Rica y apretadita. Mínima historia de la cumbia del noreste

Opinión

Ahora, volteemos hacia la Ciudad de México y los sobrevalorados Ángeles Azules. Si algo tiene el grupo de Iztapalapa es la repetición infinita de la misma canción. Y tal vez esto tiene que ver con el uso indiscriminado de una fórmula en exceso simple. Porque sí, la cumbia suele ser sencilla, pero este grupo lleva la simpleza en su ADN. En la entrevista-crónica publicada por Aníbal Santiago en Gatopardo en mayo del 2013, todas las costuras del grupo aparecen involuntariamente. Por ejemplo, el compositor principal explica sus formas de crear canciones: “A todas horas y en cualquier lugar compongo. Por ejemplo, ahorita (…) antes que me maquillaran me senté e hice una canción (…) ‘Cómo es el amor tan bonito, grande tan dulce y tan generoso/ me siento bien amándote/ entregándome todito completo”. Ay, carajo.


De la misma manera creó su único éxito: “Cómo te voy a olvidar”, una composición tan simple y aburrida que era imposible evitar su crecimiento masivo. Lo dirán una y otra vez, la música para bailar se siente, no se analiza. Quiero que alguien diga eso de nuevo después de desmenuzar ese hit tropical. No hay argumentos para defender algo así.


Sus versos no sólo son cursis, tanto que dan ganas de vomitar, sino que además la construcción sintáctica de sus letras es fallida. Esto se puede confirmar con el coro de “17 años”, me atrevería a decir que es el peor coro escrito en la historia de la cumbia, pero me acusarían de exagerado.


En caso de que alguien quiera debatir la importancia musical de Los Ángeles Azules, entonces es momento de voltear de nuevo hacia el norte. No sólo en Monterrey reinventaron un ritmo que existe desde el siglo XIX, sino en Torreón, de nuevo, un grupo empujó el sonido hacia nuevos horizontes. Los Chicos de Barrio irrumpieron en el 96 con el disco Triste Lagunera, en él, aparece la primera modernización de la cumbia a nivel nacional y desde entonces, el término cumbión se vuelve parte del paisaje lagunero. Si en Monterrey nació la rebajada, en Torreón el cumbión se asentó con sus pantalones tumbaos y su rápido ritmo.


Pensemos en una cumbia con prisa, acelerada, que necesita ir a toda velocidad porque si no le bajan a la morrita. Eso es el cumbión. A todo eso hay que agregarle que es música urbana por completo, adopta la esquina, la calle, el transporte público como su entorno natural. La combinación musical es variada: hip hop, reggae, vallenato, salsa, rock, pop, electrónico. Como se puede ver la cumbia es apenas la base de un sólido edificio que consintió el crecimiento de múltiples grupos y su internacionalización continua.


Algunos ejemplos permiten entender mejor toda esta palabrería, escúchese “El baile del gavilán”, “Dominando y controlando” o, mejor aún, “Mucha lucha”. Pronto cualquiera observará que los pies comienzan a moverse al ritmo, la cadera viaja de un lado a otro, los hombros se balancean y las manos imitarán el movimiento del güiro en automático. El cumbión abraza rico y apretadito, es imposible escapar de él. Hasta el rockero más intolerante caerá confundido.


Hace poco, en un bonito arranque de populismo, el gobierno municipal de Torreón contrató a Los Ángeles Azules para celebrar el día de las madres en un concierto masivo gratuito. Ya antes habían visitado la ciudad y jamás fracasan al arropar multitudes. Las cifras oficiales dicen que 80 mil personas estuvieron ahí siguiendo los ritmos de la cumbia chilanga. Tal vez una cifra exagerada, propia de administraciones a punto de entrar a las batallas electorales. En fin, más allá de esas tonterías, deseo terminar pensando que, aunque se puede analizar la cumbia, porque todo aquello que proviene del ser humano también es digno de intelectualizarse, no puedo explicarme el efecto que tiene la cumbia chilanga en la población norteña. Incluso estoy convencido que cualquier norteño afirmará la superioridad de los músicos cumbiamberos de acá sobre los de la Ciudad de México, y, a pesar de todo… si en una rosa estás tú, en cada respirar estás tú.

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