Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

Réquiem por la locura

Los trastornos mentales no orgánicos son considerados los menos dolosos, porque no son producto de algún tipo de lesión estructural o traumatismo. También suele llamárseles “funcionales” y se desprenden generalmente de alguna vivencia traumatizante principalmente en la infancia.

Renglón Quinto: Paranoia. Con este trastorno la complejidad para identificar los síntomas aumenta. El individuo que la padece puede ser perfectamente funcional en sociedad, incluso con sobrada inteligencia. Su comportamiento es generalmente impecable y el raciocinio puede ser su característica más preponderante. Allice Goud es diagnosticada en el psiquiátrico en este escalafón por sus delirantes historias de espionaje y brillante raciocinio. Embauca al lector con ese gran enigma. ¿Alice es en verdad una espía/detective o es simplemente uno más de esos torcidos renglones?

Renglón Sexto: Sociopatía. Puede ser acaso el padecimiento más peligroso y aunque su trastorno parezca el de menor penetración psiquiátrica de los anteriores, es una auténtica patología. La razón es simple: un sociópata profesa peculiar desprecio por la sociedad en la que vive y las leyes o normas que la rige. Los crímenes –premeditados– los cometen ellos. La ausencia de sentimiento de culpa, empatía o remordimiento, pueden convertirlos en sujetos peligrosos en un grado severo. Son huérfanos de moralidad y del sentido más elemental de todo aquello que englobamos en el vocablo justicia.

¿Qué lo provoca? Existen muchas teorías al respecto, desde el consumo desmedido de estupefacientes, secuelas biológicas o algún daño provocado en la porción cerebral que administra la toma de decisiones y que es a fin de cuentas, el semáforo moral del ser humano.

Torcuato Luca de Tena nos regaló una novela que podría colocarse en los terrenos de la proeza literaria. No es una lectura fácil, sin embargo, es un relato emotivo, elegante y humano. Alice Gould es un personaje entrañable. A través de la poderosa construcción literaria de su voz, podemos ser capaces de echar un vistazo a esas almas encerradas en jaulas más inexpugnables que las instituciones mentales. La locura, la verdadera, la que nadie exhibe, es cruda, despiadada, ruin e implacable.

La novela se escribió a final de la década de los setenta y desde entonces la ciencia ha avanzado a pasos agigantados en los terrenos de los fármacos que ayudan a paliar esos trastornos. La conceptualización psiquiátrica ha mutado en ramificaciones diversas, ya que en la actualidad se estudian de forma aislada los diferentes tipos de enfermedades maniaco- depresivas (cuya lista no deja de aumentar). Ahora han desaparecido algunas clasificaciones usadas en el pasado, consideradas en estos tiempos de corrección política, por su tendencia peyorativa o discriminatoria. Hoy en día nadie llama oligofrénico o retardado a ningún aqueo o troyano. No es un secreto para nadie que el padre de uno de mis hijos padece de trastorno bipolar tipo I, y después de comer, dormir, amar y vivir con una persona con este padecimiento, el vocabulario se paraliza y se niega a soltar con ligereza la etiqueta de bipolar. Es muy importante diferenciar puntualmente el estado mental de las personas sin atribuirles condiciones tan alejadas de la realidad, como La Tigresa del Oriente de las pasarelas Christian Dior. No comulgo con la absurda moda de justificar la incapacidad propia para encarar el mundo, adjudicándose diagnósticos delicados.

Lograr distinguir entre un esquizofrénico, un sociópata o a un pendejo, puede marcar una sensible diferencia. Sobre todo si los queremos y deseamos ayudarles a superar con dignidad su condición, que claramente puede ser más soportable si se encuentra el tratamiento adecuado. Luca de Tena dijo que “las personalidades especialmente exquisitas son más vulnerables que las zafias; del mismo modo que una taza es más frágil cuando de mayor calidad sea la porcelana”. Me considero abajo firmante de esta teoría, porque lo aprendí en carne propia antes que en cualquier belleza literaria.

Más que horrores ortográficos de una omnipotente deidad o “errores” de la naturaleza, el libro nos invita a identificar piezas de compleja y endeble arquitectura que merecen ser tratados con una óptica más justa. Durante lustros la medicina ha asegurado que será capaz de reconstruir la personalidad primigenia de alguien trastornado de sus facultades mentales. Daría un dedo por verlo. Sobre todo porque cuando mis pesadillas me asaltan a traición y me sumergen a ese mundo hostil, oscuro, desolador -que me recuerda dolorosamente la primera visión que tuvo Alice cuando ingresó por primera vez a la “sala de los desamparados”- vuelve ese punzante y helado escalofrío a mi espina dorsal.

En un futuro remoto, me gustaría leer que la ciencia ha sido capaz de curar las llagas viscosas con las que la locura castiga a la cordura. Si tengo oportunidad de hacerlo, una de mis heridas más escondidas, podrá sin duda, al fin sanar.

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