Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Ricardo Piglia: Las armas de la crítica

Este texto fue publicado originalmente el 9 de marzo de 2015, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.

Al premio Rómulo Gallegos

Se puede leer la obra de Ricardo Piglia de los años ochenta como una suma literaria que comienza con su novela Respiración artificial (1980) y termina -parcialmente- con la publicación de Crítica y ficción en 1986; una suma que combina la ficción y la crítica para hacer un análisis -premonitorio en el caso de Respiración artificial- del uso que el poder político hace de la literatura en el marco del regreso a la democracia y del enamoramiento por parte de los intelectuales argentinos con el nuevo presidente democrático, Raúl Alfonsín.

El borrador original de este proyecto para construir canales críticos “fuera del circuito cerrado de la academia y los congresos de escritores” aparece en Respiración artificial, donde Renzi, el protagonista, un álter ego de Piglia, dice que hasta bien entrado el siglo XX la literatura argentina tiene un uso político, vinculado a las alianzas y peleas de los diferentes actores sociales, cuyos resultados son visibles en libros como Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y Martín Fierro de José Hernández, destinados a imponer una visión “definitiva” de la realidad argentina: “Facundo es como un virus: todos los que lo leen empiezan a ver civilizados y bárbaros”.

En los ensayos de La Argentina en pedazos, Piglia ilustra su teoría con once textos muy breves -menos de mil palabras, apenas una página- a través de la ficción de, entre otros, Esteban Echeverría, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Manuel Puig, describiendo “una trama donde se pueden descifrar o imaginar los rastros que dejan en la literatura las relaciones de poder, las formas de la violencia. Marcas en el cuerpo y en el lenguaje, antes que nada, que permiten reconstruir la figura del país que alucinan los escritores. Esa historia debe leerse a contraluz de la historia ‘verdadera’ y como su pesadilla”.

Crítica y ficción, a mediados de los ochenta, cierra el círculo y permite entender el trabajo que Piglia desarrolló en apenas seis años, con un discurso crítico que, al desplegarse en medios heterodoxos (entrevistas, respuestas a cuestionarios, ponencias universitarias), parece fragmentado aunque está unido por una línea de pensamiento que estudia la manera de difundir un mensaje de forma no tradicional para alcanzar “un público mucho más amplio que si yo las hubiera escrito en un ensayo de crítica”.

A través de estas intervenciones en medios populares, Piglia repite el gesto borgeano, captando y exponiendo el núcleo central de lo que se está discutiendo en los ochenta (la relación entre los intelectuales y el poder, con la asunción de Raúl Alfonsín y un grupo de escritores, bautizado popularmente como la patota cultural, que lo apoya) sin darle un formato profesional y respetable.

A diferencia de sus contemporáneos, Piglia no escribe un inmenso ensayo estudiando cómo la política se contamina de la ficción y viceversa -que seguramente hubiera sido un best seller-; prefiere discutir desde los márgenes de la cultura, obligando al lector a buscar ese discurso fragmentado, perdido, que empieza en Respiración artificial, continúa con los miniensayos de La Argentina en pedazos (publicados en Fierro, una revista de historietas, el género más popular pero también el menos respetado de Argentina) y termina en Crítica y ficción: “una manera de ver la política en la literatura que me parece más interesante y más instructivo que los trabajos de los llamados analistas políticos, sociólogos e investigadores”.

El modelo al que remite Piglia es el de el escritor como un ladrón, un criminal que borra sus huellas, perseguido por un lector que debe unir ese texto redactado en diferentes registros, lugares y tiempos: “un relato fragmentado, casi anónimo, que resiste y construye interpretaciones alternativas y alegóricas”.

Así, desde los márgenes de la cultura, Piglia sintetiza el eje principal del debate conectándolo con una amplia mirada hacia atrás para mostrar cómo se inicia esa relación, trabajando la literatura en una época de gran agitación social y política -juicio a los militares, intentos de alzamientos armados, paros masivos- como laboratorio para “entender lo real, para extraer hipótesis sobre el funcionamiento de la literatura, sí, pero también acerca de cómo funcionan el lenguaje, las pasiones, la misma sociedad”.

La ensayística de Piglia durante la última década aparece alejada de los debates sobre el “relato kirchnerista”, donde se cuenta siempre la misma historia omitiendo los hechos que contradicen la verdad oficial; sin embargo, en una entrevista reciente, Piglia sintetizó, sin mencionarlo, el discurso paranoico que impusieron los Kirchner y que popularizaron sus intelectuales, esa idea del complot permanente, del enemigo invisible que lucha por derrocar al gobierno nacional y popular, lo cual demuestra que, siempre desde los márgenes, sigue cuestionando a esos escritores y periodistas convertidos en comisarios políticos a los que son tan afectos los gobiernos autoritarios: “el Estado anuncia desde su origen el fantasma de un enemigo poderoso e invisible. Siempre hay un complot y el complot es la amenaza frente a la cual se legitima el uso indiscriminado del poder. Estado y complot vienen juntos”.

Es posible que, gracias al premio Rómulo Gallegos, la obra de Piglia vuelva a ocupar un merecido lugar central dentro de la literatura argentina, estableciendo con sus premisas debates más inteligentes y profundos de los que se han dado hasta ahora, gracias a intelectuales y periodistas “militantes”, más ocupados en repetir los argumentos que descienden desde lo alto del poder que en pensar lo que sucede en sus propios términos.

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