Cinque Terre

Emiliano López Rascón

Productor de Radio y Artista Sonoro

Ruido en alta definición

Ruido es un vocablo polémico y enredoso en varios sentidos. De entrada porque entre sus acepciones está precisamente esa: voces peleando. Según el sentido más popular y espontáneo, ruido se asocia a un sonido molesto, lo que resulta de un subjetivismo temible: como si la molestia pudiera existir invariable en si misma. Muy pocas cosas alcanzan el rango de intolerables universales, o no existiría la coprofilia. Si en gustos se rompen géneros, en molestias se rompen progenitoras.

La etimología da una referencia más descriptiva y menos adjetivada: ruido proviene del latín rugitus: “bramido”, “sonidosordo” sin faltar, claro, “rugido”. Otros sentidos parecen contener alguna explicación objetiva a la molestia: ruido como sonido intenso, a demasiado volumen, que puede ser medido con precisión por aparatos que sólo expresan decibelios y no desagrado o molestia. También se reserva para designar aquellos sonidos desarticulados fuera de escalas tonales y patrones armónicos o bien fuera de estructuras lingüísticas, que los diccionarios inmediatamente asocian a una experiencia desagradable o molesta. Como si la ausencia de códigos normados de escucha fueran inmediatamente molestos para todos.

¿Molesta para quién? ¿Y por qué? El borracho enfiestado quiere subirle a la canción y su vecino quiere que le baje, unos lanzan cohetes a la virgen de la esquina y otros maldicen a los devotos. La única constante es que salvo el aullido de dolor, el ruido es siempre menos molesto para quien lo genera que para quién lo escucha.

En el equipo de futbol de mi hijo hay un papá ruidoso: es el centro de una controversia local que estuvo cerca de pasar de las vibraciones aéreas al choque de las masas corporales debido a cierto empiojamiento en su estilo de animación que es una combinación de apoyo muy entusiasta a los escuincles con la dirección técnica exaltada que todo compatriota futbolero lleva no muy adentro. No agrede, no se burla, siempre su onda es en positivo: “vamos muchachos a cubrir, marque mijo, a incomodar al rival, ahora vamos al frente, es suya, ándele vaya por ella…” y así por 50 minutos. Para colmo tiene un vozarrón y aunque también dentro de mi duerme un piojo de sueño ligero, me tomó cerca de tres partidos acostumbrarme a los decibeles de mi compañero de barra. No es un mal tipo, insisto, hay papas agresivos y mala uva, lo único malo con él es que grita mucho y fuerte. Después del incidente descubrí que me ubico en el ala tolerante de papas y mamás: la mayoría apenas lo soporta. Normalmente se alejan lo más que pueden del megáfono humano.

Recientemente los papás del otro equipo desprevenidos del fenómeno, a poco de iniciado el partido le exigieron que callara o al menos le bajara; pero resulta que en esa liga no está prohibido gritar, así que pedido con esos malos modos y ya con mi entusiasta apoyo, los invitó a alejarse de ahí si tanto les molestaba, -o a gritar más fuerte- agregué yo con malicia, sabiendo que ahí llevaban todas las de perder. Poseídos de convencimiento llamaron a un directivo para denunciarlo, aunque para su sorpresa e indignación, el representante les informó que el gritón, si no insultaba o agredía, tenía todo el derecho a gritar y punto. No entendieron que: o toleraban algo que les molestaba, o se mudaban a otro graderío.

Desenlace: seguimos gritando mientras los otros indignados se lamenta de una regla que no les acomoda con los ya clásicos: ¡Que barbaridad! ¡No es posible! ¡A quién se le ocurre! ¡Por eso nuestro México se está cayendo en pedazos!… y esa indignación vociferante tan confundida con ciudadanía hoy en día.

Este incidente fue una de las incontables batallas cotidianas en las que el ruido se instala como causa y consecuencia al mismo tiempo.

Si la guerra es la política por otros medios, en medio de ambas está el ruido como bien lo plantea Jaques Attali con su aproximación económica y política a la música en su ensayo Ruidos de 1977. El mundanal ruido es un espacio de confrontación en donde el sonido es el arma, y la sordera el escudo. A ver quién grita más parece ser el nombre del juego, a ver quien calla a quién. La corrupción es en lo oscurito, su denuncia real o sesgada es a voz en cuello dónde no hay espacio para la escucha, para pensar, para elaborar, para que una voz de afuera me ayude a encontrar la mía. Los procesos electorales convertidos en puro ruido por obra y gracia de millones de spots que si ya desde su producción venían marcados por la ambigüedad, el simulacro y la mercadotecnia predecible, en su pautado les ocurre lo mismo que a cualquier palabra o frase que uno repita en voz alta durante unos tres minutos, prueben: su sentido se evapora y se percibe como puro ruido como puro ruido como puro ruido como puro… (así un ratito, por favor)

Nota cultural y moraleja post-ejercicio: Si me acompañó usted en este sencillo experimento, el efecto que debió percibir es la transición de la llamada escucha semántica a la escucha reducida según Pierre Schaeffer, quien fundó apenas acabada la guerra la escuela de la música concreta en Francia que resultó decisiva para la integración de los ruidos y las grabaciones en la composición musical a través de la apreciación del sonido por sus características intrínsecas y no por su significado o por remitir a la causa que lo origina. (Guglear)

La política mexicana logró involuntariamente la reducción al absurdo de esa manera de asimilar la propaganda política a la publicidad electrónica creada en el seno de la política norteamericana de la postguerra. Intentando acabar con la perversa transferencia de recursos públicos a los concesionarios de medios que se incrementaba en cada campaña de manera colateral al proceso de transición democrática, la vengadora LX legislatura implantó la solución final para consumar el divorcio entre partidos y sociedad: en lugar de replantear el modelo de comunicación hacia una modalidad deliberativa le ensartó la espotiza a las emisoras y de paso a todos nosotros llevando así, por saturación, a la anulación de los mensajes convirtiendola en mero ruido con su repetición ad nauseam.

La política se habría vuelto, por obra y gracia de esa reforma electoral puro ruido; pero lo que encontramos si escuchamos con atención a Attalí es que el surrealismo mexicano logró revelar por otros medios su esencia ruidísta en el paroxismo del spot, tan cercano a los estrechos carruseles musicales de 40 éxitos de la radio con formulas codificadas y predecibles. Rolas que rolan y rolan repetidas hasta consumirse en el fuego de las revoluciones por minuto, literalmente hasta su agotamiento estético: el choteo. Las sonoridades y voces tonales, cifradas en reglas y estructuras armónicas y rítmicas que inicialmente es percibida como música, se transmuta en ruido, en coacción sorda mediante su reiteración obstinada, como fuerza bruta a final de cuentas.

No otra cosa son los bots y las avalanchas tuiteras, así también las consignas y clamores o las firmas de los comunicadores, así también la llamada consistencia del mensaje. La política es ruido, el ruido es política y esto desde siempre son maneras discretas de administrar la violencia que es intrínseca a las sociedades. Según la que nos toque bailar, tememos o anhelamos el gran estallido social, cuando en realidad ya hace tiempo el capitalismo logró que tanto las revoluciones como las innovaciones dosificadas alimenten en pequeñas combustiones la maquinaria sistémica.

Desde Schaeffer, quizá desde principios del siglo XX con las primeras vanguardias, los ruidos se han vuelto parte activa, presente, normalizada y casi necesaria de la producción musical: scratch, glitch, efectos, disonancias, scat y vocoder, el rugido de la guitarra eléctrica prolongado hasta el aullido cuando hace feedback contra el amplificador o los motores y máquinas que son bienvenidas por Pink Floyd, deseando que estén ahí como un instrumento más. El ruido deviene música, mientras que la música por repetición, ya lo dije hasta el cansancio se vuelve ruido.

Y a todo esto ¿Quién escucha?

 

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