registro físico y actoral lo veo en los 50, y muy por abajo de las aludidas señoras de Hoyos y Peluffo, me refiero a “El Vizconde de Montecristo (1954), donde compartió créditos nada menos que con Tin Tan y Andrés Soler.

De los 70 y principios de los 80 tengo el prurito de que se trata de la peor época del cine, el de las llamadas “Ficheras”, que reiteradamente empleó a las ninfas del entretenimiento para el desnudo vulgar y el guión insulso. Con todo, vale la pena valorar que hubo una vez por esa época en que los centros nocturnos de la ciudad de México fueron apacibles, festivos y complacientes con las sombras de la oscuridad. Barajo alternativas : Mora Escudero, tal vez, pero no me convence. Luego omito a otras por no ser mexicanas como a Thelma Tixou o por mirarlas desabridas , Angélica Chain, Wanda Sioux y la Princesa Lea. Descarto a otras por anodinas y su opulencia exagerada como Rosy Mendoza, Lin May y Rebeca Silva. Además, no les encuentro atributos artísticos. También resisto la tentación de la nostalgia y excluyó a Gina Montes (aunque a ella, igual que a Anais de Melo pudiera defenderlas en alguna plática de borrachos).

Decido al fin y desde la proclama “Todos queremos ver a Olga” cito a Breeskin: a) porque no formó parte del festín fichero, b) porque al menos intentó bailar y se esforzó en tocar el violín, c) invirtió para intentar ofrecer un espectáculo parecido a Las Vegas; d) porque fue emblema de los 70, “La número uno”, decían de ella los medios entonces y porque e) hasta donde se, batió récord de permanencia en un cabaret mexicano en el famoso Belvedere del hotel Continental que estuvo en Insurgentes y Reforma de la ciudad de México y que cayó durante los sismos de 1985.

(Estos desnudos continuarán…)

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