Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Retiembla en mi centro

Durante el gueto de Varsovia, huérfanos muy jóvenes consiguieron escapar a través de huecos en el muro. Sobrevivieron en ese entorno hostil cantando por las calles y vendiendo cigarrillos a los alemanes. Aprendieron a presentir el peligro y a dormir en ruinas. Algunos murieron o volvieron a ser detenidos, pero los que salieron adelante hablan riéndose de su travesía por aquel infierno helado, como si les hubieran tomado el pelo a sus perseguidores. Boris Cyrulnik

Me cuesta mucho no escribir a partir de lo personal y me cuesta más no hacerlo tras el mes de mi cumpleaños. Comencé a pensar en escribir sobre los 50, si los Beatles hicieron una canción anticipando sus 64, no me parecía ningún atentado hacer lo propio, sin anticipación, sobre la edad emblemática de una mujer entrando al portal mismo del envejecimiento, en una época donde hacerlo, me refiero a envejecer, es pecado mortal.

Septiembre es mi mes, un mes patrio que desde la infancia es antesalada de la mejor época del año, comienza con mi cumpleaños, sigue la fiesta de brujas a quienes tanto admiro y luego el festejo navideño. Pero el plan cambió tras el temblor (o los temblores) y aunque Marco Levario, director de esta bella revista me dice que tal vez mi tema no sea actual para cuando termine de escribir, mi mente no termina de procesar todos los cuentos y las cuentas de este mes tan movido, me arriesgo a escribir a destiempo, a riesgo de no llegar a tiempo.

Primero, lamento que el septiembre patrio, donde los cohetes truenan menos fuerte que antes y los gritos enmudecen, ya no sea tan importante, de niña era un acontecimiento que nos sacaba a los zócalos y plazas, nos vestía tricolor para sentirnos muy mexicanos, hoy se pinta cada vez más lúgubre, nuestro viejo temblor de septiembre, el 11-S y la renovación de tragedias han dado al noveno mes un tono negro.

Todo tiembla a los 50

Despertó el 8 de septiembre con el temblor que sí sentí desde la cama. No era ese temblor trepidante y cariñoso con que Héctor alegra mis madrugadas. No, se trataba de un temblor fuerte de tierra que me recordó que era mi cumpleaños cincuenta, y claro, a esta edad, todo me tiembla por la lozanía perdida, pero la metáfora se podía arrastrar más allá y la reflexión sobre la pérdida de juventud se vio eclipsada por una catástrofe más urgente, más colectiva y, desde luego, mil veces más dolorosa (realmente el texto archivado terminaba en una celebración por la madurez y la sin vergüenza actitud que me permite sentirme libre de las presiones juveniles, de las necesidades esteticoquirúrgicas o las fatigas gimnásticas, de las responsabilidades de mis chiquillas, que hoy crecidas, comparten conmigo una copa de vino porque hace tiempo dejamos atrás paletas y biberones). Escribiría pues de temblores y catástrofes, de las historias que se entrelazan ante la tragedia.

Y tembló otra vez mientras esperábamos un simulacro que se volvió real ¿Cuáles son las estadísticas que favorecen que un rayo vuelva a caer en el mismo lugar? Tembló otra vez como lo hace desde que soy niña en esta tierra que retumba. Quedé petrificada bajo el zoclo de una puerta impidiendo que pasaran todos mis compañeros hasta que Héctor, sensato, me gritó dulcemente: Avanza Mai. Me quedé petrificada porque la mente que aloja todo en historias, supo que este suceso tenía sitio en la memoria, quizás como buena chilanga he desarrollado bajo la piel un sismógrafo. Me paralicé sabiendo que el movimiento era fuerte, casi o parecido como el de hace 35 años que mi madre me decía: “Quédate en el marco de la puerta”. Algorítmicamente mi sensor no fue el correcto, pero mi mente no cesa de regresar al terremoto de mi adolescencia y más aún, cuando estoy del otro lado de la clase: estudiante entonces, maestra hoy.

La suerte de las casualidades o la propensión a las historias, me obliga notar que me tocó estar en la universidad que más padeció la tragedia, en el TEC de Monterrey donde perdimos cinco alumnos. A pesar de ser chilanga no trabajó en el plantel de la CDMX sino en el de Toluca. Siento, con el protagonismo abrumador de la mente narradora que tengo; que debo acomodar mis recuerdos para entender la diferencia entre la historia de ayer y la de hoy. Una vez más pospongo la nota.

En septiembre, nuestra universidad celebra una semana singular, los maestros creamos proyectos distintos a los establecidos en el programa para capacitar a nuestros alumnos en temas diversos. En mi caso y como declarada cuentera, se me había ocurrido desarrollar un taller para contar a partir del espacio, así que en esta ocasión el taller sería Storytelling para diseñar aparadores.

El temblor tiró los aparadores y nos mostró el derrumbe así que la historia cambiaba, era importante contar una historia mayor, diferente. No me alejaba de todo del espacio, el espacio había crecido, pero la historia la debían contar otros. Propuse entonces un taller que se llamó “Cuentos para sanar”. El objetivo era que los alumnos se convirtieran en Mentores cuentacuentos, llevaran a los albergues historias para entretener a los niños y a los adultos, una ofrenda para motivarlos a contar su propia historia, la de ellos, los sin casa, las víctimas, héroes necesarios para reconstruir su propia narrativa.

Los objetivos eran muchos, primero, enaltecer el ímpetu de estos mileniales tan mal juzgados que nos estaban dando una lección altruista, un recordatorio de nuestra propia pasión ochentera pero mejorada, quizás por la sorpresa que contradecía los mitos creados en torno suyo; quizás por las nuevas redes y el ciberespacio que ellos manejan mil veces mejor. Nuestros relatos se ven inflados por las máquinas que construimos y veneramos, así el siglo XVIII fue la era de los relojes y el cerebro, nuestro órgano relator, comparado a la maravillosa construcción de esos medidores de tiempo; en el XIX, la electricidad dio a la conciencia la imagen de una corriente, un flujo eléctrico que animaba nuestra mente como el monstruo legendario que revive de los restos de cadáveres; el siglo XX vio crecer al telégrafo y la telefonía que inspiró la teoría de la selección de informaciones del sistema nervioso. Actualmente las redes e Internet permiten repensarnos como neuronas en una red que articulan una población pensante.

Fotografías / Alejandra Escobar

Confieso también que había que aprovechar un ánimo que favorecería la actividad; confieso también que ese narcisismo, protagonismo, idealismo o como le quieran llamar, que me habita, y que me hace sentir que puedo escribir sobre mis cincuenta aludiendo a los Beatles, me hace pensar aún que si dice Krauze que la sociedad civil mexicana, existe como tal a partir del temblor del 85, un temblor en el mismo día 35 años después, podrá significar la madurez de esa misma sociedad civil, recuperar el amor al país, dejar de esperar de las instituciones y comenzar a hacer desde nosotros: la gente común. Y no lo niegues, tú y muchos otros, estamos soñando ese sueño.

De aparadores a los escombros

Había pues que rediseñar objetivos, cambiar el proyecto y escribir y escribir, otra cosa que no era para este texto. Pero en la fundamentación de Historias o Storytelling para sanar, me fui explicando muchas cosas que hoy se vuelven palabras en este texto para contar todo lo que me trajo septiembre, y poner orden, ante el caos de los escombros. ¿Qué me hace pensar que puedo jalar las historias como quien jala una cobija para destapar un proyecto de aparadores y amparar un consuelo para damnificados? ¿Qué me hace pensar que etcétera va a publicar un texto de la tragedia y lo reconocerá vigente?

Resurgir de los escombros

El eje de la narrativa para sanar deviene del concepto de resiliencia, nos dice Boris Cyrulnik que la explicación más simple de este concepto es: la reanudación de un nuevo desarrollo después de un evento traumático. Se trata de un proceso que involucra para que suceda, muchos elementos: neuronales, artísticos, sociológicos, antropológicos, biológicos y simbólicos pero que mucho tiene que ver con el afecto. Todos ellos son posibles mediante la reconstrucción del evento traumático. Cuando hemos sido heridos, sufrimos una pérdida, la herida se encuentra en el cuerpo, la mente y en la memoria. El relato es la forma de reconstrucción, pone orden al dolor sin palabras, sirve para comprender la herida y aun cuando toda historia es una traición a la realidad, es el primer paso de la rehabilitación. Si no verbalizo la herida, esta queda como una representación trunca en mis sueños, en momentos y evocaciones dolorosas, si busco comprender cuando ante un otro (psicoanalista, artista, etcétera) me esfuerzo en poner palabras a la experiencia, busco frases, imágenes, me esmero por ser comprendido, así, yo mismo comprendo. Es una elaboración que transforma el dolor en relato, y aunque el suceso no desaparece, me vuelvo autor y conquisto el privilegio de contar la historia, hago con ella una representación artística, transformo con mi sufrimiento, en un acto de sobrevivencia. Una ficción que repara el pasado, no es una vuelta al pasado, es un puente de vocablos hacia el futuro, me muestra que soy capaz, una y mil veces, de salir de la sin razón a partir de la construcción de sentido que transforma la palabra.

Adolfo Vladimir / Cuartoscuro

Las historias no contadas se rumian obsesivas, se cuelan entre pesadillas, causan trastornos de la personalidad, o invitan a la fuga. Al contar soy autor, narrador y héroe, escapé del silencio y pude cifrar mi experiencia en un edificio para salir. La negación es necesaria en un principio para salir adelante, pero después se necesita hablar, la metáfora que propone Cyrulnik es pensar en alguien que se ha roto la pierna, si lo ponemos a caminar de inmediato, la fractura se agrava, una vez pasado el tiempo tenemos que quitar el yeso y hacer que la persona camine, de lo contrario, no hay rehabilitación. El silencio es un indicador que recuerda el lugar del crimen. Si el herido del alma habla, transmite el horror, si el herido del alma calla, transmite la angustia.

El único camino es el desvío por una tercera instancia: la psicología, el arte: literatura, cine, pintura; filosofía. En nuestro caso, en nuestro proyecto, se trata de cambiar cuentos por testimonios.

El trauma es una suspensión del pensamiento, una agonía psíquica permanente. Narrar el suceso traumático nos hace superar la agonía y para ello necesitamos alguien que escuche, no que presione a hablar, alguien que se gane nuestra confianza.

Para la víctima “Sanar, comprender y conocer se vuelven sus armas de libertad”. “Aquél que hace de la palabra un avatar del alma espera la fórmula verbal que conduce a la curación”, nos dice Cyrulnik.

El autor reconoce cinco formas de relato:

1. Relato pre verbal. Es todo aquello que el cuerpo dice cundo aún no encuentra palabras. O todo aquello que se transluce de la actitud en busca de relato.

2. Relato solitario. En el sueño, en la muda reflexión, las ideas comienzan a barajarse, me hablo, me cuento, ensayo posibilidades hasta dar con la imagen correcta, el ciframiento indicado para lo que siento. Gozamos de la vida dos veces, el evento vivido y luego al hablar del evento. Si hablamos bien, aminoramos el sufrimiento, si lo hablamos mal agravamos el sentimiento.

3. Relato compartido. Se trata de la representación de lo sucedido ante una persona que me brinda certeza, en ese relato puedo asumir el personaje que quiera, héroe o víctima, al asumir el rol de protagonista el relator toma el control sobre el suceso.

4. Relato colectivo. Consiste en aquellas historias que le pertenecen al grupo, son parte de la identidad colectiva, el suceso del 19 de septiembre (actualización y reinvención del otro 19 de septiembre) no es un suceso cualquiera, quedará en la historia de nuestro pueblo como un punto de inflexión que nos dará un rostro nuevo. Por lo pronto, hemos visto resurgir la confianza en nuestra gente y recuperado el aprecio por ese actor colectivo llamado México.

5. Relato tecnológico. Nuestros medios nos dan voz, desde las redes hasta el cine; esta historia se contará por y para todos los medios, si la afirmación de todo contador de historia es que “Somos las historias que contamos” el modo de elaborar, crear y difundir este suceso será crucial para integrar la Historia de México. El modesto proyecto que nos ocupa en mi curso es el de colaborar en ese relato, incitar los testimonios, grabarlos, producirlos y difundirlos para no olvidar. Conscientes de que las desgracias son imposibles de reparar, pero las representaciones ayudan a recuperar y revalidar el sentido de toda historia. Contar es un acto de libertad que requiere de apoyo y comprensión para obtener, además de libertad, paz y tranquilidad.

¿Cuales son los riesgos que corremos? Nos dice Boris Cyrulnik que cuando se habla demasiado de un acto de horror, el exceso de transmisión provoca el adormecimiento de las emociones, la sobremediatización de la tragedia puede causar la indiferencia. Por ello hemos elegido un tono para contar y un arquetipo, el del héroe. Elijo para hacer claro mi punto el testimonio de don José Antonio Romero Guadarrama quien nos dio su voz, su confianza y su pasión en este relato: https://youtu.be/g8RJnJVV7-k Siento dolor por lo que pasa en mi país y al tiempo un gran orgullo por voluntarios jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres levantando una piedra, un garrafón de agua o el ánimo de un ser vencido. Propongo contar buenas historias y dejar detrás el error de la niña bajo los escombros, la culpabilización de la Marina o de Televisa. Por favor enarbolemos lo bueno que hay mucho, no nos dejemos seducir por teorías del complot, por la delicia del escándalo o por la capitalización de la tragedia. Hoy somos uno y nos llamamos México, hablemos bien de la unidad que hasta hoy se ha logrado.

Prefiero hablar de los topos de los que sí se rescataron; de cómo hemos de prevenir y sanar porque hay mucho por hacer. Es nuestra oportunidad de mostrarnos como ciudadanos maduros. Hablar de héroes, escuchar y fomentar lo que permanece vivo, recuperarnos como pueblo porque México no es sólo una bandera ni una línea fronteriza, tampoco son el mole o los chilaquiles, México es el rostro de José Antonio, y el de Marco, el de Héctor y Melisa, el de miles de rescatistas. Es el rostro de los cinco jóvenes que se fueron y los 500 más que merecen que se cuente una buena historia.

De Ocuilan a Las Vegas

Comienza octubre y quiere la casualidad que pase por Las Vegas, voy a la ciudad de la fiesta que se viste de tragedia, me bajo del avión y un tráfico endemoniado nos detiene al principio de la Strip: es el Mandalay Bay, el edificio dorado tiene dos ojos negros, las ventanas que escupieron fuego… Pero eso, es otra historia que también he de contar.

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