Cinque Terre

Emiliano López Rascón

Productor de Radio y Artista Sonoro

RUI-2

Hay que ampliar acerca del ruido y sus (in)definiciones. Sugerí en mi texto anterior que Ruido es un vocablo ruidoso en sí mismo porque tiene una connotación negativa, asociada a la molestia y a la confrontación: y que, siguiendo a Jaques Attali, el sonido se manifiesta polémicamente en el espacio público directamente como poder. Su medida en watts referida comúnmente a aparatos y amplificadores se puede usar perfectamente en la política (o en la bio-política diría Foucault)

Otra paradoja inherente al significado de la palabra y su definición es que se asocia precisamente a lo indefinido, al sonido sin una forma clara o codificada al contrario de la música tonal representable en la partitura o la palabra en la escritura alfabética. Un idioma que no conocemos es ruido, la música que rompe con los patrones familiares, también. (aunque, como dije antes, todo sonido semántico repetido en exceso regresa a su calidad de ruido). Sólo una escucha especializada en atender a la estructura misma del sonido y des-condicionada del impulso causal o semántico -que utilizamos habitualmente para una vida normal- puede encontrar música en el ruido.

Todo sonido que no puede representarse o remitirse a un código se convierte en ruido, en un cuerpo ajeno, infiltrado, con la ansiedad que genera la presencia sensorial de algo que no podemos clasificar y que, para acentuar su extrañeza, no es visible o sea objetivable mediante un contorno, una superposición ubicable en las coordenadas del horizonte, sino que al contrario se percibe de manera difusa, resonante y no parece provenir de un solo punto. Las conjuras y asonadas nombradas como ruido de sables. Cuando el ruido suena algo lleva. Así son los chismes y murmuraciones que no tienen una fuente y un nombre. La calumnia anónima e irresponsable, sin respuesta, donde no hay literalmente a quién responder o replicar.

Para esta noción de ruido como sonido sin identidad, sin referente ya no interviene la noción física de presión sonora medida en decibles, el volumen pues, sino lo contrario: el susurro, el secreto: aquella palabra clara y fuerte es atenuada hasta lo inentendible y se funde con los otros sonidos, en la debilidad su semántica se diluye en el zumbido de fondo en esa cortina que poco la separa de la imaginación, del tinnitus quizá.

Esta cualidad envolvente por la cual diversos objetos acústicos se confunden, reverberan y entremezclan es contraria a la superposición y exclusión recíproca de los objetos visuales, con la excepción de los traslúcidos. El sonido es, por así decirlo, transparente, espectral y reflejante por naturaleza, mientras que todo lo visible con esas propiedades alude desde siempre y en varias culturas más allá del artificio, a lo sobrenatural y sus poderes: los fantasmas, los cristales y sus efectos, el temor pre-moderno a la cámara capaz de robarle su imagen, es decir: su espíritu; los espejos que doblan al mundo, el humo del incienso y sus formas evanescentes, su síntesis en el concepto náhuatl de Tezcatlipoca: “espejo que humea”. Qué decir del embrujo moderno bajo el imperio de las pantallas grandes y chicas, con su reducción al absurdo en las redes sociales.

Cuando lo visible adquiere las propiedades del sonido, se vuelve altamente sugestivo. El sonido nos anuncia lo visible, aquello que todavía no podemos ver pero que está próximo y que si no reconocemos causal o semánticamente se vuelve amenazante. Primero escuchamos y luego buscamos identificar con la mirada. Es por eso que el trueno y el rayo son tan especiales y poderosos: porque invierten la secuencia. Por algo Tlaloc y Zeus habrán alcanzado tal preeminencia entre las fuerzas divinas de griegos y anahuacas, y no solo de ellos. Hablo adrede de dos aunque uno y otro sean manifestación del mismo fenómeno físico porque rayo refiere a lo que se ve y trueno a lo que se oye. Una luz instantánea que con un relumbrón antecede y anuncia al sonido profundo y envolvente que tarda más en llegar; pero también en irse. Mediante su trazo enérgico y definido, el mundo aparece claro a la mirada extraviada solo durante un instante, situándola, mostrando los contornos y el horizonte para des-aparecer enseguida en los nubarrones difusos o la oscuridad de donde provino, dejando sólo como reflejo oleadas retumbantes que abarcan todas las frecuencias y que por contraste parecen venir de todos lados.

El compás de espera entre el rayo y el trueno es la medida de la distancia y complementariedad entre el ver y oír. Rayo que no suena está muy lejos para inquietar y aquel que suena al mismo tiempo es peligro de muerte. Del trueno, a pesar de su intensidad acústica no decimos que es un ruido sino un sonido: posee por propio derecho un nombre propio, una (per)sonalidad.

Pero el ruido, a pesar de lo subrepticio e indeterminado nunca es insignificante. Aunque nombra a lo innombrado y refiere a lo que no se entiende o no puede ser representado, a los objetos singulares que no se dejan generalizar, el ruido es parte del sentido, podemos decir que hasta lo hace posible. Cuando lo explícito de la palabra codificada o la escritura no alcanzan para descifrar el sentido, de un mensaje lo buscamos en sus cualidades sonoras: el acento y la pronunciación delatan a un extranjero. El tono implica un sub-texto. El ruido también informa o es información que todavía no ha sido procesada, codificada, apreciada o valorada. Si el diablo está en los detalles, en los ruidos también está el arte.

En esto no pensaron Shannon y Waeaver cuando en la postguerra formularon su teoría de la información desde un modelo importado de las matemáticas introdujeron la noción de Ruido referida como pérdida de la información, algo así como una manifestación de la entropía. Remito tan sólo a esta noción muy habitual en las ciencias de la comunicación para no dejarla fuera de esta exploración sobre las definiciones y porque no es casual que hayan elegido precisamente una metáfora sonora para elaborar su modelo teórico. Todo aquello que interfiere en el mensaje distorsionando su sentido desde la codificación, el medio y el ambiente hasta su decodificación viene a ser el omnipresente ruido informático lo que incluye la musicalización hollywoodesca e imbécil de reportajes y reality shows condimentados de más con golpes orquestales cada 10 segundos. Ruido irreductible, a veces intencional, ya avasallante y sin control. Qué bueno que los trinos de tuiter son sólo escritos porque los truenos de Tlaloc ahora son ya casi casi mera música de fondo.

 

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