Safo de Lesbos

Todo es enigma en el erotismo humano. Nada sale exactamente de la carne; no existe el instinto sexual para quien tiene complejo de Edipo. Predomina, más bien, lo siniestro, lo oscuro, lo que llena de temor y temblor.


El amor carnal es un enredo del espíritu, porque los humanos nada podemos saber de lo que en realidad puede el cuerpo; sin embargo, con el gozo del cuerpo logramos ser como dioses, sin que importe de qué lado nos de ese goce, igual si es sádico que si es masoquista.


Entre las figuras más importantes de la poesía griega está la poeta Safo de Lesbos, de quien poco se sabe, al igual que de sus contemporáneos. Dentro de la poca información y versos que nos llegan de ella se dice que nació en el siglo VI A.C., en Lesbos. No obstante, viviría rodeada de lujos en Mitilene donde también se congregaban poetas con las que compartía versos, mayoritariamente dedicados a Afrodita. A ella le debemos las dos palabras con que nombramos el amor carnal entre personas del sexo femenino: “lesbianismo” y amor “sáfico”. Pero sus versos nos permiten imaginarla bisexual, elegantemente perversa y polimorfa.


En sintonía con la lírica griega, el erotismo de Safo no distingue sexos y se manifiesta con las deidades. Además, también utiliza las analogías lacerantes e intensas para nombrar la intensidad del deseo: “Me estás abrasando” o “Llegaste, lo hiciste y yo te deseé ardientemente / y helaste mi corazón, encendido en deseo”.


Con Safo se establece el erotismo como un momento de simultaneidad en el que dioses y hombres son iguales, lo que refuerza su carácter de ser un acto sagrado y no un mero impulso animal: “Me parece igual a los dioses / aquel hombre que se sienta / frente a ti y te escucha de cerca / mientras le hablas con dulzura”.


Igual es capaz de explicar con claras palabras el estallido deslumbrante del amor: “Dicen que es una hueste de jinetes / o una escuadra de infantes o una flota / lo más bello en la tierra, / mas yo digo que es la persona amada. // Y es muy fácil hacer que entienda eso / cualquiera, cuando Helena, que era hermosa / más que ningún humano, abandonó / a su honorable esposo // y a Troya se escapó, cruzando el mar, / y nunca de su hija se acordó / ni de sus padres, y es que, de su grado, / el amor la hizo errar camino…”.


Porque el amor-pasión es impredecible e incontrolable, nos gobierna y nos aturde, nos hace y nos destruye; porque la figura de la brasa deriva de una llamarada ingobernable nombrada deseo: el erotismo como la mística sagrada de los cuerpos cuyo control anhelamos pero cuya fuerza nos es inaccesible bajo el impulso de la carne.

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