Cinque Terre

Gustavo Hirales

Analista político

Réplica de Gustavo Hirales Morán

México, D. F., a 18 de julio de 2011

Estimado Marco Levario:

Después de haber leído varias veces la “nota de la redacción” que anexaste a mi artículo, sigo sin entender su pertinencia. Para empezar, no hay en mi texto ninguna alusión a la Fiscalía Especial… del Pasado ni al fiscal Carrillo Prieto. En segundo lugar, si aludo a Luis de la Barreda en el texto es únicamente para mostrar la paradoja de que Luis Hernández me acuse de delatar guerrilleros cuando lo que yo hacía en ese momento era identificar y denunciar un crimen de la Dirección Federal de Seguridad (la muerte de Salvador Corral y de Ignacio Olivares Torres en febrero de 1974), como lo supieron en su momento los lectores de periódicos de Monterrey.

Nunca acusé formalmente a Luis de la Barreda por su responsabilidad como Director de esa dependencia de Gobernación en tiempos de la guerra sucia: mis señalamientos fueron públicos, no penales. En tercer lugar, cuando señalé a Luis de la Barreda, no lo hice como funcionario (en ese tiempo trabajaba en la CNDH), sino como agraviado y testigo: como escribo en mi libro, Memoria de la Guerra de los Justos, fui interrogado por el Director de la DFS sobre la sólida base de al menos tres sesiones de tortura (una en Culiacán, cuando fui detenido, y dos en las instalaciones de la DFS en la Ciudad de México, entre fines de agosto y principios de septiembre de 1973). Y que no se diga que el capitán De la Barreda no sabía de dónde venía yo cuando fui llevado a su presencia, pues hasta el interrogatorio tuvo que ser suspendido para que me atendieran una infección en el oído causada por las sesiones de “pocito”. Esto es lo que personalmente me consta.

Públicamente he señalado que, como Director Federal de Seguridad, Luis de la Barreda firmó numerosos oficios donde dicha institución del Estado (la DFS) reconoce o da cuenta “a la superioridad” de la aprehensión de diversos dirigentes y miembros de la guerrilla (de la Liga 23 de Septiembre en particular), y luego, como en los casos de Salvador Corral García e Ignacio Olivares, pocos días después de ese registro, éstos aparecen muertos, sin que exista ninguna explicación de cómo pasaron de detenidos de la DFS a cadáveres tirados en calles de Monterrey o Guadalajara. Para no mencionar el hecho de que la DFS montó el teatrito de que “no sabían quiénes eran”los muertos, lo que también me consta, pues como dije fueron a la cárcel a mostrarme las fotos de los cadáveres y a preguntarme que “si no los conocía”, como si no lo supieran.

O casos como el de Alicia de los Ríos o José de Jesús Corral García y tantos otros donde se registra la detención de “el subversivo”, con la firma del capitán Luis de la Barreda, pero luego aquél aparece muerto o se reporta como “desaparecido”, sin que exista ninguna documentación que acredite que tal persona hubiera sido previamente puesta en libertad. Todo ello no es invención mía sino que, como dicen los leguleyos, “consta en actas” (en particular, si te interesa, próximamente te enviaré mi libro inédito- “Los desaparecidos de la guerra sucia”, donde doy cuenta de mis descubrimientos en los archivos de la DFSAGN).

Es válido asumir como propia la causa de la defensa del capitán Luis de la Barreda. Es válido incluso afirmar que fue exonerado de las acusaciones que le hizo la Fiscalía Especial. Lo que me parece menos válido es querer borrar todos los testimonios y pruebas de su participación en la guerra sucia y pretender convertir a un represor en adalid de la legalidad y del estado de Derecho. Te anexo por el momento escritos míos donde aparecen las referencias y expedientes en que fundamento mis dichos, subrayando que no me mueve el rencor, sino la exigencia de verdad y claridad en los hechos del pasado que contribuyeron a configurar el rostro actual del país.

Con un abrazo.

Gustavo Hirales Morán

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